El lunes 31 de agosto toqué el tema de desnutrición y su no solución, haciendo una revisión de los últimos cuatro gobiernos, incapaces, inútiles y corruptos. Iniciaba yo con y la triste frase: «Un país que entrega a sus niños desnutridos es un país que no tiene futuro, ni cosechas de qué hablar».
Los lectores reaccionaron de diferente forma al escrito. Los lectores extranjeros se enfocaron en la tristeza de la desnutrición. Jaime Oyarzo de la Universidad de Alcalá, Madrid, España dijo: «Combatir la desnutrición infantil es proteger el futuro intelectual de la sociedad. Dudo que a los poderes fácticos de nuestras sociedades les interese». Hernán Morales de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, USCS, Chile, dijo: «Qué triste lo que describes… como ya avanzando en el siglo 21 aún pueda existir desatención hacia los niños». Los lectores guatemaltecos se enfocaron en el descalabro del gobierno actual.
Ese mismo lunes dije aquí lo que había que decir del expediente de la desnutrición en el país: un país que entrega a sus niños desnutridos no tiene futuro ni cosechas de qué hablar, y la simulación, cuando se trata de un niño que no crece, es la forma más cobarde de la corrupción. No lo repito para gozar el adjetivo. Realmente lo repito porque el expediente sigue abierto y porque esta no es una polémica entre columnistas.
Emilio Matta lo escribió el 26 de agosto. Yo toqué el tema el 31. El archivo, sin embargo, no nació esta semana. Está abierto desde 2017, cuando Matta tradujo al castellano chapín lo que Fernando Mönckeberg había contado en la Revista Chilena de Nutrición en 2003. Gracias, Emilio, por la documentación –sus columnas de 2017 en esta misma página y el artículo original de Chile– porque sin ese hilo esta serie sería otra vez un lamento más.
La ENDESA 2025, esto es la Encuesta Nacional de Desarrollo y Salud en Guatemala. después de una década sin encuesta comparable dice que el 42 por ciento de los menores de cinco años tiene retraso de talla. Casi la mitad de los niños guatemaltecos sufren de desnutrición. En el área rural, es el 48%. En Totonicapán casi del 70%. Huehuetenango, cerca del 60%. Quiché, 56%. En 2014-2015 la ENSMI (Encuesta Nacional de Salud Materno Infantil) midió 46.5% de desnutrición. Cuatro puntos y medio en diez años. La SESAN (Secretaría de Seguridad Alimentaria y Nutricional) reconoce que el ritmo histórico es de 0.4 puntos por año. Haga el lector la cuenta con estos datos oficiales que tenderán a la baja. A eso la erradicación es un asunto de décadas sino más de un siglo.
Hay que decirlo sin fotografía de campaña. La desnutrición crónica no es el niño flaco que se exhibe en la valla. Ese es el de la desnutrición aguda: el que se ve morir y por eso sí interrumpe la agenda. La crónica es el niño bajito, chaparrito decimos en Guatemala. Come. Anda. A veces hasta parece “normal”. Pero no creció. La OMS lo mide así: se compara su talla con la de niños sanos de la misma edad; si quedan dos desviaciones estándar por debajo del promedio, ya no es un asunto de familia, no es bajo por herencia. Su baja estatura es el resultado de la desnutrición. Ese niño no se va a morir esta semana y por eso no interrumpe el discurso. Ese niño no aprenderá a entender lo que lee. No aprende fácilmente. No pasará las pruebas de matemática ni entenderá lo que lee a pesar de la refacción escolar. Las evaluaciones nacionales de graduandos lo confirman hasta el cansancio: nueve de cada diez no alcanzan competencia elemental en matemática; apenas tres de cada diez demuestran que comprenden un texto. Eso no empezó en el aula. Empezó en los mil días, cuando el cerebro pedía proteína, zinc, cero diarreas y una madre que hubiera comido, pero no se le dio. Ya no es problema de formación docente.
Hay otra desnutrición, la aguda, la que sí mata este año. La SESAN revisó 75 muertes de
2025 y encontró fallas de detección o de atención en el 43 por ciento. En 2026 el mapa volvió a marcar Alta Verapaz, Huehuetenango y Petén. Si la aguda no se trata, se vuelve crónica o se vuelve funeral. El Estado trata la aguda como nota al pie del plan de la crónica, y la crónica como nota al pie del discurso.
Colom, Pérez Molina, Morales, Giammattei y Arévalo tuvieron el mismo folder. Giammattei juró que era personal y nos dejó una Cruzada. En los municipios que él priorizó, la línea de 2022 midió 57.2% de desnutrición. Arévalo recibió el país con el 46% fosilizado de la ENSMI y la ENDESA, diez años después, le devolvió 42%. El gobierno prometió bajar diez puntos en cuatro años. La pendiente no da. El presupuesto sí: el POASAN 2027 se asoma a los Q19.792 millones, el más alto de su historia. En «Crecer Sano», el programa, se dieron cien millones de dólares del Banco Mundial para siete departamentos. Tres gobiernos lo vieron pasar. La ejecución se fue a medias. El vencimiento también. ¡Qué vergüenza!
El doctor Mönckeberg, de Chile, lo dijo sin poesía: pobreza, desnutrición y subdesarrollo son un círculo. Si se espera a que el PIB chorree, el chorro llega a una generación ya dañada, sin capacidad de aprendizaje. En los años setenta América Latina creció y el 20 por ciento más pobre no aumentó su ingreso. Chile rompió la correlación. En 1960 tenía 120 muertos por mil nacidos y 37 por ciento de niños desnutridos. En 2002, 9.5 por mil y 3.7 por ciento. Lo hizo con la crisis, con dictadura y con democracia. Lo hizo porque no esperó a ser rico. Lo hizo aun con Pinochet. Aquí, nada de nada, porque los gobernantes o son inútiles, incapaces o corruptos. A veces creo que nuestros gobernantes también son víctimas de la desnutrición crónica y no leen y si leen no entienden lo que leen. ¡Vaya desgracia la nuestra!
Guatemala no tiene gobierno que gobierne. Repito, tiene un simulacro, simulan gobernar un presidente y una vicepresidente. Ambos ausentes. Tristemente tenemos universidades que gradúan nutricionistas mientras Totonicapán tiene el 70% de desnutrición crónica infantil. En mi artículo de lunes pasado nombré a la San Carlos, con su usurpador rector que no sabe deletrear la palabra desnutrición, menos intentará afrontarla con sus decenas de programas de «nutrición». También mencioné a otras universidades ausentes en la lucha contra la desnutrición pero que si hacen dinero con sus programas «científicos» en nutrición a todo nivel: La del Valle, la Galileo, a la Mariano Gálvez, la da Vinci e imagino que las nuevas farsas universitarias, la regional y la Juan José Arévalo de Mazariegos, ya tendrán planes: técnicos, licenciaturas, maestrías, doctorados, y el indicador nacional de desnutrición apenas se movió.
Eso no prueba que toda la academia sea inútil. Prueba que graduar no es lo mismo que servir. Prueba que graduar no tiene que ver con desarrollo. En la siguiente entrega voy a separar a las universidades que midieron talla, formaron personal de puesto de salud o produjeron vigilancia comunitaria, de las que convirtieron la nutrición en catálogo de posgrados para aumentar sus ganancias a costas de los niños desnutridos guatemaltecos.







