Jorge Santos

Cuando cursaba la primaria y la educación básica recuerdo que la lectura era algo no muy grato, en la medida que las lecturas impuestas por los docentes eran acartonadas y sin lugar a dudas no aptas o congruentes con la edad de los niños y adolescentes que éramos en esos años. Confieso que en muchos casos para poder pasar exitosamente las evaluaciones de dichas lecturas, recurríamos a una serie de artilugios tales como ver las películas basadas en las mismas o en resúmenes orales realizados por los pocos compañeros que se sometían a historias llenas de dolorosos amores o prosas complejas para nuestra edad.

Sin embargo, con el paso de los años y también con la apertura democrática fui conociendo las librerías que principalmente en el Centro Histórico ofrecía una amplia gama de libros usados y luego librerías como Sol y Luna hicieron y formaron parte de mi acercamiento y enamoramiento con los libros. Una vez inmerso en ese mundo de los libros, fui capaz de leer aquellas obras clásicas que durante la primaria y la educación básica rechacé. Pero el ingreso a la universidad me abrió el mundo de los libros de par en par y logré conocer una diversidad tan amplia que iban desde la literatura universal, hasta los libros de política, economía, sociología y filosofía, sin ser necesariamente los que cursaba producto de mis estudios formales.

Con la llegada de la vida adulta, el amor y mi hijo e hija, fuimos descubriendo cómo los libros deben formar parte de nuestras vidas desde que nacemos; junto a ellos hemos ido aprendiendo de la magia de los libros, lo hermoso de las historias de la humanidad a través de los cuentos, la fantasía que inunda la vida de las y los chicos. En ese caminar es importante referir lo inmensamente privilegiados que somos al poder disfrutar la lectura en un país tan desigual, excluyente, discriminador y autoritario como Guatemala.

Aún y cuando nuestra sociedad esta inmersa en una profunda exclusión de muchas oportunidades y posibilidades de desarrollar la vida digna, se llevan a cabo muchas actividades que dan paso a pensar en que la esperanza de futuro y de transformación es posible. Sin lugar a dudas, una de esas actividades que valen la pena resaltar en medio de la desesperanzadora cotidianidad está la Feria Internacional del Libro en Guatemala –Filgua-, llena de editoriales, autores, organizaciones e instituciones académicas, pero también tenemos la oportunidad de asistir a una importante gama de actividades para todos los gustos de las personas.

Ojalá y que actividades como Filgua se extendieran más en el tiempo y cubrieran todos los territorios de este país, ojalá y que este renacer de los libros en una sociedad como la guatemalteca se expanda y tuviera de todo el apoyo gubernamental para hacerlo cada vez más accesible y así derrotar a todas aquellas expresiones que pretenden prohibir o limitar el acceso a los libros.

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