Oscar Clemente Marroquín

ocmarroq@lahora.gt

28 de diciembre de 1949. Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, Periodista y columnista de opinión con más de cincuenta años de ejercicio habiéndome iniciado en La Hora Dominical. Enemigo por herencia de toda forma de dictadura y ahora comprometido para luchar contra la dictadura de la corrupción que empobrece y lastima a los guatemaltecos más necesitados, con el deseo de heredar un país distinto a mis 15 nietos.

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Elon Musk, nacido y educado en Sudáfrica para luego viajar y adquirir las ciudadanías canadiense y norteamericana, es uno de los hombres más ricos del mundo y, hoy en día, es una de las personalidades que más miradas atraen, luego de la decisión que tuvo de comprar Twitter, la influyente y masiva red social que comunica a millones de personas a lo largo y ancho del mundo.

Para Musk, esa empresa está resultando el juguete más caro de la historia pero, además, el más peligroso que alguien pueda tener, puesto que sus primeras medidas al frente de la empresa han demostrado que trata de incrementar su propia influencia mediante la utilización a su antojo de esa formidable plataforma.

Una de las preocupaciones en el mundo actual es el tema de la polarización y la desinformación que genera ese constante enfrentamiento entre polos opuestos que no dudan en recurrir a cualquier teoría de conspiración para aumentar la controversia y sembrar dudas, aún en gente que presume de ser inteligente y bien formada, pero que abrazan con todo vigor y entusiasmo cualquier patraña que se difunda. Uno de los problemas más serios de la democracia en esta era moderna está en la imposibilidad de generar acuerdos sociales sin los cuales no puede funcionar.

Y esas redes sociales han sido hábilmente utilizadas por extremistas para propagar teorías de odio, confrontación y descalificación, porque en las mismas se puede decir cualquier cosa sin necesidad de probarlo. Los medios informativos tienen en juego su credibilidad si se dedican a ser propagandistas, pero en cualquiera de las redes no existen mecanismos de control y verificación de lo que se publica. Por ello es que alrededor del mundo florece y prospera esa polarización que tanto sirve a determinados intereses que están trabajando, arduamente, para la destrucción de cualquier vestigio democrático porque saben que en medio del odio y la confrontación, ellos pueden llevar abundante agua a sus molinos.

No quiero partir del prejuicio de que habiéndose formado en la Sudáfrica del Apartheid, Elon Musk siga pensando como lo hacían en ese tiempo y como lo hicieron por muchos años sus ancestros. Pero no puede contenerse para abrir su nuevo juguete aún a personalidades funestas y peligrosas que habían sido expulsadas del Twitter por faltar a la verdad y propagar mentiras que apuntan a destruir aún los más firmes y sólidos sistemas democráticos del mundo.

Nadie, absolutamente nadie, puede frenar lo que se quiera decir en las redes sociales y sin duda que si ya hoy estamos en duras condiciones, lo que se puede esperar es mucho peor porque lejos de intentar mecanismos de control, como cuando se le cerró la cuenta a Trump, ahora desde la cabeza misma no solo se alienta esa actitud sino que se promueve.

El dinero puede servir para comprar casi cualquier cosa, pero un juguete como las redes sociales se convierte en algo sumamente peligroso para la misma humanidad si cae en las manos equivocadas.

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