Cartas del Lector

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José Carlos Gª Fajardo
Emérito U.C.M

Y para terminar con ese número cinco, ¿qué os voy a contar del siniestro policía secreto?
Se llamaba Diego Pinillas, tenía cuarenta y tantos años, ojos claros, glaucos, mentón prominente, con cierto prognatismo que él acentuaba al andar para poner énfasis en sus pisadas. Usaba sombrero con la parte delantera del ala echada sobre los ojos, vestía gabardina con cinturón apretado y el cuello subido. Medía 1.62, calzaba un nueve, era Rh negativo, oriundo de Lugo, casado con la Emeteria, mujer de cuidado y, según algunas lenguas, muy suelta de andares y de otras menudencias, y tenían una hija medio enana que se llamaba Restituta. Pero él, erre que erre, siempre decía que era policía secreto.

No tenía teléfono, claro, y cuando quería transmitir un mensaje cifrado se iba a la tienda de abastos y allí montaba el número. La verdad es que él era analfabeto y por eso tenía problemas con las claves. El marido de la tendera, que era asturiano como ella, y muy curiosón y hasta algo cojo, muy leedor de novelas, y con una fantasía digna de mejor causa, era el que le leía las claves y le iba codificando las palabras. Pero no podía dejar de despachar, ya que buena era ella, y así, ora pesando el azúcar, ora cortando el bacalao, o bien dándole vueltas al manubrio del molinillo del café iba deletreándole a gritos las palabras del mensaje cifrado.

Diego Pinillas estaba en el ángulo de la tienda con el teléfono pegado a la oreja, sombrero puesto con el ala caída y el cuello de la gabardina subido. El tendero, que se llamaba Severino, iba y venía entre las mujeres gritándole las palabras y así podían estarse seis o siete horas transmitiendo el mensaje de marras.

Aunque, la verdad, a veces, eran algo pintorescos. Porque tiene su aquél que a la señora Hipocandria se le moviera el parche de un ojo para el otro. Vamos, como para ponerse a llover diecisiete años seguidos. Pero, esta vez tampoco. Por culpa de los bomberos. Eran muy suyos. Y como lo que quita el frío quita el calor, los bomberos estaban hartos de apagar incendios y lo que, de verdad, querían era abortar un diluvio. Por eso, en los Gazules nos poníamos quietos cuando sucedía alguna pequeña extravagancia ya que, de verdad de verdad, lo que a aquellas gentes nos gustaba era ver llover.

Llover a cántaros. Y juntarnos todos para llorar bajo nuestros inmensos paraguas de carpas. Los había muy llamativos y, a veces, los hacíamos girar para provocar el arco iris. Se nos rompían muchos palos de la velocidad que les metíamos a las carpas circenses. Pero ¿para qué estaba allí el aserradero? Pues, claro. Y con las gomas de Alan hacíamos “tira estrellas” y nos largábamos con el viento. En noches de volandas bajo la lluvia, hartos de llorar a gusto, nos reconciliábamos hasta con la Rusa.

Éramos muy nuestros en los Gazules. Sí. Nos gustaban las hopalandas y todo el mundo tenía una guardada en casa y almidonada para salir por las ventanas en las noches de siroco a dibujar signos cabalísticos en un mutismo imponente. ¡Qué noches aquéllas! Hasta la Rara tenía su hopalanda y, en aquellas ocasiones, su hija Ciscla, no bajaba a la ciudad a trabajar, como ella decía. Eran gentes curiosas. Cuando soplaba ese viento y vestíamos las hopalandas era como si se firmase una tácita tregua. Desde Encarna hasta Casilda y la Eufemia, desde la señora Celeste hasta el Capullo y los diecisiete hijos del talabartero, que recuperaban su edad verdadera, todos salíamos envueltos en el silencio y nos dejábamos llevar hasta el convento de las clarisas, que también subían, ya lo creo y con sus hábitos grises y el cíngulo blanco. Nunca nos fallaban el rubio dueño de la fábrica de gomas, a quien llamábamos “Alan” por el del cine, claro, y los del aserradero también se elevaban soltando lluvias de aserrín que llevaban en sacos.

Nadie decía nada, nos comunicábamos por truenos y por variaciones de destellos. Los extraños no nos podían ver y por eso se reconciliaban todas las gentes. Era una catarsis, algo nuestro que nunca se había escrito hasta ahora por respeto a Crista y a Doña Margarita. Sí. Todos participábamos, hasta las gallinas, los gatos y los crisantemos. Las pasiones se aquietaban, los instintos dormían y habíamos trascendido las cárceles de la razón sin producir monstruos en nuestros vuelos.
Noches de hopalandas, ¡cuánto os echo de menos!

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