Los guatemaltecos sabemos lo que es vivir en un área sísmica. En 1902, el 18 de abril, mi ciudad, donde está mi corazón, tembló con una intensidad de 7.5 grados que dejó más de mil muertos. Quetzaltenango quedó destruida. A nivel nacional, el 4 de febrero de 1976, un terremoto de 7.5 grados dejó más de 23 mil muertos.
Aquí hay que entender que la escala en la que se miden los terremotos no es lineal. Un terremoto de 7 grados no es igual a dos de 3.5. No. Ni dos terremotos de 7 grados son iguales a uno de 14. Eso no existe.
La magnitud de los terremotos se mide con una escala logarítmica. Esto significa que cada aumento de un punto representa una multiplicación, no una suma. Concretamente, un incremento de 1.0 en la magnitud equivale a aproximadamente 31.6 veces más energía liberada. Por eso, la diferencia entre un terremoto de 7.5 y uno de 7.6, aunque parezca pequeña (solo 0.1), implica que el segundo libera alrededor de un 41% más de energía. Esa variación aparentemente menor puede traducirse en daños sustancialmente mayores, mayor alcance de las ondas sísmicas y un impacto mucho más severo en las estructuras y las personas.
Un 7.6 no es “solo un poco más fuerte” que el de 7.5; es considerablemente más energético y destructivo. La diferencia en energía es similar a comparar un camión cargado versus uno un 40% más pesado impactando a la misma velocidad. En contextos como Guatemala (falla del Motagua), un 7.6 podría aumentar significativamente el número de víctimas y la extensión de la destrucción, especialmente si el epicentro está cerca de zonas pobladas o si ocurre de noche (como en 1976).
Un terremoto es una sacudida repentina y violenta del suelo, causada por la liberación de energía acumulada en el interior de la Tierra. Esta energía se libera en forma de ondas sísmicas que se propagan en todas direcciones, provocando los movimientos y temblores que percibimos en la superficie.
Para entender qué pasa en un terremoto hay que recordar que la Tierra, en su superficie, está formada por placas tectónicas. Estas son enormes bloques rígidos de roca que conforman la litósfera y se desplazan lentamente sobre el manto terrestre, un material más caliente y viscoso.
Guatemala y Venezuela comparten un destino tectónico, pero con matices importantes. Guatemala se encuentra en una zona de triple convergencia entre las placas Norteamericana, Caribe y Cocos. Metafóricamente, parece una pequeña galleta con muchas rajaduras: atravesada por numerosas fallas sísmicas activas (como la falla del Motagua, la de Polochic y otras menores que recientemente estuvieron activas en forma de enjambre), lo que explica por qué temblamos con frecuencia. En cambio, Venezuela se sitúa en un “plato más grande”, principalmente entre las placas Caribe y Sudamericana, con importantes fallas activas en el norte del país. Aunque también es una zona sísmica relevante, no presenta la misma densidad de fallas ni la intensidad de actividad que caracteriza a Guatemala, razón por la cual en nuestro país los temblores sensibles son más frecuentes, mientras que en Venezuela los eventos mayores son menos comunes, aunque cuando ocurren pueden ser muy destructivos.
El doblete sísmico combinó dos factores: una secuencia inusual en la que un terremoto grande alteró el estado de tensiones y pudo activar una falla cercana, y un contexto tectónico marcado por la fricción entre la Placa del Caribe y la Placa Sudamericana, con numerosas fallas activas en el norte de Venezuela.
Pero los recientes terremotos de Venezuela no pueden entenderse plenamente sin el elemento emocional y humano de la solidaridad mundial. Familias enteras llorando bajo los escombros, niños huérfanos, ancianos rescatados de milagro y miles de venezolanos pasando la noche en las calles. Ante esta tragedia, la respuesta internacional ha sido conmovedora.
Los “topos” de México —especialistas en búsqueda y rescate urbano— viajaron de inmediato para trabajar incansablemente entre los escombros. Colombia activó su equipo USAR COL-1, con 63 especialistas y perros de búsqueda, convirtiéndose en uno de los apoyos más rápidos y cercanos. Argentina también envió brigadas de rescate y ayuda humanitaria, al igual que Brasil, Chile, El Salvador y otros países de la región. Más de 16 naciones, junto con la ONU, la Cruz Roja y organizaciones internacionales, han movilizado personal, insumos médicos, agua y alimentos. En medio del dolor, esta ola de solidaridad recuerda que, ante la fuerza de la Tierra, la humanidad responde con el corazón.
De esta tragedia, los venezolanos pueden y deben extraer lecciones concretas que otros pueblos ya han aprendido a alto costo. California enseña la importancia de códigos de construcción antisísmicos estrictos y actualizados, que salvan vidas al exigir edificios flexibles y seguros. México ha demostrado el valor de los equipos especializados de rescate (“topos”) y la organización comunitaria inmediata antes y después del desastre, tal como los sistemas de alerta temprana. Guatemala, con su dolorosa memoria de 1902 y 1976, muestra la necesidad de mantener viva la conciencia sísmica, invertir en prevención, educación, nuevos códigos de construcción y en una cultura de resiliencia que transforme la vulnerabilidad en preparación permanente.
Uno de los aprendizajes más importantes es la creación e implementación de sistemas de alerta temprana. Venezuela no cuenta con un sistema nacional propio, pero Google envió millones de alertas a través de dispositivos Android (más de 11.4 millones de usuarios venezolanos), según un reportaje de Karla Gutiérrez de La Hora, otorgando segundos o incluso hasta dos minutos de ventaja antes de que llegara la fase más destructiva de los sismos. Muchas personas pudieron salir de sus casas o buscar refugio gracias a estas notificaciones. Saber utilizar y fortalecer estos sistemas —tecnológicos o institucionales— puede salvar miles de vidas en el futuro.
La reconstrucción no debe ser solo física: debe ser una oportunidad para construir un país más seguro y unido.
Un terremoto es un desastre, pero dos juntos son una enorme tragedia. Por ello los aprendizajes venezolanos deben ser el doble. Como todo trauma, este requiere tiempo para ser sentido, procesado y luego superado. Luego vendrán las oportunidades de aprendizaje. De momento los guatemaltecos debemos apoyar con lo que podamos a la amada Venezuela. No debemos olvidar la enorme ayuda que hemos recibido de países hermanos, empezando con México, que siempre ha sido nuestro principal amigo en materia de rescate, alimentos y tanto. Apoyemos a Venezuela guatemaltecos. Este es el momento.







