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Mientras observo la luna llena de Xelajú esta madrugada y recuerdo las suaves olas de Boca Chica, esa bella playa cercana a Santo Domingo, en la isla que Colón llamó La Española, reflexiono sobre el papel que ha desempeñado la Luna, no solo como satélite, sino en la vida misma, desde su origen. Han pasado 4 mil 500 millones de años desde entonces.

Los astrobiólogos y los geoquímicos consideran que la Luna impulsó, en buena medida, las condiciones que hicieron posible el origen de la vida. Estabilizó el eje de rotación de la Tierra y generó las mareas –grandes y pequeñas– que mezclaron nutrientes en los océanos primitivos y favorecieron los ciclos químicos de los que dependería la vida. En ese sentido, la Luna es más que un cuerpo frío que refleja la luz del Sol. Es más que cosmología. En el nacimiento de la Luna también estaba el nacimiento del ciclo del agua y, con él, de nosotros. Somos, en cierto modo, hijos de esa Luna.

El mar que observé el fin de semana pasado en Boca Chica y la Luna de Xelajú de esta madrugada me recuerdan la intensa relación –simétrica en apariencia, profundamente asimétrica en su origen– entre Tierra y Luna, entre Tierra y mar, entre Tierra y vida. Es una historia que va más lejos que la cosmología hecha líquida. Va directo al corazón de la vida y me trae a la memoria los trabajos sobre simetría de dos grandes divulgadores científicos: Martin Gardner e Isaac Asimov.

Gardner dedicó páginas luminosas, especialmente en Izquierda y derecha en el Cosmos (la versión en español de The Ambidextrous Universe), a mostrar cómo el universo no es perfectamente ambidiestro. La simetría perfecta se rompe una y otra vez, y de esas rupturas nace lo interesante: la quiralidad de las moléculas de la vida, la prevalencia de la materia sobre la antimateria y la violación de la paridad en las fuerzas débiles. 

Asimov, con su característico estilo narrativo y ensayístico, exploró temas afines en textos como los reunidos en The Left Hand of the Electron, donde reflexiona sobre la “mano izquierda” del electrón, la no conservación de la paridad y su posible vínculo con la asimetría biológica. Si Gardner ofrece el tratamiento más sistemático y luminoso –desde los espejos hasta la física de partículas–, Asimov acerca esas ideas al lector con la fuerza de la historia y la curiosidad. Ambos nos recuerdan que el cosmos prefiere, en momentos decisivos, romper la simetría.

En los años ochenta, en Quetzaltenango, algunos de esos libros de divulgación llegaban con dificultad. Cualquier apellido que sonara ruso o cualquier título que hablara de “cosmos” podía levantar sospechas innecesarias. Mejor volvamos a lo esencial.

Si proyectamos el pensamiento de Gardner –y el eco narrativo de Asimov– sobre la relación simétrica y asimétrica entre la Tierra y la Luna, se pueden señalar al menos tres puntos fundamentales.

Primero, la asimetría fundacional como acto creativo. El impacto de Tea –ese protoplaneta del tamaño de Marte que chocó con la joven Tierra hace unos 4 mil 500 millones de años– no fue un accidente desafortunado. Fue una ruptura brutal de simetría que, lejos de destruir, generó un sistema nuevo. El choque no produjo dos cuerpos idénticos ni dejó una Tierra intacta. Produjo un planeta y un satélite extraordinariamente grande en proporción a su tamaño. Esa desproporción es, en sí misma, una asimetría fértil. Gardner solía celebrar estas “violaciones” de la simetría perfecta: son ellas las que abren caminos inesperados.

Segundo, la nueva simetría que emerge de la ruptura. Una vez formado el sistema Tierra-Luna, la gravedad impone una danza de simetrías parciales: el acoplamiento de mareas, el ritmo de las mareas terrestres y la estabilización del eje de rotación de nuestro planeta. La asimetría inicial crea un orden secundario, rítmico y casi simétrico, que a su vez hace posible la complejidad. Sin esa Luna desproporcionada, las mareas serían mucho más débiles, el clima más inestable y las condiciones para la vida compleja, probablemente, peores. La asimetría cósmica terminó generando una simetría funcional beneficiosa.

Tercero, la lección para el ciclo social del agua. Coherente con el espíritu de Gardner y con la curiosidad de Asimov por las consecuencias de las rupturas, podemos cerrar el razonamiento con una advertencia humana. La Tierra y la Luna muestran que una ruptura de simetría puede ser creativa si da lugar a un nuevo equilibrio más rico. El peligro no es romper la simetría –eso lo hace la naturaleza constantemente–, sino romperla de forma irreversible, sin generar un orden posterior más generoso. Aplicado al agua: contaminar y extraer sin devolver es una asimetría estéril. Restaurar el ciclo limpio sería, como el impacto de Tea, una asimetría que crea nuevas posibilidades.

En resumen, la Tierra y la Luna no forman un par simétrico perfecto. Son el ejemplo paradigmático de cómo una violencia asimétrica fundacional puede producir un sistema de simetrías parciales y rítmicas que enriquece el mundo. Esa es exactamente la idea a la que apuntamos frente a estas costas. El cosmos, como escribieron Gardner y, a su manera, Asimov, no es perfectamente ambidiestro. Prefiere, en momentos decisivos, romper la simetría para crear algo mejor. Ese es el ciclo del universo del que hablan tanto la física como la poesía. Y es el mismo ciclo que las lunas de Xelajú y de Boca Chica me hicieron recordar esta madrugada: el ciclo social del agua que aún podemos hacer menos destructivo.

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