Luis Fernandez Molina

luisfer@ufm.edu

Estudios Arquitectura, Universidad de San Carlos. 1971 a 1973. Egresado Universidad Francisco Marroquín, como Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales (1979). Estudios de Maestría de Derecho Constitucional, Universidad Francisco Marroquín. Bufete Profesional Particular 1980 a la fecha. Magistrado Corte Suprema de Justicia 2004 a 2009, presidente de la Cámara de Amparos. Autor de Manual del Pequeño Contribuyente (1994), y Guía Legal del Empresario (2012) y, entre otros. Columnista del Diario La Hora, de 2001 a la fecha.

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Como inmersión en el tema traigo a colación las palabras que el eterno rector de Salamanca expresó a Enrique Gómez Carrillo en una entrevista que le hizo allá por 1910. Hago propias las ideas que recogió el prosista guatemalteco y que literalmente comparto: “En España apenas se afirma nada. Parece que luchan entre sí republicanos y monárquicos, y si bien se mira, no hay ni de unos ni de otros; no hay más que antirrepublicanos y antimonárquicos y no crea usted que voy a dar en una de esas paradojas o, peor aún, juegos de palabras de que sin razón se me acusa; no. Los republicanos maldita la fe que tienen en la república, ni idea clara de lo que harán cuando la traigan, si la traen –que muchos de ellos lo temen– lo único que saben es que la monarquía es pésima y quieren derribarla; son pues, antimonárquicos y no republicanos, y los monárquicos, a su vez son los primeros en juzgar severísimamente a la monarquía y no querer sostenerla sino por miedo a lo que hubiera de sucederla, por miedo a la república y a sus hombres; son, pues, antirrepublicanos y no monárquicos y en medio de esto lo que en España crece y se robustece es de un lado el sentido radical y como resistencia a él, el reaccionario; son ansias de radicalismo lo que se siente y no me meto a definir lo que el radicalismo sea, porque lo sentimos muy bien todos. Y lo que falta es quien reúna a esa juventud, y fuera de republicanos y monárquicos y de todas las diferencias puramente políticas, económicas o literarias, les haga comulgar en radicalismo y les muestre una acción social que vivifique nuestro arte, nuestra ciencia, nuestras letras, nuestra vida espiritual toda”. 

Las reflexiones de Unamuno se refieren, cierto es, a un momento histórico de España, en que se resignaban impotentes a contemplar cómo se desmoronaba el otrora gran Imperio Español (donde el sol nunca se ponía), con la pérdida de las Filipinas y la entrañable Cuba a manos del “imperialismo” estadounidense, y en la propia Península se desataban los mismos fanatismos de siempre en enconados debates con asomos de violencia. Pero las palabras de don Miguel tienen una validez que trasciende esa coyuntura española. Son verdades que van más allá, que aplican en todas las disyuntivas sociales y políticas. Pinta un escenario en el que el telón de fondo es siempre el mismo. Lo único que van cambiando son los actores, las vestimentas, las tecnologías y, claro está, las armas con que se enfrentan. Es la misma rueda histórica que no deja de girar; es el péndulo de movimiento infinito que no cesa en su vaivén de un lado a otro.

En otras palabras, dice Unamuno que los fanáticos no conocen bien la causa por la cual se desviven. Para adaptarlo a tiempos actuales y a nuestros países, solo debemos cambiar las etiquetas de los activistas. Donde dice “monárquicos” podemos leer “conservadores” y en “republicanos” vemos “liberales”. Pero las etiquetas abundan: “comunistas”, “fascistas, “derechistas”, “zurdos”, “neonazis”, “racistas”, “socialistas, “feministas”, “ambientalistas”, “imperialistas”, etc. y, por supuesto, para descubrir su versión opuesta basta con anteponer a cada membrete la preposición “anti”, por ejemplo, la más común: “anticomunista” o “antiimperialista”.

Anticipó Unamuno el desgarrador enfrentamiento que estallaría en su país apenas 20 años después: la Guerra Civil Española. Millones de afectados y muertos en la que, milicianos del lado republicano, morían por un ideal abstracto, humanitario sí, pero poco realista. La propaganda inundaba las mentes de los combatientes, quienes aspiraban “el gobierno del proletariado”, “el paraíso de los trabajadores”. «Lástima que ninguno se lo fue a preguntar a Stalin que en esos tres años de la guerra estaba muy ocupado desmantelando las granjas privadas en Rusia, especialmente en Ucrania y condenando de hambre mortal a más de 7 millones de personas. Realmente gran número de los rojos no eran comunistas”, eran “antifascistas”; odiaban al sistema imperante que consideraban corrupto y materialista. Los del bando contrario, los nacionalistas, peleaban por una monarquía (que debió esperar 40 años para volverse a instalar) sin estar plenamente convencidos de las virtudes de ese sistema que hasta hoy día se cuestiona. Realmente no eran monárquicos, eran “anticomunistas”; odiaban a los “rogelios” a quienes consideraban anticristianos y ateos.

Al igual que en la España de Unamuno, en Guatemala llevamos casi un siglo de sufrir un desgastante enfrentamiento: por un lado, los anticomunistas, siempre al acecho de las manipulaciones de los “zurdos”. Por el otro lado, hay activistas que difícilmente podrían definir lo que realmente es “el comunismo” pero defienden rabiosamente sus postulados sin entenderlos bien y, menos aún, sin profundizar en la naturaleza humana de los que habrían de constituirse en sus líderes. Hoy día que, no hay país realmente comunista en el mundo (Rusia, China, Corea del Norte, Viet Nam, Cuba….. ¡por favor!), y a pesar de ello en Guatemala recrudece la retórica del anticomunismo. Por lo mismo, siguiendo al maestro Unamuno, los llamados comunistas eran realmente “antisistema”: un rechazo a la corrupción de los zares, a la Cuba de Batista o a la Nicaragua de Somoza. Esos que fueron combatientes (“guerrilleros”), ¿tenían realmente conocimiento de lo que es un sistema comunista? Su causa última, por la que muchos arriesgaban la vida, era derrocar a los citados dictadores, deseo condimentado con grandes dosis de rencor y muchas libras de un idealismo humanitario (bien intencionado pero ingenuo). (Continuará).

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