Luis Fernández Molina
Con ansias esperábamos abrir el paquete que contenía las fotos, ya reveladas, del rollo que dejamos en la Kodak cinco días antes. ¿Cómo habían salido? ¿Qué tal nos vemos? ¿Cómo el paisaje del lago? Eran imágenes que veníamos visualizando desde el momento mismo en que tomamos la instantánea; porque tomar una foto era un evento que rememoraba la composición del cuadro que hacían los pintores renacentistas. Un protocolo. ¡Arréglense bien, a la una, las dos y ya! Cada foto era muy preciada porque los rollos solo tenían 12 o 24 fotos. No se diga de las películas que tomaban en 8 milímetros, era un montaje tipo de set. Esas emociones ya no se repiten, hoy las fotografías perdieron mucho de la majestad que antes tenían, ahora son inmediatas y desechables, inagotables. Y así nos acostumbramos a guardar más de tres mil fotos y videos (que ya nunca veremos). Por el contrario, los viejos álbumes eran arcones que guardaban preciosos tesoros familiares.
¿Vino el cartero? Era, después de los saludos, la pregunta obligada al llegar a casa. La correspondencia: mucha publicidad, varios avisos, alguna postal inesperada y al fin, la carta que tanto esperábamos. Ver la letra con que escribió la novia o la esposa era una sensación que no pueden repetir las pantallas electrónicas. Sentir su perfume. Y el ritual de las tarjetas de Navidad tampoco se puede reproducir con los innumerables –e impersonales– mensajitos.
Crecí en una Guatemala en la que del Parque Central a la Plaza Berlín se tomaban 15 minutos. Ir a La Antigua se hacía en 45 minutos y al puerto en hora y media. No había Waze. Un tiempo en que tomaba con mi madre la camioneta para ir, de la zona 4 al centro. Almacén Eichenberg, La Perla, El Nilo, La Juguetería, Marlin o La Paquetería. Caminábamos despreocupadamente, sin aprehensión o temor, por las calles. No había carros polarizados, ninguno, ni se veían gentes armadas. Ni por asomo imaginar las hoy omnipresentes cámaras de vigilancia. Los almanaques colgaban de las paredes como centinelas del desfile de días sin que aparato alguno nos recordara qué día es hoy.
Vivíamos más libres, porque no estábamos atados a aparato alguno, no dependíamos del celular. Nadie monitoreaba nuestra ubicación. Cada llamada telefónica era valiosa. Oír la canción favorita en la radio producía emoción doble. Escuchar los discos favoritos en 45 o Long Play eran verdaderas ceremonias. No sumábamos miles de “amigos”, pero los que teníamos eran suficientes para conversar cara a cara, jugar, bromear, pelear, planificar el futuro. Eran amigos de verdad y “reales”, la mayoría de los cuales siguen ahí sin necesidad de actualizar suscripción alguna.
También el mundo de hoy tiene –claro está– sus cosas buenas que he podido disfrutar. Comunicaciones rápidas, acceso a ese universo, virtualmente infinito, de la información. Sin duda una maravilla. “Gracias a la vida” escribe Violeta y repite Mercedes. Igual digo yo agradecido “por haberme dado tanto” y haber permitido que gozara de lo bueno de los dos mundos en un momento excepcional de la humanidad que se extiende como puente entre dos escenarios tan disímiles en tan poco tiempo. Pude disfrutar de las emociones y placidez del mundo de ayer, como también de los innegables beneficios del agitado mundo de hoy.
En buen momento expreso mi gratitud, cuando se acerca la visita anual de San Lorenzo que me trae como regalo una cuenta más para agregar al rosario de mi vida. Un año más que me acerca, vertiginosa e incontenible, a la edad internacional de la jubilación. Queda nada más ver al futuro, ya que es evidente que el tiempo pasa incontenible.







