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Durante años la escuela enseña el ciclo del agua como si fuéramos espectadores. Nube, lluvia, río, mar, otra vez nube. Nadie contaminaba. Nadie desviaba un cauce. Nadie perforaba un acuífero sin registro. Esta representación escolar era el ciclo del paraíso: un dibujo escolar que olvidaba las aguas subterráneas y, sobre todo, nuestra responsabilidad. De la misma forma en que la escuela hace que los niños memoricen las fases del agua: líquida, sólida y gaseosa sin entender qué hace que cada fase sea lo que es, cuál es el papel de la presión y la temperatura y cómo se interrelacionan las fases. No, como la matemática, eso se memoriza en la escuela. 

En mi reciente libro La naturaleza social del ciclo del agua (Piedra Santa, 2026), de venta en librería Sophos, sostuve lo contrario, no debemos seguir memorizando ni el ciclo ni las fases del agua como si fueran fenómenos independientes de nuestras vidas. De hecho, el agua que llega a nuestras casas ya recorrió un ciclo social. La usamos, la ensuciamos y la devolvemos al territorio. Somos parte activa del ciclo, no un apéndice “antrópico” que se añade al final del esquema.

Esa tesis no se sostiene en abstracto. Se sostiene en una cuenca. Y una cuenca, si se la mira con rigor, ya no es solo el área que drena hacia un mismo río. Ciertamente, quienes vivimos en Quetzaltenango conocemos intuitivamente que el agua que inunda la zona 2 de la ciudad es la parte final de una cuenca que recibe contribuciones de las montañas de San Juan Oscuncalco, al oeste de la ciudad y las montañas asociadas a la laguna Chicabal, de San Carlos Sija y Olintepeque y cumbres de la Sierra Madre. 

La hidrología nos da el contorno indispensable: el cauce, la divisoria de aguas, la recarga, el caudal. Sin eso no hay ciencia, no hay hidrologia. Pero ese contorno, dejado solo, naturaliza un espacio que está habitado, disputado y modificado. En mis columnas en La Hora he insistido en que la variable que la escuela suele omitir es precisamente esa: pertenecemos a una cuenca hidrológica. Quetzaltenango no “tiene agua” en general; depende de las cuencas del Samalá y del Xequijel, de las montañas de San Juan Ostuncalco, San Mateo y La Esperanza. Ah, y de la parte de la laguna de Chicabal que drena hacia nosotros y que conecta con el Siete Orejas, hoy cooptado por las mineras que hacen lo que les da la gana. 

Cuando desarrollamos con Karin Rivas y Carlos Villagrán (Q. E. P. D.), el proyecto el Futuro del Agua, presentado a la municipalidad de Quetzaltenango hace ya casi veinte años, enfocándonos en la gestión del agua con el modelo CINARA de la doctora Inés Restrepo de Cali, Colombia y su Gestión Integrada de Recursos Hídricos, GIRH, don Carlitos Villagrán nos decía: Deben conocer las cuencas de las que hablan y escriben. Y así lo hicimos. Desde entonces sabemos que quien no camina esa geografía no entiende ni la llave, el grifo, ni el conflicto.

Por eso empecé a hablar de cuencas hidrosociales: las cuencas hidrológicas que la urbanización, la agroindustria, las municipalidades y los más de treinta mil comités de agua del país han convertido en territorios de uso, contaminación, inequidad y, a veces, cuidado. No son otra cosa física. Son la misma cuenca, leída por fin con sociedad adentro.

La cuenca social, no es más que el espacio físico-social en que se da el ciclo social del agua, esto es, el espacio que va del contorno del cauce hasta las divisorias, pero donde se imbrican relaciones de poder entre múltiples actores que construyen territorios que se yuxtaponen o se superponen. Esos actores territorializan, colaboran o se expulsan; construyen “hilos” de agua –canales, acueductos, trasvases, presas– que pueden traslapar o interconectar dos o más cuencas hidrográficas. El concepto no busca armonía retórica. Busca visibilizar lo que la gestión “por cuenca” suele ocultar cuando presenta el parteaguas como dato natural e indiscutible.

El fenómeno se complica cuando hay países que comparten cuencas, que comparten ríos, tal el caso de Guatemala y México. Así, por ejemplo, el agua del río Usumacinta proviene de las tierras altas de la Sierra Madre en Guatemala, específicamente de la confluencia de los ríos Chixoy y Pasión, los cuales nacen en los departamentos de Quiché y Totonicapán y va a México, pero nadie lo cuida. El Usumacinta, entonces, queda en una zona gris de responsabilidades, ni lo cuida México ni lo cuida Guatemala. No hay política hídrica binacional efectiva. 

En el próximo número analizo cuencas hidrosociales específicas, empezando con las nuestras aquí en casa, con la cuenca del río Samalá, pero también discutiré las cuencas binacionales, especialmente las de México-Guatemala, donde el Usumacinta y el Grijalva presentan retos a nuestro entendimiento integral de la naturaleza social del agua. 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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