Sandra Xinico Batz

En la década de los 80, el Canal 5 (del Ejército) transmitía una y otra vez: “un soldado, es un hijo, un amigo, un hermano… un soldado, es un ser que querido a quien amamos”, mostraba imágenes de un soldado volviendo a casa luego de “servir a la patria”. En su visita ayudaba a su padre a sembrar, era recibido por la familia entre abrazos y reconocimientos, nunca se quitaba el uniforme. Era un soldado raso que regresaba al campo, sin mayores riquezas.

El Estado trataba de implantar en la sociedad una imagen “buena” de la “labor” del Ejército, y a la vez mostraba: el reclutamiento forzado de miles de jóvenes que conformarían uno de los escalones más bajos de esa institución.

Cualquiera diría, como yo lo he dicho: “ni porque no tuviera que comer sería chafa”, lo cual aún sostengo. Sin embargo, considero que es más complejo. Para obtener justicia, es importante deducir responsabilidades y ajusticiar a aquellos que realmente son responsables, esos altos mandos que ordenaban y planeaban las horrorosas atrocidades cometidas, aquellos responsables de lo que describe la canción. Nuestros hijos, hermanos, vecinos, familiares, amigos, no encontraron otra opción para seguir sobreviviendo más que ingresar al Ejército y matar a su propio pueblo.

Fueron armados y entrenados para matar y violar, el ambiente militar y el adoctrinamiento reemplazaron el amor de su hogar y sus vivencias en sus pueblos. Miles de niños se convirtieron en el limpia botas de aquellos que sí tuvieron una carrera militar. No eran indios ni pobres; ellos sí eran estudiados. Escogieron libre y conscientemente este oficio de muerte y violencia. Ríos Montt repetía convencido: “vamos a matar, pero no a asesinar”. Hoy están sentados en el banquillo de los acusados pero, por corruptos y no por asesinos. Esa fue su primera profesión antes de que la paz y la democracia les convirtiera (impunemente) en funcionarios de Estado.

Las cosas no han cambiado mucho. Los mandos bajos siguen siendo para los jóvenes indígenas y pobres, muchos de ellos, maestros de primaria, peritos, bachilleres que no consiguieron un empleo para desarrollar su profesión. Tampoco fueron aceptados por la universidad estatal y no poseen recursos económicos para una universidad privada. Recurrieron al Ejército, la “única” posibilidad de sobrevivencia y oportunidad que encontraron en Guatemala.

¡Bah!, que ya no salieron a las calles el domingo a desfilar, porqué tanto alboroto. Alboroto el que hemos tenido que armar frente a la absurda idea del “Presidente” de sacarlos a las calles. Es un hecho, estamos cansadas y cansados de que las botas de los militares resuenen en nuestras cabezas y en nuestras historias.

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