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Este es y ha sido un pueblo tranquilo; tan tranquilo que se lo comió el silencio. Con decirles que se escucha, como hélice de avión en marcha, el aleteo de los colibrís cuando están chupando la miel de las flores, incluyendo las flores de muerto, que también tienen miel, aunque huelen a ruda. Pero, por fortuna, dicen los ornitólogos que los colibrís no tienen olfato.

En ese silencio, antes la vida era exageradamente apacible y parecía que nada se movía. Aquí no podía haber “movimiento perpetuo”. El gobierno, como no sucedían hechos de importancia y no había migración interna que mandara cartas o telegramas a sus familiares, canceló la oficina del correo y la comandancia de la policía, porque las celdas para los presos estaban por gusto.

Cuando se fueron esas dependencias, especialmente la comandancia y los policías, el pueblo se quedó solo con la autoridad del alcalde, que los vecinos no sabían quién era, si no fuera por las visitas anuales del gobernador departamental, porque él exigía su presencia y que se celebrara un cabildo abierto.

A veces se oía algún ruido intermitente, como que estaban azotando a un cristiano; pero, era cuando algún vecino estaba aporreando el tul cortado en las orillas del río, que después de secarlo con el calor del sol, servía para tejer petates que llegaban a comprar los comerciantes del Mercado Central de la capital.

Cuando se veían columnas de humo, era por las grandes llamas de fuego del zacate que prendían para quemar los cántaros con los que se traía agua limpia de los Chorros de Champote, pues no había servicio de agua potable.

No recuerdo al qué alcalde se le ocurrió traer a un músico de San Raymundo Sacatepéquez, para que le enseñara a los jóvenes a tocar instrumentos de viento y formar una pequeña banda que diera conciertos los domingos, usando el atrio de la iglesia, pues no había kiosco ni bancas donde sentarse.

Una mañana, cuando el cura terminaba de celebrar la misa dominical, después de echar la bendición y decir que todos se fueran en paz, Gabino, el sacristán, se le acercó, no para retirar la copa con las hostias, sino para decirle que frente a la iglesia, en el lado poniente, estaba una especie de tanqueta, con un cañón apuntando al cielo y con una ensarta de balas como de media cuarta.

Le dijo también que unos cinco soldados estaban apostados en el corredor de Pretid y que a veces ondeaban una gran bandera blanca, como sábana almidonada, en el momento en que un avioncito surcaba el cielo de norte a sur.

El cura le dijo que fuera a la farmacia González y que le preguntara a don Adán si él sabía algo, pues era el único lugar en donde había una radio de batería. Don Adán le informó que sí, y que el cura tuviera cuidado en su regreso a Cuilapa, porque la noticia era que había bulla en la capital.

La noticia la supieron los vecinos porque Gabino también se la contó a los que salían de misa y sin saber a qué se debía, se regó como reguero de gasolina con fuego.

Cuando lo de la bulla le llegó a oídos de don Camilo Mancilla, a pesar de ser ciego desde hacía un cuarto de siglo, sabía todos las burucas de años pasados. Él, además de su olfato político, sabía historia y era inspirado para observar la vida; por eso cada año redactaba el testamento de Judas, que se leía en la plaza antes de descuartizar los muñecos que lo remedaban, luego que cantaban gloria.

Cuando supo de la nueva bulla, se concretó a decir que aquí sólo se arreglaban las cosas si resucitara don Justo Rufino, pues todos éramos una partida de insurrectos difícil de gobernar y que de nacimiento nos venía eso de estar en contra de los que están en contra y en contra de los que están a favor.

Años después, ese dicho se usó en una propaganda comercial; pero, en ese tiempo no se registraba el derecho de autor.

La tanqueta estuvo dos días en la plaza y, cuando la bulla fue sofocada, los soldados doblaron la sábana, agacharon el cañón de la tanqueta y se fueron por donde habían llegado. Entonces, don Adán informó que la noticia de la radio era que la bulla estaba controlada.

De todos modos por la lejanía, los vecinos nunca llegaron a saber a qué se debió la bulla. Lo que sí se supo después es que la presencia de los soldados y la tanqueta fue porque el gobierno supo que los cabecillas de la bulla intentarían irse a El Salvador y que pasarían de noche por aquí, para que unos partidarios de la bulla los llevaran al caserío Montufar, en la frontera con El Salvador, y al llegar al pueblo de Cara Sucia, debían perderse de vista.

Después hubo otras bullas, solo que de estas la gente no se enteró por medio del radio de don Adán, sino por los bandos que a cada rato sacaba el alcalde, informando que otra vez estaban restringidas las garantías; pero, a todos les importaba un bledo las restricciones, pues lo único cierto era la opinión de don Camilo, que siempre decía que había que contratar un mago para que le diera vida a la estatua de don Rufino, que estaba en el parque, para que terminara con las bullas presentes y futuras.

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