Oscar Clemente Marroquín

ocmarroq@lahora.gt

28 de diciembre de 1949. Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, Periodista y columnista de opinión con más de cincuenta años de ejercicio habiéndome iniciado en La Hora Dominical. Enemigo por herencia de toda forma de dictadura y ahora comprometido para luchar contra la dictadura de la corrupción que empobrece y lastima a los guatemaltecos más necesitados, con el deseo de heredar un país distinto a mis 15 nietos.

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Oscar Clemente Marroquín
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Uno de los libros que me apasionó en la juventud fue “Un Millón de Muertos” que junto a “Los Cipreses creen en Dios” y “Ha Estallado la Paz” conformaron una brillante trilogía escrita por José María Gironella sobre la Guerra Civil Española. Y ayer domingo me vino el recuerdo de esas obras cuando la estadística mundial notificó que se había llegado al millón de muertos por la pandemia del Covid 19 que desde finales de diciembre del año pasado empezó a causar estragos en todo el planeta. Pero por impresionante que resulte esa cantidad de fallecidos en algo así como nueve meses, la verdad es que se trata de un peldaño más porque a pesar de los avances que ya muestra la ciencia y que, de alguna manera, se está reduciendo la mortalidad causada por el virus, todavía son muchos los que pierden la vida en esa novedosa batalla contra un mal que se aprovechó de las facilidades modernas que ofrecen los viajes alrededor del mundo.

Aunque no hay una estadística detallada, la mayoría de publicaciones refieren que los muertos por la mal llamada Gripe Española fueron varios millones. Al menos 20 millones de muertos según muchos de los que han escrito sobre esa pandemia que hizo estragos y que también llegó a Guatemala en las postrimerías de la segunda década del siglo pasado. Entonces, como ahora, la comunidad médica se sintió rebasada por la mortal enfermedad y abundan las historias sobre cómo, alrededor del mundo, se amontonaban los cadáveres porque no se daban abasto ni los cementerios ni los sepultureros.

Actualmente la comunidad médica ha ido, sobre la marcha, aprendiendo a enfrentar el SARS-CoV-2, nombre que se le dio al virus causante del Covid-19 y mediante el uso de esteroides, concretamente dexametasona bajo cuidadosas dosis en las etapas tempranas de la enfermedad, se ha logrado, al menos en Estados Unidos, una disminución de los casos de gravedad extrema causantes de tantas muertes. Pero eso no significa que el tema haya pasado a la historia y sin duda que seguirán surgiendo casos en los que, pese a los esfuerzos de los médicos, los pacientes se complican y el número de un millón de muertos que se alcanzó ayer (ya hoy vamos por alrededor de millón cuatro mil muertos) sin duda seguirá subiendo.

Creo que a estas alturas casi todos tenemos que lamentar el fallecimiento de alguna persona conocida, no digamos familiares y amigos, producto de la pandemia y tristemente eso no cesará en el futuro inmediato por más que se quiera aprobar a trompatalega alguna de las vacunas que están en estudio y cuyo lanzamiento al mercado puede ser importante en términos electorales en Estados Unidos. Eso obliga a que, en medio del retorno a la plena actividad económica, no abandonemos las precauciones que se recomiendan hasta el cansancio. Y entre ellas el uso adecuado y correcto de la mascarilla que no sólo es importante para evitar el contagio, sino también, como dice un estudio publicado en el New England Journal of Medicine, en posiblemente reducir la intensidad del mal en caso de que se contraiga.

Pero regresando a marzo de este año en Guatemala, obviamente nadie imaginaba lo que sería este 2020 para nuestro país y para la humanidad.

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