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La frase que esta semana pronunció el presidente estadounidense: “Estoy dispuesto a renunciar a mis derechos y privilegios como ciudadano por nuestro gran ejército y nuestro país”, encierra una tensión ética tan antigua como la política misma, ¿es ético o moralmente válido que el individuo esté dispuesto a sacrificar sus derechos individuales en nombre del Estado, la patria o la seguridad colectiva? O, por el contrario, ¿los derechos individuales deben considerarse inviolables e irrenunciables siempre bajo cualquier circunstancia?

Por ejemplo, la legislación liberal mexicana de mediados del siglo XIX prohibió los votos perpetuos de los religiosos al afirmar la libertad individual como un derecho inalienable. Para aquellos liberales, ningún ser humano podía renunciar de manera definitiva a su libertad, pues hacerlo implicaba negar su propia condición moral y jurídica. En este sentido, los votos perpetuos eran vistos como una forma de esclavitud voluntaria incompatible con una sociedad moderna. La medida no solo buscaba limitar el poder de la Iglesia o de las diversas comunidades supraindividuales, sino también garantizar que toda persona conservara siempre la posibilidad de decidir libremente sobre su vida y su destino.

Para abordar esta cuestión, conviene recordar que la idea moderna de derechos individuales surge como una respuesta precisamente al abuso del poder político arbitrario. Pensadores como el inglés John Locke defendieron que los seres humanos poseen ciertos derechos naturales tales como su vida, su salud, su libertad y sus posesiones, derechos que no son otorgados por el Estado, sino que existen con anterioridad a él. En esta visión, el Estado se legitima únicamente en la medida en que protege dichos derechos. Si los vulnera, el Estado pierde su justificación moral.

Sin embargo, no todos los filósofos han compartido esta postura. Tomás Hobbes, en su obra Leviatán, argumentaba que, en el “estado de naturaleza”, la vida humana es “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. Para evitar esa caótica situación, los individuos pactan ceder parte de su libertad natural a un soberano fuerte que garantice el orden y la paz. Desde esta perspectiva, la renuncia a la soberanía individual y a sus derechos no solo es válida, sino necesaria para la supervivencia colectiva.

El problema surge cuando esta cesión deja de ser “parcial y temporal” y se convierte en una entrega total. La historia ofrece ejemplos dramáticos de cómo la subordinación absoluta del individuo al Estado desemboca en regímenes autoritarios o totalitarios. En estos casos, el lenguaje del sacrificio patriótico se transforma en un instrumento de control coercitivo. Lo que comienza como una expresión voluntaria, “estoy dispuesto a ceder mis derechos”, puede derivar en una exigencia socialmente implacable: “debes cederlos por el bien de todos”.

Por otro lado, también es cierto que ninguna sociedad puede funcionar si cada individuo exige el ejercicio irrestricto de todos sus derechos en todo momento. Las democracias modernas operan sobre la base de limitaciones razonables, leyes, impuestos, servicio militar en algunos países, o restricciones en situaciones de emergencia. Incluso Juan-Jacobo Rousseau sostenía que la libertad auténtica no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en obedecer las leyes que uno mismo ha contribuido a crear como miembro de la voluntad general.

Así, la cuestión ética no es simplemente si se pueden limitar los derechos individuales, sino hasta qué punto y en qué condiciones. Una renuncia voluntaria y temporal, claramente delimitada y orientada a un bien común legítimo, por ejemplo, medidas extraordinarias durante una crisis podría considerarse moralmente aceptable. En cambio, una renuncia indefinida, ambigua o impuesta bajo presión social o política resulta profundamente peligrosa, inmoral e inaceptable.

Aquí entra en juego otro elemento clave, la dignidad humana. Filósofos como Emanuel Kant defendieron que el ser humano debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo y nunca meramente como un medio. Si el individuo renuncia a sus derechos hasta el punto de convertirse en simple instrumento del Estado o cualquier otra comunidad, aunque lo haga voluntariamente, se plantea una paradoja moral, ¿puede alguien legítimamente consentir en su propia deshumanización y consiguiente instrumentalización?

Además, en contextos contemporáneos, el discurso de “sacrificar derechos por seguridad” suele aparecer en momentos extraordinarios de miedo colectivo por el terrorismo, la guerra o las crisis migratorias. La historia reciente demuestra que estos momentos son particularmente peligrosos para las libertades humanas. Lo que se presenta como una medida excepcional tiende a normalizarse, y la recuperación de los derechos cedidos y perdidos rara vez es completa.

Sin embargo, tampoco sería justo adoptar una postura absolutista que ignore las responsabilidades del ciudadano hacia su comunidad. La vida en sociedad implica ciertos deberes tales como la solidaridad, el cumplimiento de la ley y la contribución al bien común. La ética política no puede reducirse a un individualismo radical que desconozca la interdependencia natural de los individuos de nuestra especie humana.

En conclusión, la frase analizada refleja una disposición loable en cuanto expresa compromiso con la comunidad, pero es éticamente peligrosa cuando se interpreta como una renuncia ilimitada de los derechos fundamentales. No hay nada inherentemente inmoral en aceptar restricciones razonables por el bien común, lo que sí resulta gravemente problemático es aceptar que no hay nada por encima del Estado o la nación. En una sociedad libre, precisamente lo contrario debería ser cierto, hay principios como la dignidad, la libertad y los derechos fundamentales que deben situarse siempre por encima de cualquier proyecto político o comunitario, por noble que este se presente.

 

Roberto Blum

robertoblum@ufm.edu

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