Mario Alberto Carrera

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Premio Nacional de Literatura 1999. Quetzal de Oro. Subdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua. Miembro correspondiente de la Real Academia Española. Profesor jubilado de la Facultad de Humanidades USAC y ex director de su Departamento de Letras. Ex director de la Casa de la Cultura de la USAC. Condecorado con la Orden de Isabel La Católica. Ex columnista de La Nación, El Gráfico, Siglo XXI y Crónica de la que fue miembro de su consejo editorial, primera época. Ex director del suplemento cultural de La Hora y de La Nación. Ex embajador de Guatemala en Italia, Grecia y Colombia. Ha publicado más de 25 libros en México, Colombia, Guatemala y Costa Rica.

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Mario Alberto Carrera

Azorín le comunica a su lector imaginario que escribirá. ¿Qué escribirá Azorín? Azorín intentará, a los treintitantos, escribir como un pequeño filósofo. Escribir como si fuera un niño que reflexiona.

¿Usted cree lector que los niños no reflexionan? Muy mal los conoce si piensa que eso no es sí. Muy lejos quedará ya su infancia o muy poco observa a sus hijos. Ni Azorín ni yo hemos sido padres (si lo fui lo he olvidado) pero conocemos muy bien a los niños, porque jamás hemos dejado de serlo. Vivo se conserva dentro de nosotros el niño que fuimos. Vivo, doliente, lloroso, sonriente, reflexivo.

Pero yo creo que el asunto debe plantearse así: no es tanto que uno recuerde muy bien su infancia, lo que ocurre es que un niño vive dentro de nosotros que nunca murió, que no ha muerto, que está vivísimo y que torna a jugar, a llorar y a reír dentro de nosotros. Tampoco es, como se ha dicho, que algunos no dejamos de ser nunca niños. Eso suena a bobería. Eso no es así. Dejamos de ser niños porque nos convertimos en adultos, pero el adulto tiene en sí,  es en sí, en alguna parte de su corazón, el niño que fue y que continúa vivo.

A los treintitantos Azorín dice: ¡escribiré!, a usted lector –como niño- e intentará transferirle lo más frescos -y sin tamizar ni colar ni filtrar- sus pensamientos, sus filosofías infantiles, lo que pensó la primera vez que tomó conciencia del sexo, del amor y sobre todo de la muerte. Y entonces: ¡escribiré!

Azorín joven y Azorín viejo no se diferencian. Son iguales. Azorín escritor no hace más que darle forma artística (cosa que viene con la madurez) a sus terrores, a su dolor, a sus dudas infantiles. Azorín quiere comunicarle a su destinatario, a su lector, a su narratario algo muy importante: que los niños piensan, que los niños sufren, que los niños trasudan el terror y el temblor de que nos habla Kierkegaard, mucho antes de saber Filosofía. Y que tales angustias son como sello indeleble tras el que se torna y se torna –como grabación martillante- que se vuelve a oír con horror y con placer a la vez.

Por eso Azorín usa a veces el presente –al narrar- aun cuando está contando acciones de un ayer muy, pero muy viejo. En la medida que es más viejo, más presente es en el numen de Azorín por contradictorio que parezca. Ese presente, que debería ser pasado, por lógica, en los hechos de la narración, significa (cuando se atreve a desafiar así a la razón y acaso a la crítica del lector) que ese presente tiene un gran sentido, un gran valor y una gran significación. Azorín podría ¡perfectamente!, narrar como casi todo el mundo en pasado y decir: yo, cuando tenía siete años, iba por las calles de mi pueblo. En vez de: yo tengo siete años y voy por las calles de mi pueblo. ¿Por qué hace esto José Martínez Ruiz? Aunque sólo lo realiza muy de tarde en tarde, con prevención, acaso casi con miedo de la severa crítica del lector que acaso no lo entienda. Lo hace para demostrar que el niño Azorín, que el pequeño Azorín -y sus reflexiones de pequeño filósofo- son las mismas y acaso más valiosas que las de Azorín viejo, que las de Azorín celebridad del 98, que las de Azorín, uno de los escritores más notables y de mejor estilo de la Europa del siglo XX.

Azorín y yo nos hemos conocido mucho. No sé en qué dimensión, acaso en una dimensión sideral que es la de los libros, porque en todo libro hay magia, hay ángel y duende como decía Lorca. Cuando se hacen con garra y con dolor. Y yo, como Azorín, ¡escribiré!, publicaré en el diario que vivísimo se encuentra en mi corazón.

“Confesiones de un pequeño filósofo”, mi misal, mi libro de horas, mi divino horarium y también el satánico catecismo con el que he visto el bien y el mal desde la óptica anterior al pecado original.

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