Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt

En casi todos los países del mundo se hacen serios esfuerzos por reducir los índices de pobreza porque se entienden los efectos que causa en millones de personas que la sufren. El combate a la pobreza no es ni debe ser un tema ideológico sino producto de un elemental sentido de solidaridad entre los seres humanos, de manera que todos contribuyamos a elevar el nivel de vida de aquellos que se han ido quedando atrás. Para los que practicamos el catolicismo no es una opción sino un deber eso de ser solidarios y de preocuparnos, de verdad, por nuestros semejantes y el Evangelio hace énfasis en distintos pasajes en que con los más necesitados es que debemos hacerlo más. Baste recordar que el diccionario de la Lengua Española define al prójimo como una “persona respecto de otra, consideradas bajo el concepto de la solidaridad humana.”

Y ocurren momentos en los que el tema de la pobreza adquiere proporciones dramáticas como está ocurriendo ahora en Guatemala con los damnificados por la tormenta Eta que hizo estragos en diversas partes del país, afectando a quienes, por su situación económica, viven en condiciones más precarias y terminan no sólo arriesgando o perdiendo la vida, sino perdiendo sus pocas posesiones.

Hay que destacar la rápida reacción de mucha gente que se volcó desde los primeros momentos a enviar ayuda a las víctimas, contando con la colaboración tanto de instituciones públicas como de particulares. El accidente aéreo que cobró vidas es una muestra de cuánta gente hay que no solo se desprende de sus bienes sino arriesga sus vidas para ayudar a sus semejantes y eso es digno del mayor de los encomios y se tiene que reconocer y agradecer porque es algo que hemos visto a lo largo de muchos desastres que han hecho estragos en el país.

Pero no podemos darle vuelta a la página ni lavar nuestra conciencia tras la donación que hagamos porque es preciso entender que a menos que hagamos algo seriamente para combatir tanta miseria y extrema necesidad, vamos a volver a vivir lo mismo en cualquier momento por otra desgracia natural. No nos conmueve la separación de tantas familias por la migración que permite a muchos sobrevivir ni nos conmueve el serio problema alimentario que afecta a la mitad de nuestros niños. Tenemos que entender que una sociedad no puede permanecer indiferente ante esas condiciones de carencia extremas que obligan a tanto sacrificio.

Y podemos empezar por algo tan simple como demandar que en vez de robarse descaradamente los recursos nacionales se use el dinero en obra efectiva e inversión que permita generar oportunidades para que el guatemalteco, en vez de ir a Estados Unidos a ganarse la vida, pueda hacer el mismo esfuerzo y trabajo aquí con la recompensa de un ingreso digno.

No es de quitar al que tiene para dar al que no tiene. Se trata simplemente de impedir, con todas nuestras fuerzas, ese saqueo inmisericorde a que está sometida nuestra pobre Guatemala. Somos de los pocos países del mundo donde en vez de reducir la pobreza ésta va en aumento y eso no puede ser, sobre todo porque la causa de ello es que el Estado perdió su sentido de promover el bien común porque se convirtió en la piñata que políticos y particulares sacuden para extraerle hasta el último centavo que se reparten en forma criminal.

Oscar Clemente Marroquín

ocmarroq@lahora.gt

28 de diciembre de 1949. Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, Periodista y columnista de opinión con más de cincuenta años de ejercicio habiéndome iniciado en La Hora Dominical. Enemigo por herencia de toda forma de dictadura y ahora comprometido para luchar contra la dictadura de la corrupción que empobrece y lastima a los guatemaltecos más necesitados, con el deseo de heredar un país distinto a mis 15 nietos.

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