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Adquirir conciencia de la muerte, probablemente, significó comenzar a imaginar la posibilidad de vencerla. La historia de la civilización quizá podría leerse, en cierto sentido, como una larga conversación con la muerte: primero mediante la magia y los mitos, después mediante la religión y, en nuestros días, mediante la ciencia y la tecnología. Sin duda han cambiado los instrumentos, pero permanece la misma pregunta existencial: ¿podremos algún día escapar de nuestra condición mortal?

Uno de los primeros testimonios de esta búsqueda aparece en Gilgamesh, el héroe de la antigua epopeya mesopotámica, escrita hace más de cuatro mil años. Gilgamesh es un rey poderoso que, después de perder a su amigo Enkidu, descubre con horror que él también habrá de morir. Emprende entonces un viaje desesperado en busca de la inmortalidad. Finalmente encuentra a Utnapishtim, el hombre que sobrevivió al diluvio y recibió de los dioses el privilegio de vivir eternamente. Gilgamesh consigue incluso la planta que puede devolver la juventud, pero una serpiente se la roba mientras se baña. Su fracaso contiene una de las primeras grandes lecciones de la literatura: el hombre puede conquistar ciudades, acumular poder y alcanzar conocimiento, pero no puede conquistar la muerte.

Los mitos posteriores continuaron imaginando excepciones. Enoc, en la tradición bíblica, no muere como los demás: “caminó con Dios” y desapareció porque Dios se lo llevó. Elías asciende al cielo en un carro de fuego. En ambos casos aparece una idea que acompañará durante siglos a la humanidad: quizá la muerte no sea un destino inevitable, sino una condición de la que algunos elegidos pueden ser liberados.

Prometeo, un titan inmortal, representa otra dimensión de esta aspiración. Al robar el fuego de los dioses y entregárselo a los hombres, proporciona el símbolo de la capacidad humana para apropiarse de aquello que antes pertenecía exclusivamente a lo divino. El control del fuego es la primera tecnología y podría interpretarse como conocimiento, tecnología y poder. Prometeo anticipa así una tentación que llega hasta nuestro tiempo: si los dioses tienen poderes que nosotros no poseemos, ¿por qué los humanos no debemos intentar adquirirlos por las buenas o por las malas?

La religión transformó esta aspiración. El cristianismo, por ejemplo, no promete simplemente prolongar indefinidamente la vida biológica. Propone algo radicalmente diferente: la resurrección de la carne y una vida perdurable que depende de la subsistencia del cuerpo glorioso. La inmortalidad deja entonces de ser una conquista tecnológica y se convierte en una cuestión de trascendencia. El hombre no vence a la muerte por sus propias fuerzas; sino que recibe la posibilidad de una vida que pertenece a otro orden.

La modernidad cambió nuevamente el problema. La ciencia sustituyó progresivamente la pregunta “¿cómo alcanzar la inmortalidad?” por otra más concreta: ¿cómo evitar o retrasar el envejecimiento? Si la muerte es consecuencia de procesos biológicos, quizá podamos intervenir sobre ellos. La medicina ya ha conseguido prolongar extraordinariamente la esperanza de vida. Ahora aparecen investigaciones sobre reparación celular, genética, inteligencia artificial, órganos artificiales y terapias destinadas a combatir el envejecimiento.

En este nuevo escenario aparece una figura como Bryan Johnson, empresario tecnológico estadounidense que ha convertido la prolongación de la vida en un proyecto personal. Su programa, conocido como Blueprint, combina dieta, ejercicio, mediciones biométricas, tratamientos médicos y una enorme cantidad de datos con el objetivo de reducir el deterioro asociado con la edad. Johnson no es Gilgamesh, pero comparte con él algo esencial: la convicción de que la muerte y el envejecimiento no deben aceptarse pasivamente.

La diferencia fundamental es que Johnson no espera encontrar una planta mágica ni recibir un privilegio de los dioses. Confía en los datos, los algoritmos, la medicina y la biotecnología. Su aventura representa quizá la versión contemporánea de la antigua epopeya: el héroe ya no viaja hasta los confines del mundo; penetra en su propio organismo con sensores, análisis y algoritmos.

Pero aquí aparece una paradoja. ¿Qué significa realmente vencer a la muerte? Si lográramos vivir doscientos años, ¿habríamos resuelto el problema o simplemente lo habríamos aplazado? Y si pudiéramos vivir quinientos, ¿seguiríamos deseando mil? La inmortalidad puede transformar la muerte en una amenaza permanente precisamente porque hace indefinido el horizonte de la existencia.

Gilgamesh comprendió finalmente algo que la tecnología contemporánea quizá todavía no quiere aceptar: la mortalidad no es solamente una falla de la biología. Es también aquello que da forma a nuestra vida. El tiempo limitado convierte nuestras decisiones en decisiones significativas. Amamos porque sabemos que podemos perder lo amado. Elegimos porque no podemos hacerlo todo. Construimos porque sabemos que no estaremos aquí para siempre.

La gran aventura de la humanidad continúa, ahora en laboratorios y centros tecnológicos. Tal vez algún día consigamos prolongar radicalmente la vida. Pero la verdadera cuestión filosófica seguirá siendo la misma que enfrentó Gilgamesh hace cuatro milenios: si conseguimos vencer a la muerte, ¿habremos aprendido también para qué queremos vivir?

 

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