Claudia Navas Dangel
cnavasdangel@gmail.com

La tragedia ocupó de nuevo los titulares de los medios de comunicación. Guatemala fue noticia a nivel mundial por lo ocurrido en El Cambray II. La consternación, la impotencia y la rabia, sí, eso, porque pudo evitarse, nos invadió.

La solidaridad afloró de manera maravillosa y nos volcamos a los centros de acopio a apoyar como pudimos. Los días han pasado, hay mucho por hacer: cuerpos sin vida que encontrar, damnificados a los que debe de proveerse de una nueva vivienda, personas que deben desalojarse y socorristas a los que hay que agradecer infinitamente por su entrega, su perseverancia y ese servicio desinteresado hoy evidente, aunque sea de a diario.

Y es que lo que los cuerpos de socorro han trabajado estos días de sol a sol, es una muestra intensiva del trabajo que cada uno de los 365 días del año realizan en todo el país. Y esa impotencia, esa consternación, esa rabia, el miedo y la tristeza son sentimientos que también se viven a diario, no en esa magnitud, aunque sumando y sumando la  cifra quizá se triplique.

Personas mueren por desnutrición, otras son arrastradas por la corriente de un río crecido, niños caen en pozos por negligencia de adultos, mujeres son asesinadas por maridos ebrios y abusadores, pilotos de bus pierden la vida por no pagar una extorsión, otros fallecen por estar en el lugar equivocado en la hora incorrecta. Casas son vaciadas por delincuentes, mucha gente es desalojada por vivir de forma inapropiada en terrenos baldíos.

En fin, Guatemala entera es El Cambray II. Quienes no mueren viven, ja, sobreviven con menos de un dólar al día, y estoy siendo optimista, faltaba más. Muchos, muchas más en realidad, representan de forma glamorosa algunas, otras así no más, una suerte de esclavitud moderna, con horarios que exceden las 18 horas, sin percibir el salario mínimo y con suerte la misma alimentación que preparan para otros.

Los niños y niñas son los más vulnerables, creo yo que si se analizará a fondo, aunque se ha hecho, pero si de alguna forma tuviéramos empatía con ellos, descubriríamos que la palabra derechos es una utopía. Las niñas juegan con muñecas de verdad y es tan común que hasta se ha vuelto un lugar común llamar niñas madres, a menores de 12 años, incluso que la mayoría de veces han sido abusadas o vendidas.

Esto por decir algo. Y esto, lo anterior y mucho más sucede a diario, sólo que como es disperso, pues no nos impacta, no nos duele, no nos preocupa, ni nos mueve.

Me causó gracia leer en Facebook la semana pasada “todos somos El Cambray II”, me sonó a nuestros indígenas, nuestros pueblos, muy político y trillado. Pero hoy lo entiendo. Sí, todos somos eso, Guatemala entera lo es. Miles de personas más a lo largo y ancho del país necesitan que los pensemos un instante y que si bien no podemos dar albergue, comida y medicinas a todos, al menos les brindemos trabajo, respeto  y solidaridad. Esta última palabra no la vinculo a ningún político, pero sí al hecho de exigir a quien quiera que llegue al control del Estado, en cualquier de sus poderes, que trabaje, que no robe y que responda a las necesidades de los guatemaltecos, que se citan en muchos informes internacionales y que al final no nos importan. ¡Qué nos importen pues!

Artículo anteriorRelatos de incertidumbre y agobio de los damnificados de El Cambray II
Artículo siguienteSteve Jobs: el héroe y el villano del cine