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Lorenzo Fer

Como vecinos que son de los judíos, los samaritanos se mencionan siete veces en los Evangelios. Tres evangelistas los citan, pero curiosamente no aparece en los escritos de Marcos. En todo caso son vecinos incómodos. Acaso por eso Jesús ordenó al principio, que no entraran en pueblos samaritanos sino que se dedicaran por las ovejas perdidas de Israel. (Mt. 10, 5). 

Para entender por qué surgieron los samaritanos debemos retroceder hasta el gran rey Salomón. Fue sabio, conquistador y constructor, pero no fue previsor. Tuvo muchos hijos y a uno de ellos designó como su heredero: Roboam, quien no tenía las luces de su padre. Se rodeó de amigos jóvenes (amigotes) y de manera arrogante desatendió al pueblo. En una época dura, de escasez, le pedían al rey que redujera los altos impuestos y las cargas de trabajo que su padre había fijado. Respondió con dureza y amenazas. Los rebeldes se formaron alrededor de un carismático líder, Jeroboam, quien promovió la división del reino, cerca del año 930 a.C. Así se formó, por una parte el Reino del Sur, Judea, con capital en Jerusalem y comprendía a las tribus de Judá y Benjamín. Las restantes 10 tribus se quedaron en las fértiles planicies del norte, la Galilea, que se llamó Reino del Norte o Israel. Curioso contraste se abrió en ese tiempo: Judá, fieles a la dinastía de David versus Israel, bajo el reinado de Jeroboam I.  

Un reino dividido es un reino debilitado. Así lo entendieron los gobernantes de la región mesopotámica (precisamente en la confluencia de Irak e Irán). Quien primero olfateó dicha debilidad fue Sargón II, gobernante de un imperio muy viejo que ya venía en franca decadencia: los asirios. Pero estaban todavía fuertes allá por el año 750 a.C. y tomaron la parte norte del reino dividido y se llevaron cautivos a unos 27,000 judíos (cuyo retorno nunca se documentó lo que dio lugar a la historia de “las diez tribus perdidas de Israel”).   

Pero 170 años después vendría otra incursión del oriente. Allá por el año 585 a.C. se asomaron las huestes del imperio dominante que sustituyó a los asirios: Babilonia. Su rey tiene un nombre rimbombante y por ende más fácil de recordar: Nabucodonosor II. Arrasó la ciudad santa y destruyó el gran Templo de Salomón (Primer Templo). También se llevó a la fuerza a miles de judíos en un cautiverio histórico que habría de durar 70 años. Pero, a diferencia de los asirios (que solo “vaciaron” el territorio), lo babilonios trataron de modificar el mapa étnico; impusieron migraciones de tal forma que acarrearon con pobladores de diversas provincias para “homogenizar” la población (muy al estilo de Stalin). La población judía rechazó a los migrantes pero hubo “bolsones” donde se mezclaron con población nativa. Combinaron sus genes y sus costumbres. Ciro, que años después sucedió a Nabucodonosor, puso fin al histórico cautiverio y permitió la repatriación de los judíos desplazados que, al retornar, de inmediato procedieron a la construcción del Segundo Templo. Por eso fue un benefactor del pueblo hebrero y permitió su retorno. Es claro que el gran Ciro es aclamado por los hebreos y es el único “ungido” que no es judío. El profeta Isaías le dedica varios versículos. Tribus de Efraín y Manasés.

Pues bien, la vida se fue tejiendo en aquellos núcleos de población del norte donde se mezclaron con los colonos acarreados de Nabucodonosor. Siendo diez las tribus que ocupaban la región norte, en dos de ellas, la de Efraín y la de Manasés fue tomando forma el culto samaritano con toda la apariencia de la ortodoxia rabínica pero con diferencias; ellos no siguen todos los libros de la Biblia hebrea y consideraban que el lugar sagrado, donde fue el sacrificio de Isaac es el Monte Gerizim (Nablus) y no en el Monte Moriah, en el centro de Jerusalém. Son pues, básicamente judíos pero “mezclados” y con variantes en el culto, es por eso que han sido históricamente rechazados. Los han considerado herejes, apóstatas y, sobre todo, impuros. En una ocasión que trataron de insultar a Jesús le dijeron que “tenía un demonio” pero algo peor: le dijeron que “era samaritano”. Vaya insulto. (Jn. 8, 48).

La región de Samaria estaba a medio camino entre Jerusalén y el Mar de Galilea. Actualmente es parte de Cisjordania y la ciudad más importante es Nablus. A principios del siglo pasado se pensó que ese pueblo se iba a extinguir por ser muy cerrados y practicar la endogamia; actualmente son pocos miles de personas, son muy celosos de sus costumbres. 

Entre los pasajes que se mencionan a samaritanos, están la del leproso que regresó para agradecer a su sanador, era samaritano, pero, con mucho, los dos pasajes más recurridos son la de este domingo y la del “buen samaritano”.  El relato del pozo (“Pozo de Jacob”) tiene tres dimensiones. Un aspecto de género por cuanto las mujeres no les hablaban a los hombres desconocidos. Luego una cuestión de etnia: “los judíos no se tratan con los samaritanos”. Pero lo más importante es la dimensión espiritual: por un lado la revelación “Yo soy (el Mesías) el que habla contigo” y como marco conceptual que todo lo engloba, esa declaración: “el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.” Ojalá llenemos todos nuestros pachones o cantimploras con esa agua maravillosa y bebamos, bebamos con amor y reconocimiento, para nunca más tener sed. 

  1. La imagen de esta mujer fue inspiración de un almacén histórico de París: La Samaritaine. Aquí tuvimos una versión criolla “La Samaritana” de la familia Dacaret. Ignoro si sigue funcionando.

Reflexiones Dominicales

Colaboración especial para compartir con los parroquianos y, de paso, con algún sacerdote que pueda sentirse inspirado para su prédica dominical.

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