En 1949, si mal no recuerdo, una plaga de chapulines invadió todos los astilleros en donde los campesinos hacían sus siembras de maíz, maicillo, frijol y ayotes. Esos astilleros han ido desapareciendo por el crecimiento urbano; pero, en ese tiempo no existía ese desbordamiento de viviendas y los astilleros era lo que les quedaba a los campesinos para medio vivir. Pues, en ese año, como en el mes de julio, que es cuando la milpa ya está jiloteando y las lluvias caen muy recias, nos invadió una plaga de chapulines que a saber de dónde llegó. Lo cierto es que esos animalitos, un poco más grandes que los grillos, encontraron la mesa servida y en un santiamén devoraban las hojas de la milpa. Entonces, el alcalde pidió ayuda a los directores de las escuelas de niñas y de niños, para que fuéramos a combatir la plaga y como para eso había que abandonar las clases, pues nos proveyeron de manojos de escobillo y con esos recursos en forma de escoba, a los escueleros nos llevaron al astillero de las faldas del Tecuamburro, a matar cuanto chapulín nos volara sobre la cabeza. Y como el resultado no era tan efectivo por los millones de insectos hartándose las siembras, el alcalde le pidió al Ministerio de Agricultura que interviniera, antes que los condenados chapulines se comieran hasta las hojas del piñón. Por cierto, ya viéndolos detenidamente, tiene el cuerpo verde y la cabeza café. Como una langosta pequeña. Así fue como él gobierno se hizo cargo del problema y envió una brigada de combatientes, con bombas que tiraban el gamesán disuelto en agua y eso sí fue efectivo. Pero, la historia de esta prosa, es otra. Resulta que el Ministerio contrató toda la Pensión Lara, para que allí durmieran los chapulineros. Para mi tía María fue un buen negocio porque todas las habitaciones estaban ocupadas y cada fin de mes veníamos a una oficina de la 12 avenida a cobrar el hospedaje. Una mañana, cuando estaba cepillándome los dientes, a regular distancia de donde dos chapulineros se gastaban bromas con un rifle 22, creyendo que no tenía balas, pues lo estaban aceitando. Recuerdo que uno le dijo al otro. “A que no me matás; claro que sí”, le contestó el que sostenía el rifle y al jalar el gatillo, la bala fue a dar en las costillas del otro chapulinero. El único testigo del hecho fui yo; pero, como tenía diez años, no pude declarar lo que vi. En ese tiempo no había ambulancias ni bomberos para conducir al herido al hospital de Escuintla. Así que se lo llevaron en un jeep del Ministerio; pero, parece que la bala, aunque no le tocó el corazón, sí era suficiente para morir desangrado y murió casi llegando al hospital de Escuintla. Los enfermeros dijeron que todo se debía la tardanza; pero, por lo que fuera, yo mejor me largué a dormir por unos meses a la casa de mi abuela, porque como había noches que mi tía me mandaba dejar candelas a los cuartos, porque no había servicio eléctrico, me daba miedo que en la oscuridad me espantara el chapulinero que murió por una broma imprudente. Por eso mi madre decía que las armas de fuego están tentadas por el enemigo, como también se le conoce al mismo diablo.







