Las palabras de Luther King que cito al principio de la columna anterior, son expresadas así en el texto original: “I have a dream that one day this nation will rise up, live out the true meaning of its creed”. Esta frase contiene dos implicaciones interesantes; al decir “will rise up” está dando a entender que se está en lo bajo y que se tiene que subir, de ahí la expresión de que “se elevará”. Por otra parte habla de “true meaning” siendo que, a contrario sentido, puede haber “wrong meanings”. Claro, el doctor King lo proyecta desde su perspectiva como gran promotor de los derechos humanos y en esos años muy turbulentos en que se agitaban las revueltas por toda la Nación, en especial en los Estados del Sur.
En su discurso reclamaba que se debía garantizar a todas las personas (blancos, negros, latinos, etc.) los derechos “inalienables” de “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Con esa proclama vamos descubriendo las claves sobre lo que ha hecho grande a los Estados Unidos. Para empezar, la garantía del derecho a “la vida” es obvia, ya que sin vida no tiene sentido ninguna otra garantía. Pero se consagran otros dos derechos que se desprenden de esa experiencia vivencial, sin los cuales la vida no tendría sentido. Esos dos derechos se consagran como verdades evidentes (en el texto original dice “self evident”), verdades obvias, derechos inalienables: la libertad y la búsqueda de la felicidad. El concepto de “felicidad” tiene ribetes subjetivos, depende de cada persona; para unos es la vida tranquila, para otros la emoción de los negocios, la caridad con el prójimo, el goce de las artes liberales, la convivencia familiar, etc. Lo que se pretende es que esa libertad facilite que cada quien logre materializar sus esperanzas.
Desde ese año, 1776, los Estados Unidos se consolidaron como el hogar de los hombres libres, entendido este concepto como el lugar donde se puede trabajar sin sufrir los controles abusivos de un gobierno autoritario, donde se premie el esfuerzo, diligencia, inteligencia, suerte si se quiere. Donde no se aplican impuestos injustificados ni confiscatorios. Con ese oxígeno revitalizador los pobladores extienden sus alas y emprenden el vuelo; explotan todas sus energías e imaginación. Repitiendo a Whitman: «De hoy en adelante no pido ya buena fortuna, yo mismo soy la buena fortuna…» “Yo mismo”, no el Estado. Que los hombres sean “libres” significa que su accionar no depende de la voluntad de otro, ni del Estado (más bien de la voluntad de los políticos que acceden a puestos públicos). En su autobiografía, 1821, Jefferson escribió: “Si desde Washington dijéramos cuándo sembrar y cuándo cosechar, pronto nos faltaría pan”.
En un ambiente de libertad pueden los humanos desarrollar sus facultades y su fuerza. Ello conlleva a otro derecho fundamental: la propiedad, aquella que resulte de los esfuerzos realizados. Sólo la garantía de la propiedad hace posible la independencia del individuo. Vida, libertad y propiedad forman la cadena que eleva al éxito y esa cadena será tan fuerte como lo sea cada uno de esos eslabones.
En la Constitución de los Estados Unidos se contempla al Estado en una función estructural, institucional. No se puede negar que el Estado es una realidad como convergencia de todos los intereses comunales; hasta cierto punto es inevitable para que cumpla su función. Pero nada más. Por lo mismo, la referida constitución se ocupa en limitar el poder del gobierno central frente a los ciudadanos y los gobiernos estatales. Los representantes de las 13 colonias, reunidos en Filadelfia, conscientes del absolutismo británico –del que tuvieron que librarse con sangrientas batallas–, exigente y centralista (a pesar de que su sede estaba a un océano de distancia), querían consagrar los derechos individuales siendo que el gobierno era la mayor amenaza al ejercicio de esos derechos. Inspirados por ese mismo principio de limitación al gobierno, pocos años después, en 1791 se aprobó lo que se conoce como “Bill of Rights”, que son las primeras 10 enmiendas en las que se recalca el principio de lo que no puede hacer el gobierno. Estas limitaciones protegen a los ciudadanos de la intromisión estatal, glorificando las libertades básicas como la de expresión, religión y el derecho a un juicio justo. En todo caso, los Padres Fundadores temían que al escribir una lista de derechos, el gobierno asumiera que cualquier derecho no mencionado no existía o podía ser vulnerado. Se reconocen los derechos naturales e inherentes a la persona, en otras palabras el Estado no “otorga”, el Estado “reconoce” esos derechos intrínsecos.
Pero, en tiempos modernos hemos tomado el camino contrario. Remando contra corriente, en vez de poner límites al Estado le asignamos más funciones. De esta forma le hemos atribuido al Estado las funciones más variopintas, empezando por un papel paternalista, protector, protagonista. Ha pasado a ser nivelador social, agente redistribuidor, planificador de actividades, etc. También hemos tenido que nuestro Estado se las ha dado de empresario: telefonía (Guatel), aviación (Aviateca), transporte marítimo (Flomerca), banca CHN, Banrural, el propio Banguat; vivienda INVI, Banvi, electricidad INDE; ferrocarriles Fegua; finanzas, FHA, Corfina. Ello sin mencionar los innumerables “fondos” o “fideicomisos” que se crean, sin mayor fiscalización. Son demasiados y poco funcionales. En otros países el Estado se ha constituido también en gran empresario de petróleo, Yacimientos Petrolíferos Fiscales (Argentina), Pemex (México), PDVSA (Venezuela), todos ellos deficitarios. En otra ocasión ampliaré sobre este tema, por el momento digo que esas funciones adicionales del Estado las ejercen personas individuales nombradas por el poder político, escogidas por su sumisión al gobernante y no por sus méritos políticos. Ya quisiera ver a una gran empresa de cemento, de cervezas, de pollo, de finanzas, que escogieran “a dedo” a quienes son cuates o parientes. Claro que no. Escogen, con muchos filtros, a las personas más calificadas. Por otra parte, al absorber el Estado funciones empresariales interfieren en el libre juego del mercado, compiten con ventaja desleal y restan oportunidades a los emprendedores. Como digo, en otra ocasión me extenderé sobre este tema, de momento regreso a la Constitución norteamericana que se redactó con la mirada fija en el tema de poner límites al mismo gobierno que ellos estaban configurando.
En un ambiente libre los ciudadanos se expanden, prosperan. Cada quien según su capacidad y esfuerzo. Me viene a la mente un pasaje del libro “El paso de Mitla” (Leon Uris) donde el abuelo que vino huyendo de un “pogrom” en Ucrania tiene éxito en Illinois y con grandes esfuerzos logra traer a dos sobrinos, también de Kiev. Siendo anciano, los sobrinos ya instalados y residentes, le preguntan: “¿Abuelo, qué nos vas a dejar de herencia?” y él responde: “¿Qué más quieren? Les dejo como herencia a los Estados Unidos”. En otras palabras allí lo tienen, trabajen, dedíquense, usen la imaginación que el cielo es el límite en esta tierra de promisión. (Continúa).







