Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt

En la publicación del escalafón de los centros de enseñanza de acuerdo a sus índices de aprobación de pruebas a sus graduados, los centros de enseñanza públicos mostraron el año pasado un retroceso marcado y una enorme y terrible diferencia respecto a los colegios privados que operan en el país. El mejor de los centros públicos de enseñanza apenas llega a 58.76 por ciento, lo cual preocupa porque el magisterio que presta sus servicios en el sector público está muy bien pagado como consecuencia del pacto colectivo que les firmó la ministra Del Águila por instrucciones precisas del presidente Pérez Molina y la vicepresidenta Baldetti luego de haber negociado con el dirigente Joviel Acevedo.

Una de las cosas que yo he criticado respecto a ese pacto es que las ventajas salariales otorgadas al magisterio no fueron acompañadas de un compromiso para elevar el nivel educativo de los estudiantes que acuden a los centros públicos de enseñanza, pero honestamente hablando no creí que la situación estuviera tan mal y que se siguiera deteriorando después de la negociación. Del resultado del 2014 al del 2015 se puede notar un marcado retroceso, lo cual debería no sólo de preocupar a las autoridades sino que además avergonzar a los profesores que tienen a su cargo la formación de nuestra juventud.

Es un lugar común decir que invertir en educación es la clave del desarrollo de los pueblos, pero obviamente invertir es muy distinto a tirar el pisto en componendas políticas con grupos de dirigentes sindicales que saben cómo torcerle el brazo a las autoridades bajo la amenaza de constantes movilizaciones que son muy temidas por los funcionarios. Creo seriamente en la dignificación del magisterio como elemento fundamental para mejorar la calidad educativa, pero cuando se aprueban arreglos que únicamente apuntan a elevar la planilla sin que se pueda traducir esa mejora en las prestaciones en un incremento de la calidad en la formación de los alumnos, obviamente estamos mal.

Y no hace falta prueba más contundente que la de ver la astronómica diferencia que hay entre el resultado de la enseñanza pública con la enseñanza privada. Pero la culpa, por supuesto, no es únicamente del magisterio sino de la ausencia de políticas serias para atender la demanda de la población escolar con verdadera orientación hacia la excelencia. Hemos tenido autoridades en educación que se dedican a hacer negocios, como el de las famosas mochilas o la firma del pacto colectivo, promoviendo cambios en la formación del magisterio basados en puro capricho y empecinamiento, en vez de trabajar para que haya mayor capacidad de inversión para extender la cobertura y mejorar la formación de los alumnos.

¿Cómo puede justificarse un pacto colectivo tan oneroso si el resultado práctico es que la enseñanza en las escuelas públicas va como el cangrejo? Bienvenido el gasto y que se destinen mayores recursos a educación, pero siempre y cuando notemos que hay avances, que en vez de retroceder vamos construyendo un mejor sistema de enseñanza para dotar a nuestra población de las herramientas del conocimiento. Pero si eso no ocurre, lo que hubo fue una estafa al pueblo.

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