0:00
0:00

El agua de calidad no es un derecho secundario. Es el cimiento invisible sobre el que se construye o se derrumba el desarrollo de un país. Kumar colaboradores lo demostraron con contundencia: al analizar 145 naciones, encontraron que la situación hídrica —medida a través de un índice de uso sostenible del agua derivado del Water Poverty Index— explica cerca del 80% de la variación en el Índice de Desarrollo Humano y alrededor del 70 % de la variación en el PIB per cápita. La relación es secuencial. Primero hay que tener agua segura. Luego viene la salud y la educación. Después viene el crecimiento económico inclusivo. Invertir ese orden es condenarse a pagar un precio generacional.

Guatemala no solo invierte el orden: lo niega. Según los valores del Water Poverty Index que sirven de base al estudio de Kumar, el país obtiene un puntaje de 53.3 sobre 100. Estamos a media escala. Ese número resume debilidades profundas en el uso del recurso, en la capacidad de gestión y en la protección ambiental. Es la radiografía fría de una nación que tiene agua y, al mismo tiempo, la desperdicia, la contamina y la niega a su propia población. Ese ha sido el trabajo de los gobernantes, desde el presidente hasta los alcaldes: negarle a la población agua potable porque en Guatemala NO HAY AGUA POTABLE. 

Aunque Guatemala dispone de una oferta hídrica natural considerable —alrededor de 110 mil millones de metros cúbicos al año, según el Informe Ambiental del Estado período 2024 del Ministerio de Ambiente—, la calidad del agua que llega a los hogares está severamente comprometida. La Norma Técnica Guatemalteca COGUANOR NTG 29001 exige la ausencia de coliformes totales y Escherichia coli en 100 ml de agua. La realidad se burla de esa norma todos los días.

La Encuesta Nacional de Desarrollo en Salud (ENDESA 2025) revela que el 52% de la población consume agua de fuentes contaminadas con materia fecal. En el área rural la cifra supera el 70%. En Huehuetenango sobrepasa el 80%. En la cuenca del lago de Atitlán, el monitoreo 2024 de AMSCLAE mostró que aproximadamente el 80% de las fuentes de agua para consumo humano presentan valores altos de coliformes totales y E. coli. El Índice Simplificado de Calidad del Agua (ISQA) del Insivumeh clasificó en 2024 solo 36 de 82 puntos como “buenos”. El resto se ubicó en categorías intermedias, malas o peligrosas. Y “buenos” no significa potable. Significa que todavía contiene restos fecales.

Esta contaminación no es un problema técnico aislado. Es el origen de una cadena de deterioro que golpea la calidad de vida, la educación y la economía con una violencia silenciosa pero sistemática.

Las enfermedades hídricas —diarrea aguda, hepatitis A, fiebre tifoidea, disentería— se cuentan entre las principales causas de morbilidad y mortalidad infantil. La exposición crónica mantiene el sistema digestivo en inflamación permanente, genera fatiga y roba a las personas la energía para vivir con dignidad. Los niños que enferman reiteradamente faltan a la escuela, pierden concentración y acumulan déficits cognitivos ligados a la desnutrición crónica, no entienden lo que leen y no saben hacer operaciones elementales de aritmética. A escala familiar, los días perdidos y el gasto en salud empobrecen. A escala nacional, la carga de enfermedad eleva el gasto público, reduce la productividad laboral y frena la acumulación de capital humano.

Exactamente ese es el mecanismo que Kumar y sus colegas identificaron: la inseguridad hídrica limita el Índice de Desarrollo Humano y, por esa vía, restringe el crecimiento económico. Un índice de pobreza de agua (wáter proverty) de 53.3 no es solo un número, es una calamidad. Es la expresión cuantitativa de ese límite estructural que nos condena. Es el reflejo de un gobierno inútil de la cabeza a los pies que nos obliga a tomar agua con residuos fecales porque hemos hecho de nuestros ríos, fuentes de agua toda una especie de basurero y drenajes de nuestras aguas servidas las cuales nadie trata, nadie limpia, nadie quiere. 

(Continúa mañana)

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

post author
Artículo anteriorTerremoto de 7.4 sacude Colombia con graves daños materiales en varias ciudades
Artículo siguienteGuatemala busca en República Dominicana experiencias para convertir leyes en resultados económicos