Autor: Osmar David Gamboa
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En Guatemala, los procesos electorales suelen repetirse como un ciclo de promesas, mítines y estrategias que desaparecen tras las votaciones. La baja participación ciudadana, evidencia una crisis de representación y legitimidad. Más allá de la corrupción, la débil conexión entre partidos políticos y ciudadanía, erosiona la confianza en el sistema democrático.
En Guatemala los procesos de elección popular suelen ser un dejá vu para los ciudadanos guatemaltecos, presenciando el regreso de la clase política a las calles en busca del voto de los electores, que les permite mantenerse en sus puestos u optar por uno nuevo. La campaña trae consigo muchos mítines, regalos y sobre todo promesas que se esfuman una vez acabado el proceso.
Si bien las dinámicas antes descritas no son exclusivas de nuestro país, la manera en la que se ejecutan tiene relación con el trabajo de campaña de los partidos que participan en la contienda de los diferentes cargos a elección popular. Este compendio de interacciones entre clase política y ciudadanía es considerado un proceso democrático que como República, se ha practicado casi de manera ininterrumpida desde 1986.
La palabra “democracia” según una de las definiciones presentadas por la Real Academia Española, es la “participación de todos los miembros de un grupo o de una asociación en la toma de decisiones”. Dicho concepto tiene una particularidad en su trasfondo: todos los miembros o integrantes participan en la toma de decisiones, traducido a un ámbito político, todos los ciudadanos tenemos la posibilidad de elegir y de ser electos.
A pesar de la claridad en la definición de democracia, ¿por qué en Guatemala hay un porcentaje de abstencionismo al momento de decidir?
Partiendo del enfoque de elección presidencial, durante la primera vuelta electoral el Tribunal Supremo Electoral –TSE–, reportó una participación de más del 60% del padrón electoral, integrado por más de 9 millones de guatemaltecos, mientras que para la segunda vuelta de elección presidencial, la participación se redujo a un 45.1%. El TSE reporta un ligero aumento en comparación al proceso electoral del año 2019, no obstante, sigue considerándose un porcentaje bajo en comparación a otros países de la región.
El abstencionismo no solo es producto de una clase política corrupta que generaliza la perspectiva de la ciudadanía hacia la política y todo lo relacionado a la misma, también proviene del poco trabajo de campo y acercamiento de los partidos políticos con la sociedad.
Los partidos políticos en Guatemala funcionan como vehículos electorales que permiten cumplir el objetivo del político: ser electo. Eso explica por qué varios partidos desaparecen luego de una contienda, o el hecho de que algunos candidatos cambien constantemente el partido por el cual presentan alguna candidatura.
¿Cómo se erosiona la democracia?
En el trasfondo de los ejercicios democráticos, los partidos políticos se limitan únicamente a mítines con discursos emotivos llenos de expresiones alusivas al amor por la patria, promesas populistas y un pequeño y limitado acercamiento a la ciudadanía que finaliza con spots de campaña en barrios populares y zonas rurales, dando sensación de cercanía y unidad con el pueblo.
Estas acciones no generan un interés en la ciudadanía en la política, generan un efecto contrario, sin una línea de trabajo que permita conocer de manera clara las necesidades de la población; se presentan ofertas políticas con planes de gobierno escuetos y propuestas poco realistas ante las capacidades estatales, diseñados específicamente para una campaña electoral y no provenientes de un trabajo de investigación prolongada, evidenciando el desconocimiento sobre cómo administrar el Estado.
El nulo reflejo de los valores que dicen ostentar los partidos, con personajes no idóneos, señalados por acciones ilícitas que justifican su inocencia en la inexistencia de procesos legales, en un sistema de justicia corrompido –desde las cortes hasta las autoridades responsables de iniciar investigaciones–, le resta legitimidad al proceso electoral, repercutiendo en la democracia.
La democracia no solo debe encasillarse en el proceso de elegir y ser electo; incluye la legitimidad de un candidato en su elección. Una participación ciudadana reducida en las contiendas electorales, es la expresión de un pueblo que rechaza la política como un elemento que debería ser cotidiano.
Aunque los procesos sean exitosos en cuanto a su ejecución dentro del marco legal, la ciudadanía sigue sin sentirse representada por sus autoridades, surgiendo así una visión de democracia frágil, no por sus instituciones, si no por el rechazo generalizado hacia quienes pretenden llegar al poder.







