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En el lenguaje cotidiano solemos distinguir: “temblor” para lo que apenas se siente, “sismo” como término general y “terremoto” para el que destruye. Científicamente, los tres son sinónimos. Todos describen la misma liberación súbita de energía acumulada en el interior de la Tierra. Lo que cambia es la magnitud, la profundidad, la distancia al epicentro y, sobre todo, la vulnerabilidad de lo que está construido encima.

Todos los temblores, no digamos los terremotos, me recuerdan aquel trágico 4 de febrero de 1976, cuando a las tres de la mañana un sismo de magnitud 7.5 nos despertó aquí en Guatemala. Más de 23 mil hermanos guatemaltecos murieron entonces. Fue horrible. Imagino que algo muy parecido sintieron los hermanos colombianos el 10 de agosto de 2026, especialmente en el Valle del Cauca, Cali, Pereira, Manizales y el Chocó.

Guatemala se encuentra sobre tres placas tectónicas: la Norteamericana, la del Caribe y la de Cocos. Son los movimientos relativos entre ellas los que determinan nuestros terremotos y también la topografía del país: montañas, ríos y lagos nacieron de esa interacción. Dentro de este marco, la falla del Motagua es una de las más importantes. En 1976 registró un desplazamiento de más de un metro que produjo el devastador terremoto.

Además de estas tres placas principales, existen fallas secundarias activas, como las de Jalpatagua, Mixco y Santa Catarina. En el suroccidente guatemalteco, y especialmente en los últimos meses, hemos sido movidos por la actividad de la Fosa Mesoamericana. El 17 de julio de 2026 se registró un terremoto de magnitud 7.4, con epicentro en el océano Pacífico, frente a las costas de Chiapas, cerca de Puerto Madero y de la frontera con Guatemala. Fue un sismo superficial, entre 10 y 20 kilómetros de profundidad, que se sintió con fuerza en el sur de México, el occidente y suroccidente de Guatemala, y también en El Salvador. Generó cientos de réplicas, algunas superiores a magnitud 6, y una actividad sísmica que todavía se percibe.

Vivimos sobre una zona de subducción: la placa de Cocos, oceánica, se hunde bajo las placas Norteamericana y del Caribe a lo largo de la Fosa Mesoamericana. Esa es la razón de nuestra alta sismicidad.

Colombia, por su parte, se encuentra principalmente en la placa Sudamericana, en la esquina noroccidental del continente, en una zona de convergencia compleja con la placa de Nazca, al oeste, y la placa del Caribe, al norte. Hace unos 100 millones de años, Centroamérica no existía como la conocemos. El istmo emergió en el Cinturón de Fuego del Pacífico mediante una cadena de volcanes que levantaron el continente y lo conectaron, en su parte sur, con una corteza más antigua.

Esa misma dinámica explica el terremoto del 10 de agosto de 2026, de magnitud 7.4 y profundidad intermedia, cerca de 100-110 kilómetros, con epicentro cerca de San José del Palmar, en el Chocó. La placa de Nazca se hunde bajo la placa Sudamericana a lo largo de la costa del Pacífico a velocidades de entre 50 y 80 milímetros por año. Este proceso de subducción genera gran parte de la sismicidad, el vulcanismo y la deformación de los Andes colombianos. La placa del Caribe ejerce presión desde el norte y se suma el bloque Panamá-Chocó, lo que complica aún más el rompecabezas tectónico.

Guatemala y Colombia compartimos el Cinturón de Fuego. Nosotros vivimos sobre la convergencia de Norteamérica, Caribe y Cocos; ellos, sobre la Sudamericana, Nazca y Caribe. En ambos casos, las placas se mueven, se traban y eventualmente se rompen. El 4 de febrero de 1976 nos enseñó lo que significa despertar con la tierra temblando y descubrir que el mundo, de un día para otro, ya no es el mismo.

No podemos predecir el día ni la hora del próximo gran terremoto. Podemos, sí, construir mejor, respetar las normas de sismorresistencia y educar a las nuevas generaciones. En Cali se observó con claridad una lección geológica importante: en el oeste de la ciudad, donde los suelos son más rocosos y estables, los daños fueron menores. En cambio, en las zonas de inundación del río Cañaveralejo y del río Cauca —suelos jóvenes y blandos—, la destrucción fue mucho mayor.

La onda sísmica viaja a alta velocidad en los suelos duros; al llegar a los suelos blandos, reduce su velocidad, pero aumenta su amplitud. Esa amplificación es lo que vuelve más destructivo el movimiento. Por eso, las zonas de inundación requieren restricciones estrictas de construcción o refuerzos especiales. Aquí es donde la gestión de riesgos se une con la gestión del agua; aquí es donde las leyes de construcción se deberían unir con las leyes de aguas.

Hoy el dolor está en el Valle del Cauca, en el Chocó, en Pereira y Manizales. Mañana podría estar aquí, en Quetzaltenango, en las zonas 2 y 5, o en cualquier otra área de suelos blandos y de inundación de nuestro país. Que la memoria de nuestros propios temblores nos mueva a la solidaridad concreta: información veraz, apoyo humanitario y la convicción de que, en esta franja volcánica y sísmica del planeta, somos vecinos de la misma inestabilidad tectónica… y de la misma necesidad de cuidarnos mutuamente.

Abrazo a los hermanos y hermanas colombianos, con nuestra solidaridad desde Guatemala.

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