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Un mundo raro

En la casa donde funcionaba la Residencia Universitaria de la Usac, en la 15 calle y décima avenida, frente a Sanidad Pública, vivíamos estudiantes de diversas ramas de la ciencia. Los de medicina sobándole la frente a una calavera de origen desconocido, tratando de aprender cuáles son los huesos de la cabeza y los de la cara, antes de entrarle a los huesos largos; los de humanidades leyendo los libros sobre el pensamiento de Platón o Aristóteles; los de veterinaria y agronomía investigando qué zacate es más nutritivo para el ganado; y los de derecho estudiando un montón de teorías que no estaban seguros que se cumplieran. En fin cada loco dedicado a su tema en una especie de mundo raro. Un día, al mediodía, a la hora del almuerzo, llegó el rector para convivir con los residentes el funcionamiento de la Residencia y de paso enterarse de peticiones o denuncias sobre la vida de los estudiantes. No recuerdo quién se quejó con el rector que daban mucha tortilla en lugar del sabroso pan francés y pedía que nos sirvieran caldo de res y solo algunas veces que nos dieran caldo de frijoles. A unos residentes nos pareció un reclamo injusto, porque por veinticinco quetzales teníamos alojamiento, alimentos, luz, agua y la amistad interdisciplinaria que hoy se mantiene entre médicos, humanistas, economistas, abogados etc., que vivimos muchos años en ese inmueble que donó a la Universidad el abogado Filadelfo Salazar. La residencia era un lugar para estudiar y sacar buenas calificaciones si uno quería seguir gozando de esa gran ayuda y si se perdía el año, se cancelaba la oportunidad de vivir allí. Ante el reclamo de las tortillas y el caldo de frijol, el rector, médico de profesión y un científico de altos quilates como lo era Martínez Durán, aprovechó la oportunidad para explicar las bondades nutritivas de la tortilla por su componente de calcio al agregarle cal a la masa, además de lo que contiene el maíz; y, en cuanto al frijol nos informó de todos los minerales, carbohidratos, proteínas, etc. que contiene, de manera que nos estaban alimentando bien. Hubo una denuncia del residente Pleitez. Resulta que allí había estudiantes que se preparaban por la noche, de manera que no había momento en que no estuvieran estudiando los residentes. Pues estas “aves” nocturnas, como los baños quedaban hasta el fondo de la casa, si les daban ganas de orinar no iban al mingitorio, sino salían a soltar el chorro a la banqueta del portón y de tanto repetir ese acto, si no había entrado el invierno, pues se sentía el olor dulzón de los meados ya impregnados en el pavimento. Cuando Pleito hizo esa denuncia, a Mario Mica y Platón no les quedó más que agachar la cara; y el doctor le dijo al administrador que controlara esa anomalía. Una vez, en tiempo del Presidente Ydígoras, se decretó un toque de queda a partir de las 9 de la noche. Estábamos todos estudiando en la sala comedor y como a las 11 de la noche, tocaban el portón con mucha fuerza. Todos, lo que primero pensamos era que se trataba de un cateo y por añadidura llevarse detenido a algún estudiante que fuera dirigente de la Universidad, a quienes el gobierno, desde el de Estrada Cabrera, se les acusaba de tener “ideas exóticas”. Los compañeros de derecho y economía, que tenía como textos algunos libros “prohibidos”, los escondieron en un tapanco que tenía el cielo de machimbre. Y nadie se atrevía a abrir el portón. Entonces Nery Molina, alias platón, dijo: “Achís los de Jutiapa no somos rajones” y fue a abrir el portón, para encontrarse con un mensajero oficial que se concretó a decirle a Nery: “Un telegrama”. Por poco linchan al pobre empleado del correo que andaba cumpliendo con su trabajo.

René Arturo Villegas Lara

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