Mario Alberto Carrera

marioalbertocarrera@gmail.com

Premio Nacional de Literatura 1999. Quetzal de Oro. Subdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua. Miembro correspondiente de la Real Academia Española. Profesor jubilado de la Facultad de Humanidades USAC y ex director de su Departamento de Letras. Ex director de la Casa de la Cultura de la USAC. Condecorado con la Orden de Isabel La Católica. Ex columnista de La Nación, El Gráfico, Siglo XXI y Crónica de la que fue miembro de su consejo editorial, primera época. Ex director del suplemento cultural de La Hora y de La Nación. Ex embajador de Guatemala en Italia, Grecia y Colombia. Ha publicado más de 25 libros en México, Colombia, Guatemala y Costa Rica.

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Mario Alberto Carrera

Tras la apabullante y estremecedora caída de Elena y Nicolás Ceausescu yo vuelvo a leer las ahora ya viejas crónicas que, a mi retorno de ese país un tanto “exótico” para nosotros, aunque de lengua neolatina o románica como la nuestra, escribí y publiqué por 1981, durante varios meses, acaso con peligro de aburrir a los lectores -por lo vastas- pues aquel cronicón, de matrices políticas, se convirtió en una novela sobre Rumanía (por entregas como las de Dickens o Milla y que nunca he publicado en libro) ingente o tal vez desmesuradas debido a que bajo la dictadura de Romeo Lucas permanecíamos tan dilatadas temporadas bajo Estado de Sitio, que no se podía escribir nada relativamente por la libre y las crónicas de mis viajes eran no sólo apetecidas y premiadas sino que me sacaban del conflicto o dilema de escribir o no escribir en un país totalmente sometido al látigo luquista. Y así y en este caso, escribía sobe Ceausescu y su país a contrapunto con el nuestro.

Dos dictadores: Ceausescu y Lucas García, dos países: Rumanía y Guatemala poseídas por los sátrapas. Y un contrapunteado inventado por mí para narrar.

En el nuestro -por aquellos días grises y silentes- el general Romeo, quemador de embajadas y asador de diplomáticos españoles, bajo cuyo trastabillante discurso por televisión (pero no tan frecuente como el de Ríos, rey del genocidio) el país temblaba en un solo cuerpo frío de amenazas. En la Rumanía del conde Drácula: Nicolás Ceausescu, más diabólico y provocador de terror que el conde de Transilvania.

Como he comenzado a decir -por la particular situación guatemalteca de aquellos días dolientes- yo narraba a los guatemaltecos ¡cómo!, Nicolás y su esposa Elena, al igual que Stalin, Fidel Castro, Manuel Estrada Cabrera o Porfirio Díaz ejercían el poder total y un terrorismo de Estado colosal, disfrazado de un cierto bienestar económico y del derecho al trabajo -para todo el mundo- que hacía que nuestra habitación en el Hotel-hospital fuese ordenado y aseado por seis mujeres todas gordas pero mal alimentadas. Había que darles trabajo ¡a todos!

Muchos años han pasado, repito, desde que pude presenciar la pompa, la magnificencia, la suntuosidad de Elena y Nicolás a quienes veía –arrogantes y petulantes– en fotografías, en todos los escaparates de oficinas y tiendas o librerías presidiendo la compra o la gestión burocrática y no digamos en las paredes de todo gran despacho como si fueran los descendientes del mismo rey Miguel de Rumanía. Elena y Nicolás reyes no por derecho divino sino por maromas que supieron hacer –entre las huestes del proletariado rumano– para convertirse en príncipes de la dictadura de los obreros.

Tiempo ha transcurrido desde que un jet de British nos dejó una friísima tarde invernal en el aeropuerto Otopeni de Bucarest. En Rumanía las cosas cambiaron violentamente. Elena y Nicolás fueron ejecutados sin juicio y violados en su dignidad. Vituperados por el batón de su misma dictadura. ¿Pero aquí en Guatemala? ¿Qué ha pasado entretanto? Los muertos siguen cayendo derribados por la inequidad ambiente. Y el hambre no amaina sino que prolifera más que antes y la dictadura se hace por turnos. La dictadura de Romeo Lucas ha derivado en distintos esperpentos a ratos eufemistas, pero en el fondo tan violenta y ominosa –como antes– disfrazada de “Estado de Derecho” e “institucionalidad”. Disfraces tan falsos y de pacotilla como quienes los cortan y cosen en la trastienda de la oligarpilla siempre limpia, fina y de oropel.

Vienen a mi mente y pienso en Elena y Nicolás Ceausescu que, en Bucarest, me observan desde las vitrinas; y en Luis Capeto ¡el ciudadano Capeto! Y me digo aquello es Europa y sus autócratas. Esta es la dictadura de Xibalbá, el inframundo de los Kamek que se llaman Ríos-Kamek o Lucas Kamek. No importa si es 1981 o 2021. 40 años no son nada en el inframundo.

Un avión de British Airways me abre su puerta en Otopeni. Nada ha cambiado.

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