Oscar Clemente Marroquín

ocmarroq@lahora.gt

28 de diciembre de 1949. Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, Periodista y columnista de opinión con más de cincuenta años de ejercicio habiéndome iniciado en La Hora Dominical. Enemigo por herencia de toda forma de dictadura y ahora comprometido para luchar contra la dictadura de la corrupción que empobrece y lastima a los guatemaltecos más necesitados, con el deseo de heredar un país distinto a mis 15 nietos.

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Hemos documentado cómo fue tras una reunión con Giammattei y Silvia Patricia Valdés que Consuelo Porras salió de la Casa Presidencial para dirigirse a la FECI en donde se plantó varios días escarbando expedientes porque quien entonces era su gran “amigo”, Alejandro Giammattei, estaba con mal de camioneta porque supo de tres investigaciones que había en su contra. Y conforme se fue demostrando que era cierto que estaban tras la pista de hechos que salpicaban al mandatario y a quien en este gobierno juega el papel de la Baldetti. Consuelo no dudó ni un segundo en cumplirle a su “amigo” y se tiró al agua destituyendo a un Sandoval que no iba a renunciar ni aunque le estuvieran haciendo la vida imposible.

Esa realidad la sabe todo el mundo por lo que la declaración de ayer de Giammattei no sólo sonó a hipocresía sino que mostró que para él no existe el concepto de lealtad. Simplemente la tiró bajo el bus y luego dijo que él no tenía nada que ver, que “el Gobierno de la República ha sido totalmente claro al decir que no intervenimos en los asuntos de la justicia y la manera en que se maneja el Ministerio Público es algo que lo debe responder la Señora Fiscal General y no el Presidente del país, porque yo no tengo ninguna injerencia en ese caso”.

El presidente siempre encontró Consuelo, en sus horas de mayor angustia, en la Fiscal General quien ahora se queda, como decía aquella vieja canción española sobre Fonseca, “triste y sola, triste y llorosa” porque ella si que no encuentra Consuelo en su “amigo”. La pérdida de confianza que manifestó Estados Unidos a la Fiscal General, en términos de que ella no tiene real compromiso en la lucha contra la corrupción solo fue, según Giammattei, un sopapo a la vieja abogada que ahora hasta tiene que explicar cómo es que pudo hacer una tesis tan igual a la de otro colega. El tono, sin embargo, no fue el del gobernante altanero que manda al chorizo cualquier crítica. Muy recatadito dijo que Estados Unidos no le ha enviado ningún mensaje a su gobierno y que, en todo caso, el trancazo era para Consuelo Porras y que ella debe ver cómo sale del lío en que se metió.

Por supuesto que Consuelo Porras ya es grandecita como para saber lo que hacía y si tiene tanta experiencia como la que ella pregona tener, por supuesto que debió calibrar previamente la peculiar personalidad de su amigo. Confió en que, si mucho, vendría un chaparrón que pasarían juntos los dos amigos que quedarían no sólo librados de esa molestia permanente que era Sandoval al frente de la FECI, sino que fortalecidos como los adalides del poderoso Pacto de Corruptos que parecía no tener ya obstáculos por delante.

Pero del plato a la boca se cae la sopa y un sopapo de Estados Unidos vino a cambiarlo todo. Si a ello sumamos la indignación ciudadana que está encontrando tanto eco y el llamado mesurado pero muy firme que hace Martín Toc en nombre de los que no han tenido voz, el panorama ofrece nuevas perspectivas.

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