La geopolítica explica la política exterior de las naciones-estado a partir de la geografía. En consecuencia, si deseamos analizar lo que es la política exterior de Estados Unidos (así como la política de su Secretaría de la Guerra) una primera cuestión a constatar es que, si de geografía se trata, la primera pregunta que viene a la mente de cualquier persona es ¿qué tiene que hacer Estados Unidos en el Golfo Pérsico en guerra contra Irán; en el océano Índico desplegando su poderío naval para imponer un bloqueo a todo buque tanque que transporte petróleo iraní; en Asia oriental enfrentando a una China que ya es la primera potencia económica del mundo o en Ucrania en contienda bélica contra Rusia? Si el territorio norteamericano está perfectamente resguardado por dos grandes océanos y tanto por el norte como por el sur carece de enemigos, si jamás ha sido invadido y si nunca han sufrido un bombardeo de sus ciudades (como la destrucción desde el aire que ahora están sufriendo en Irán): ¿qué tienen que hacer los Estados Unidos en espacios geográficos tan alejados de su territorio continental? ¿acaso existe alguna amenaza para ellos proveniente de países como Irán, China o Rusia? Irán no tiene armas nucleares ni vectores intercontinentales para lanzarlas, China y Rusia sí, pero ahora mismo estas potencias no se encuentran en guerra directa con Estados Unidos, entonces: ¿por qué tratar de expandir la OTAN en detrimento de los legítimos intereses de seguridad de Moscú? ¿qué hace el Pentágono tratando de bloquear la libre circulación de los buques que llevan petróleo a China? ¿Son decisiones exclusivas de Trump y su entorno en la Casa Blanca?
La respuesta nos obliga a remontarnos al hecho que los principales vencedores de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética y Estados Unidos establecieron el sistema bipolar y eso dio lugar a la transformación imperial de la república norteamericana –aunque hay que reconocer que la fundación de Naciones Unidas es principalmente atribuible a la visión de ese gran estadista que fue Franklin D. Roosevelt– resultado de lo cual, con el fin de la Guerra Fría, la búsqueda de la supremacía mundial se convirtió en un objetivo declarado del complejo militar industrial (como lo dijo Eisenhower antes de entregar el mando a Kennedy que fue asesinado por oponerse a invadir Cuba y a la guerra de Vietnam) algo que se puede comprobar en el famoso libro de Brzezinski sobre el gran tablero mundial publicado en 1997, los documentos de la Brookings Institution del 2009 (Which Path to Persia? Options for a New American Strategy toward Iran) así como el de la Rand Corporation del 2019 (Overextending and Unbalancing Russia) porque ambos describen con asombrosa (y cínica) claridad lo que se proponían hacer para destruir y desmembrar a esos dos supuestos “enemigos” del Imperio en acciones similares a las que se emplearon para terminar con la federación de Yugoslavia en la década de los 90, fragmentándola en seis miniestados independientes: Croacia, Serbia, Montenegro, Bosnia Herzegovina, Macedonia, Eslovenia y el no reconocido Kosovo, cuya población mayoritaria es de albaneses.
Por supuesto, los antecedentes de esta gran visión geopolítica imperial se encuentran en Mackinder y sus ideas decimonónicas sobre el “heartland” euroasiático cuando el imperio marítimo británico competía con el imperio zarista –un imperio esencialmente terrestre como que su expansión se hizo a lo largo de las grandes extensiones de la taiga siberiana hasta llegar al océano Pacífico– y los británicos disputaban a Rusia, subiendo desde la India, el control del centro de la milenaria ruta de la seda. O bien, dicho en otras palabras, como dice el analista militar Brian Berletic en entrevista reciente con el noruego Glenn Diesen, la proyección del poder americano estaba planeada desde que se produjo el momento unipolar a raíz de la caída del muro de Berlín y del fin de la Guerra Fría a principios de la década de los 90 del siglo pasado. Que hasta la fecha no les haya dado los resultados esperados y tenga a Washington sobreextendido (lo que se proponían hacer con Rusia según el documento de la Rand) y exhaustos es otro tema, pero lo cierto es que el golpe del 2014 en Ucrania, que condujo al estallido de una guerra abierta en el 2022 debido al fracaso de los acuerdos de Minsk (cuyo propósito real era dar tiempo para el rearme de Ucrania como admitió Angela Merkel) en una confrontación con el Kremlin que, a pesar del intento de poner fin a la guerra que hizo Trump en Alaska se prosigue en detrimento de la Casa Blanca.
Y lo mismo puede decirse de la guerra contra Irán, destinada a cambiar un régimen que resiste hasta el momento a pesar del asesinato de su principal autoridad religiosa –con su familia y cientos de niñas escolares incluidas el primer día de la agresión, pues es algo que estaba planeado en el documento de la Brookings y el general Wesley Clark lo dijo con toda claridad a principios de siglo cuando ubicó a Irán como uno de los “siete enemigos” que fueron objeto de intervenciones militares junto Libia, Sudán, Somalia, Irak, Líbano y Siria. Así se explica que Berletic le diga a Diesen que lamenta no haber estado equivocado cuando afirmó que las promesas de campaña de Trump de acabar con las “guerras eternas” de Estados Unidos se iban a quedar en eso, pues era evidente que la narrativa geopolítica Mackinder/Brzezinski (Brookings/Rand) prevalecería sobre cualquier elucubración destinada a ganar votos.
¿Implica lo anterior que no quepa hacerse ninguna “ilusión” respecto a cambios significativos en la política exterior de Estados Unidos si los demócratas ganan las elecciones de medio término en noviembre próximo? ¿Las mismas políticas, sin variante alguna, habrían sido aplicadas si Kamala Harris hubiese sido electa en lugar de Trump? Ciertamente no, porque aquí entra en juego el papel que juegan los individuos –el human agency– en la toma de decisiones, porque es indudable que aunque todos los actores humanos tengan que ajustarse a guiones preestablecidos por quienes conducen las políticas tras bambalinas (el deep state o complejo militar industrial) siempre las acciones personales en el marco de la política concreta constituyen factores imprevisibles. Y vaya que Trump ha resultado no solo imprevisible sino, lo que es peor, extremadamente difícil de controlar. Todos los días hace, literalmente, “lo que se le pega la gana” y para muchos “obedece” las indicaciones de Netanyahu porque este “le tiene la cola machucada” –como diríamos en buen chapín– con el affaire de Epstein.
Y en todo esto quienes tienen toda la razón contra Berletic son personalidades académicas como John Mearsheimer o Jeffrey Sachs, sin dejar de mencionar analistas militares como Douglas Macgregor, Daniel Davis o Scott Ritter. Particularmente este último a quien ya mencionamos en nuestro artículo anterior para explicar los exabruptos verbales de Trump cuando amenazó –con vocabulario soez impropio de un jefe de Estado– a Irán con la destrucción de su entera civilización debido a la ira que le produjo una fallida operación de “secuestro” de uranio enriquecido en la que perdieron aviones, helicópteros y personal militar, operación de comando (en la que participó la fuerza Delta, la misma que secuestró a Maduro en Caracas) que fue disfrazada como “operación de rescate” de un militar de alto rango que tripulaba un F-35 derribado sobre territorio iraní.
En síntesis, somos de la opinión que, por supuesto, valdría la pena que se intentara contra Trump desde un impeachment por los demócratas si estos obtienen la mayoría en las dos cámaras del Congreso en noviembre próximo hasta la aplicación de la enmienda 25 si su comportamiento errático continúa. El presidente de los Estados Unidos tiene la prerrogativa de los botones nucleares y ya con ese solo hecho es extremadamente peligroso que continúe al frente de la mayor potencia militar mundial. J.D Vance es, por lo menos, joven y aunque en las negociaciones de Islamabad se mostró particularmente inepto –no tenía, en lo absoluto, facultades para tomar decisiones– esto fue un fenómeno estrictamente coyuntural. Es posible que al frente de la Casa Blanca sea más previsible y ofrezca más confianza tanto a adversarios como enemigos de un Imperio que, precisamente por su decadencia, constituye un riesgo para la humanidad entera.







