René Leiva
Siempre ha intrigado y poco dilucidado el que un personaje ficticio, obviamente más cercano y mejor atado a su autor que a un lector equis, con el decurso y una embozada aplicación dicho protagonista dado a la estampa luego de su pertinente concepción, gestación y germinación, propuesto entonces a la lectura, sabido es, alcanza una existencia autónoma a veces más intensa y trascendental que si fuera de carne y hueso, y entonces suele vincularse a su lector (que así ya no lo lee) de manera tal que éste le dota y asigna otras no tan diferentes singularidades a las fingidas por su creador original… La consabida e incomprensible simbiosis en el poco habitado hábitat de la imaginación y la sensibilidad, relación vivida y percibida desde tiempos de la literatura oral, o antes
El ¿dudoso? encanto/magnetismo de ese ¿héroe? gris, pacato, conformista, recatado, sumiso, perdedor nato…, pobre diablo, que le dicen. Sin atractivo arquetípico, digamos, para el niño, el joven, o la mujer… Ni para la mitología del emprendimiento, de la denominada agresividad, de la competitividad, del éxito… Ni para el materialismo de los sueños o los sueños materialistas del consumo. Ni, por supuesto, para la política, ese arte de engañar a otros para provecho propio. (Política a escala mundial, subordinada a la economía hegemónica: la mentira como matriz espuria del miedo y del odio, motores de la ganancia global repartida entre poquísimos. Las guerras dispersas y el ecoterrorismo concentrado. El imperialismo manifiesto y el sionismo encubierto. Pero, ¿acaso don José no vive en otro planeta?
No parece demasiado extraño que dentro del relato de invención el propio don José, en los rellanos de su búsqueda de la mujer desconocida, use su inventiva para delinear imaginarias eventualidades en que un diálogo entre él y personas desconocidas llena y rebalsa el vacío de la realidad concreta. Don José es un habilidoso dialéctico pero el otro imaginario, su fingido interlocutor, suele poseer mayor y más incisivo razonamiento que él mismo, al extremo de atar cabos desapercibidos, o no, por su fantaseador, don José. Integridad moral e intelectual llevada al extremo, podría decirse. Un ejercicio más de los sentimientos y de la voluntad que de la poderosa razón, pues mientras ésta busca, la inventiva encuentra. Inventar es encontrar, según su etimología y demás raíces alucinógenas. Dentro de La voluntad en la naturaleza la raíz desarraigada ya no busca hundirse sino elevarse. ¿Quién escribe cuando se lee? Porque leer no es leer, nunca lo ha sido.
Ni el propio don José sabe ¿a ciencia cierta? por qué busca testimonios de viva voz sobre la mujer desconocida de hace por lo menos veinte años, cuando ella recién dejó de ser una niña, y para eso va a la dirección de la última ficha, con la respectiva fotografía de la entonces adolescente, que pudo sustraer (robar) de la escuela que – -fea palabra- – asaltara. Allanamiento y hurto, cordón umbilical e hilo de Ariadna entrelazados. Trece fotografías logró don José, con apenas cambios faciales en el decurso juvenil. Son el tesoro que nunca deseó, tal vez. Y donde está el tesoro ahí descansa el corazón.
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(¿A quién dar el pésame por la muerte de arrecifes de coral, de bosques y selvas, de nieves que fueron eternas, de floraciones y enjambres de abejas? ¿Por quién doblan las campanas?)
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