POR SABINE GLAUBITZ
París /Agencia DPA

La vida de Saint-Exupéry acabó a los 44 años de manera tan misteriosa como la del héroe de su famosa narración, publicada en Nueva York en 1943. «Parecerá que estoy muerto, pero no es verdad», dice el autor en boca de su principito, antes de que una serpiente venenosa lo muerda y regrese junto a su querida flor y sus estrellas.

El último vuelo del escritor terminó cerca de la isla de Riou, ante la costa de Marsella. En mayo del año 2000, un experto logró identificar los restos del avión, situados a entre 50 y 80 metros de profundidad. La pista que acabó conduciendo al lugar fue un deteriorado brazalete que un pescador había encontrado entre sus redes en septiembre de 1998. Llevaba grabada una inscripción en la que se leía claramente: Antoine de Sain Exupéry.

El apasionado aviador había salvado la vida de muchos pilotos en apuros, por lo que en 1930 Francia le otorgó su máxima condecoración, la de «Caballero de la Legión de Honor». También él había sufrido varios accidentes que le causaron heridas graves. Su misión de aquel 31 de julio iba a ser la última, pues ya era demasiado mayor para ese trabajo y sus capacidades, tras las largas pausas para recuperarse, ya no eran las mejores. Varias cartas de la época ponen de manifiesto que cuando subió al avión sufría depresiones.

Durante mucho tiempo, entre las causas del accidente se barajaron errores técnicos y humanos, e incluso el suicidio, hasta que en 2008 el expiloto alemán de la Luftwaffe Horst Rippert contó que fue él quien derribó el avión del autor de «El principito». «Pueden dejar de buscar. Yo maté a Sain-Exupéry», declaró Rippert, que entre tanto ha fallecido. No hay pruebas que corroboren sus afirmaciones: volaba solo y el registro de derribos de su unidad se perdió con la retirada del ejército alemán, a partir de junio de 1944.

¿Por qué guardó silencio durante más de medio siglo? No sintió ni orgullo ni honor cuando, durante un vuelo de reconocimiento sobre el mar, vio el emblema francés en un avión y disparó. «Si hubiera sabido quién lo pilotaba no habría disparado. A ese hombre no», declaró entonces a medios alemanes.

De los restos mortales de Saint-Exupéry sigue sin haber rastro. Preguntas como por qué cambió el rumbo del vuelo siguen manteniendo vivas las especulaciones. El escritor se llevó las respuestas a la tumba tan sólo un año después de que desapareciera su principito.

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