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 El amor, como la democracia, es una construcción social. Aunque quienes hemos vivido desde mediados del siglo pasado a la fecha hemos visto cómo el amor ha sido interpretado, vivido y reconfigurado como una relación ideal, idealista, entre dos personas, de tal forma que las personas de estas décadas (1970-1990) creen, muchas de ellas, que en algún momento de su vida encontrarán a la “mitad de su naranja”. No, nada de eso pasó. 

Venimos de los años 60 con un amor romántico que permeó tanto nuestra vida pero que después, sociológicamente hablando, se ha convertido en una mercancía. Pero el verdadero amor es una construcción, como la democracia. La democracia es un sistema de gobierno que no es perfecto. El amor es una relación que no es perfecta. La democracia se basa en relaciones entre iguales. El verdadero amor es una relación entre iguales. 

El amor romántico que dominó el imaginario de nuestra generación y de las que nos siguieron nació de una ontología idealista: la proyección de deseos íntimos sobre un otro que nunca es exactamente lo que imaginamos. Como escribí en columnas anteriores sobre el amor de ahora, vemos en el encuentro a la persona que construimos, no a la persona que es. Hollywood, las canciones y las plataformas digitales reforzaron esa ilusión: el amor surge de la nada y se desvanece de la nada. 

Esa forma de amar se volvió mercancía: se vende, se consume y se desecha. En cambio, el amor como construcción social —como la democracia— exige trabajo diario, negociación entre iguales, compromiso más allá del placer inmediato y la capacidad de sostener la relación cuando la idealización se agota. 

Esta transformación no es abstracta. Se refleja en las tasas de natalidad, que son el resultado material de cómo las sociedades organizan el deseo, la pareja y la reproducción. En Guatemala, la tasa global de fecundidad rondaba los 6.6 hijos por mujer alrededor de 1970 y todavía superaba los 5.5 a inicios de los noventa. Hoy se sitúa cerca de 2.3. La tasa bruta de natalidad, que superaba los 38 nacimientos por mil habitantes en el pico de los setenta, ha bajado a valores cercanos a 20. La caída no es solo técnica (anticonceptivos, urbanización, educación femenina). Es también cultural: cada vez se quieren menos hijos porque las formas de vincularse han cambiado. El proyecto de “formar familia” como destino natural de la pareja romántica ha perdido fuerza. Muchos jóvenes posponen o descartan la reproducción no solo por razones económicas, sino porque el modelo de amor que heredaron —el de la mitad de la naranja— ya no sostiene la vida compartida a largo plazo. Algo semejante ocurre con la sexualidad misma. Los datos de Estados Unidos, publicados este viernes 24 de julio de 2026 en The New York Times, muestran una “recesión sexual” entre la generación Z: el porcentaje de jóvenes adultos que no ha tenido relaciones sexuales en el último año se duplicó entre 2010 y 2024 (de 12 % a 24 %), y uno de cada cuatro adultos de esa generación declara no haber tenido nunca sexo. Estos son datos que deben interpretase. 

La actividad sexual semanal de la población adulta estadounidense bajó de 55 % en 1990 a 37 % en 2024. Tecnología, redes, miedo al rechazo, agotamiento emocional y un creciente valor otorgado a las relaciones platónicas explican parte del fenómeno. No contamos aún con series comparables tan precisas para Guatemala, pero la especulación es razonable: los jóvenes de hoy, formados en pantallas y en una cultura de encuentro digital, tienen menos relaciones sexuales presenciales y más mediatizadas que los de los setenta y ochenta. 

Tanto en Estados Unidos, como en Guatemala, a juzgar por las tazas de reproducción, están cambiando profundamente nuestras relaciones íntimas, 

La intimidad corporal se ha vuelto más selectiva, más ansiosa o, simplemente, menos frecuente. ¿Es esto una pérdida?  Este será el tema de mi próxima entrada

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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