Carlos Figueroa

carlosfigueroaibarra@gmail.com

Doctor en Sociología. Investigador Nacional Nivel II del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México. Profesor Investigador de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Profesor Emérito de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales sede Guatemala. Doctor Honoris Causa por la Universidad de San Carlos. Autor de varios libros y artículos especializados en materia de sociología política, sociología de la violencia y procesos políticos latinoamericanos.

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Carlos Figueroa Ibarra

En el momento de escribir estas líneas la pandemia ha bajado los infectados activos al 39%. Significa esto que a nivel mundial empieza a menguar, aun cuando en el continente americano apenas empieza a subir: la mayoría de casos ya están de este lado. Las próximas semanas enfrentaremos el pico de la curva ascendente de la epidemia. Aun así, ya se ha empezado a reflexionar que vendrá en la pospandemia. Cálculos optimistas le apuestan a que las miserias mostradas por el neoliberalismo nos llevarán a desterrar el capitalismo salvaje, que nos percatamos de las bondades de un sistema vigoroso de salud pública y que evaluaremos de otra manera la relación de la especie humana con la naturaleza.

Confieso que soy escéptico ante este optimismo. Más bien lo condiciono a la capacidad de resistencia de la humanidad. Soy presa del gramsciano pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. El capitalismo (más aun el neoliberal) se asienta en la depredación del ser humano y de la naturaleza. La maximización de las tasas de ganancia ineludiblemente lleva a esas consecuencias. Y lo acontecido en el planeta en el contexto de la pandemia revela la índole trituradora de la humanidad y la naturaleza consustancial al capitalismo neoliberal. Millones de personas han quedado sin trabajo, corren el peligro de ser desahuciadas de sus viviendas, han tenido que salir a las calles a trabajar pese a la cuarentena o han tenido que recurrir a la caridad para comer. Al mismo tiempo, la recesión propiciada por la pandemia que azota a los condenados de la tierra, ha limpiado aire y agua. Osos, leones, lobos, elefantes, pumas, venados, especies marinas han acudido a calles y canales de las ciudades silenciadas por el encierro.

En mi percepción, infortunadamente esa tregua a la naturaleza se verá interrumpida cuando termine la epidemia. La finalización de dicha tregua implicará un retorno al trabajo en condiciones desfavorables para la mayoría de la humanidad. Puede incrementarse el trabajo precario y sin prestaciones (outsourcing y freelance). Se dice que las grandes empresas han decidido reducir en millones los metros cuadrados de sus instalaciones físicas. El trabajo en casa (home office) se incrementará y trabajadores precarizados pagarán de su bolsillo renta, agua y luz que antes pagaban las grandes corporaciones. Miles de empresas grandes, medianas y pequeñas quebradas por la crisis corren el riesgo de verse cooptadas por capitales del crimen organizado. Cuando la vacuna contra el SARS COV 2 se encuentre, habrá que luchar contra su comercialización a precios desmesurados y que su uso se convierta en privilegio de los de arriba. Existe el peligro avizorado por Gyorgio Agamben: el Estado policiaco y totalitario con el pretexto de la vigilancia epidémica. Para los que estamos en los grupos de riesgo, el fin de la epidemia sin vacuna no necesariamente significará que la muerte se nos haya alejado.

Ajeno a fatalismos, Marx postuló que en condiciones determinadas la humanidad era arquitecta de su destino. Así que lo que suceda en la pospandemia, dependerá de nosotros.

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