Un país que entrega a sus niños desnutridos es un país que no tiene futuro, ni cosechas de qué hablar.
Mientras leo con tristeza el artículo de Emilio Matta de este 26 de agosto me doy cuenta que hemos estado en manos de presidentes inútiles, incapaces y principalmente corruptos y vicepresidentes similares. Algo así como que cada oveja busca su pareja, incapaces, inútiles y corruptos. El referente del artículo de Matta es la desnutrición, pero creo que uno podría cambiar desnutrición con agua, con carreteras, con salud, con energía, con cualquier cosa, son incapaces, inútiles y corruptos.
Ciertamente el tema de Matta es desnutrición crónica infantil, ese mal que destruye a Guatemala, son los niños que no se desarrollan ni se desarrollarán, son los que no aprenderán a entender lo que leen ni sabrán sumar, ni restar y menos dividir. En este gobierno, que se llenó la boca de promesas, el índice de desnutrición infantil global es del 44%, aunque en el área rural es del 48%, pero hay departamentos como Totonicapán, acá cerca de Quetzaltenango, con casi un 70% de desnutrición infantil y Huehuetenango y Quiché casi con el 60%. ¡Qué barbaridad!
Realmente este indicador ha variado poco en los últimos gobiernos. En el gobierno de Giammattei andaba por 45%, 1% menos ahora, casi nada. En el gobierno de Jimmy Morales era 46%. A ese ritmo necesitaríamos 44 gobiernos para erradicar la desnutrición, esto es 176 años, casi dos siglos de gobiernos de incapaces, inútiles y corruptos.
Pero lo triste es que no solamente el gobierno ha sido culpable de esta tragedia. También las universidades, las que tienen carreras de nutrición a nivel de técnico, licenciaturas, maestrías y doctorados, ¿para qué? Pues parece que para nada. La San Carlos tiene técnicos en producción de alimentos, ingeniería en alimentos, licenciaturas en nutrición en diferentes campus, maestría y doctorados, para nada.
La Universidad del Valle de Guatemala tiene técnicos, licenciaturas y maestrías en nutrición, lo mismo la Universidad Galileo con sus programas de alimentación, nutrición, maestrías lo mismito que hace la Universidad Mariano Galvez: con sus programas de nutrición y así muchas otras universidades guatemaltecas que analizan y dizque hacen investigación científica en nutrición y por lo tanto también en desnutrición. Nada de esas decenas de programas universitarios en nutrición tiene efecto alguno en la terrible desnutrición crónica infantil de la mitad de los infantes guatemaltecos. ¡Qué tristeza!
Soluciones hay, algunas las plantea Emilio Matta en su columna, en especial el caso chileno donde el doctor Fernando Mönckeberg fue clave. Lo que Mönckeberg entendió –fundador del Instituto de Nutrición y Tecnología en Alimentos de la Universidad de Chile (INTA) y presidente de la Corporación para la Nutrición Infantil (CONIN) y lo que Guatemala se niega a entender– es que la desnutrición crónica no se derrota con un plan de cuatro años ni con una “cruzada” con logotipo. Se derrota cuando deja de ser programa de gobierno y se vuelve política de Estado.
El programa estatal para erradicar la desnutrición infantil inicia con los primeros mil días, control prenatal de verdad, agua que no venga con materia fecal, piso de cemento, letrina que no enferme, medición de talla y peso cada mes, transferencia que llegue a la madre, y un alcalde al que la comunidad le cobre cada milímetro que no creció el niño.
Atención: No son transferencias como los de aquel triste programa de Sandra Torres MI FAMILIA PROGRESA, su familia si que progresó y la de los ministros ladronotes de turno. No es eso. Chile, Perú, Vietnam, Bangladesh, Senegal lo hicieron atravesando presidentes. Aquí cada oveja busca su pareja: el inútil hereda al corrupto y el incapaz le escribe el siguiente trifoliar.
Matta tiene razón en lo duro: Colom, Pérez Molina, Morales, Giammattei y ahora Arévalo tuvieron el mismo expediente sobre el escritorio y lo convirtieron en discurso. Giammattei juró que era “personal” y nos dejó la Gran Cruzada. Realmente lo único que juró y era cierto fue su amor por Miguelito, matrimonio bendecido por la iglesia evangélica rancia de Cash, si Cash. En los municipios que él mismo priorizó la línea de base de 2022 midió 57.2%. La encuesta de salud materno infantil que todos recitaron como dogma seguía en 46.5%. Arévalo recibió el país con esa cifra fosilizada y la ENDESA 2025, después de diez años sin encuesta comparable, nos da 44-42%. Cuatro puntos y medio en una década.
No se trata de hacer poco. Se trata de que lo poco no cambia nada. Mientras la Secretaría de Seguridad Alimentaria y Nutricional (SESAN) y el Ministerio de Salud “se reúnen”, un esfuerzo privado como guatemaltecos por la nutrición muestra lo que el Estado no puede exhibir: baja de desnutrición aguda, ganancia de talla, madres que reportan crecimiento normal reporta Matta. Es vergonzoso que una fundación haga más que el fisco, que el mismísimo Estado. Vergonzoso y revelador. El presupuesto existe. Crecer sano existió. Los nutricionistas existen. Lo que no existe es la voluntad de ocupar el poder para otra cosa que no sea hacer ridículos clubes de ciencia o inútiles discursos pseudodiplomáticos de la nada.
Ya hay datos. Ya hubo Chile. Ya hubo Matta escribiéndolo hasta el cansancio. Lo que falta es un Estado que deje de hacer leyes y planes para no cumplirlos.
Un país que entrega a sus niños bajitos con limitaciones cerebrales para aprender no tiene futuro que celebrar ni cosechas de qué hablar. Este país apenas tiene un gobierno que simula. Y la simulación, cuando se trata de un niño que no crece, es la forma más cobarde de la corrupción. Eso es Arévalo y su gobierno pseudodemocrático: corrupto, con el agregado de ser inútil e incompetente.
Ese es el mismo descaro que exhibe la ministra Norma Zea, el último eslabón de ministros de comunicaciones incompetentes, inútiles y corruptos como quien los escogió. El último capítulo de esta novela de la incompetencia e inutilidad de Arévalo ahora tiene una sección de corrupción: negar los planos que están en Guatecompras, defender una licitación de tres puentes convocada y adjudicada en siete días, con posible sobrevaloración de Q148 millones, es el descaro con el que este Estado trata el hambre de un niño. Esto lo analizaré en la próxima entrada donde utilizo el camino que ya nos ha trazado Emilio Matta.
Estimado lector, déjenme concluir esta triste columna con un comentario mío ya expresado en este artículo al respecto del cobarde de Bernardo Arévalo y la inútil de su vicepresidenta, Karin Herrera que simulan que gobiernan, pero que no gobiernan. La simulación, cuando se trata de un niño que no crece, es la forma más cobarde de la corrupción.







