Los seres humanos, en su afán de transformar todo —su territorio, sus bosques, sus lagos— para sobrevivir, han creado tecnologías desde siempre. Aún somos Homo sapiens, pero realmente nos domina el Homo techné: seres que hacen artefactos. En ese proceso de construcción de artefactos parece que nos enamoramos de nuestras creaciones, como nos enamoramos de nuestros hijos y hasta de nosotros mismos, tal como Narciso se enamoró de él al verse reflejado en las quietas aguas de un lago transparente.
De nuestras creaciones nos enamoramos. Puedo imaginar a un adulto de hace diez mil años en las praderas venezolanas o en el Petén guatemalteco, cazando con su arco y flechas, totalmente ensimismado en su creación. Su creación tecnológica era él mismo. Este encantamiento con la tecnología ha sido siempre.
Pero hay una diferencia profunda entre el arco del cazador del Petén y el celular que hoy llevamos en el bolsillo. El arco era herramienta: extendía la mano, exigía juicio, fallaba si no se tensaba bien, y el cazador sentía en el cuerpo el resultado de su oficio. El celular, en cambio, se ha convertido en espejo. No solo refleja el mundo; nos refleja a nosotros. Y, como Narciso, nos quedamos mirando.
He escrito aquí, en La Hora, que las viejas tecnologías eran herramientas que el humano dirigía. Las nuevas, sobre todo desde la automatización y la inteligencia artificial, empiezan a dirigirnos a nosotros. Hannah Arendt lo vio con claridad: la condición humana se transforma cuando el artefacto deja de ser medio y se vuelve hábitat. El scroll infinito, las notificaciones impredecibles, el refuerzo intermitente de “me gusta” y videos que se reproducen solos no son accidentes. Son diseño. Detrás de cada pantalla hay ingeniería fina pensada para capturar atención y convertirla en dato y en dinero.
Hoy el “síndrome de Narciso” se manifiesta en la interacción humano-pantalla. Entramos al teléfono a revisar un mensaje de treinta segundos y salimos veinte minutos después sin recordar qué vimos o a qué íbamos. El tiempo se deforma. No es solo debilidad individual. Es una característica del artefacto. El cerebro responde al sonido del celular activando regiones asociadas al amor y a la pertenencia. El aparato se vuelve presencia, compañero, rival de la persona sentada al otro lado de la mesa.
Guatemala consume mucha tecnología y produce poca. Importamos el celular, la red, el algoritmo. No diseñamos la interfaz. No decidimos cuánto debe durar un video antes de que el siguiente se dispare solo. Somos, en general, usuarios tecnócratas, ni siquiera técnicos, de sistemas pensados en otros lugares para vendernos tiempo de vida convertido en publicidad. El enamoramiento no es simétrico: la máquina no nos quiere. Nos mide.
Las consecuencias no son abstractas. El amor mediado por aplicaciones que convierten personas en cartas que se deslizan. La política reducida a tiktokeros que discuten a Marx o a Durkheim sin haber leído una página de sus libros. Son marxistas digitales de la ignorancia. Niños a los que se les entrega la pantalla para que dejen de llorar. Adolescentes cuya vida social cabe en seis pulgadas. Adultos que consultan el teléfono en el desayuno, en el almuerzo, en la cena, en la cama, en el semáforo, en el teatro, en todos lados. La democracia se debilita cuando creemos que participar es publicar o dar un like en las redes sociales.
No se trata de demonizar el aparato. Las tecnologías biomédicas han mejorado la salud. El celular puede ser herramienta de trabajo, de seguridad, de contacto con quien está lejos. El problema comienza cuando deja de ser medio y se vuelve espejo. Cuando el “hacer es pensar” se reemplaza por el “deslizar es no pensar”. El artesano atiende al objeto. El scroller atiende al siguiente estímulo. Uno construye habilidad. El otro consume dopamina a plazos.
Por eso insisto en el tecno-artesano: no el que usa computadora, sino el que aplica la ética del oficio a la complejidad tecnológica. Hacer bien el trabajo. Unir mano y cabeza. Recuperar el juicio sobre el artefacto. Eso no se logra con sermones ni con prohibir el teléfono a los diez y dárselo a los quince. Se logra con alfabetización tecnológica crítica en el Currículo Nacional Base: que niñas y niños entiendan que una app no es neutra, que alguien la diseñó con fines, que el scroll infinito es una decisión de ingeniería, no una ley de la naturaleza. Se logra no abandonando la educación técnica. Se logra formando ingenieros que diseñen para este país, no operarios de recetas extranjeras.
El trabajo hay que hacerlo bien. Y el primer trabajo, ahora, es recuperar la presencia: la mesa, la calle, el taller, la conversación sin pantalla en el medio. Dejar de mirarnos en el lago digital como Narciso y volver a usar la herramienta como lo que debió ser. El celular no nos ama. Nosotros sí podemos dejar de amarlo como si fuera persona y devolverlo a su lugar: un artefacto al servicio de una vida que no cabe en seis pulgadas.







