El debate sobre la Inteligencia Artificial (IA) se centra frecuentemente en afirmar que es “solo una herramienta”. Sin embargo, quienes lo repiten con ligereza pocas veces han reflexionado sobre la naturaleza conceptual, ontológica y práctica de lo que realmente constituye una herramienta. En general, se concibe a una herramienta como un artefacto material o conceptual que extiende las capacidades humanas, permitiendo transformar la realidad física o social. Su significado varía desde su función pragmática básica hasta su rol como dispositivo de control cultural y reproducción ideológica.
Filosóficamente, una herramienta es un medio técnico interpuesto entre el sujeto y el mundo. Funciona como una extensión del cuerpo humano (prótesis) y de la mente, que permite la mediación con el entorno. Pero cuando hablo de mente no hablo de un ente mágico separado del cuerpo y de la comunidad. A través de la herramienta, el ser humano deja de ser un mero animal de adaptación para convertirse en un ser transformador que crea su propio medio ambiente.
Mario Bunge, por ejemplo, un filósofo argentino canadiense, quien me ayudó a escoger doctorado cuando obtuve la beca Fullbright, postula que los artefactos son construcciones concretas, materializaciones de ideas orientadas a un fin práctico. En su ontología (varios libros), el mundo está compuesto por sistemas, y la tecnología diseña herramientas para controlar, modificar o regular procesos tanto naturales como sociales, siendo el diseño el puente entre el conocimiento científico y la acción. Bunge era un filósofo materialista idealista, le llamaría yo. Creía en la existencia de conceptos mentales. Yo en cambio creo que la mente forma parte de la misma comunidad donde uno se desarrolla por lo que se me hace difícil separar sistemas conceptuales de sistemas materiales.
Henry Petroski, por otro lado, se enfoca en la evolución de las herramientas y los objetos técnicos a partir del concepto de “falla” (The Evolution of Useful Things). Plantea que las herramientas no surgen de la nada, sino de un proceso iterativo donde cada nuevo artefacto es una respuesta de diseño para corregir los defectos, las limitaciones o las ineficiencias de los diseños anteriores. Esta es una visión pragmática del papel de las herramientas y sus fallas.
Louis Bucciarelli, con quien más me identifico, por su parte, aporta una visión sociotécnica y constructivista. Entiende el diseño de una herramienta y el artefacto mismo como un proceso de negociación social. Para él, una herramienta no es solo la materialización de la física o la ingeniería, sino un documento vivo de las decisiones, compromisos y perspectivas conflictivas de los distintos actores que participan en su creación.
Richard Susskind, en su libro How to Think About AI: A Guide for the Perplexed (2025), enriquece esta discusión al cuestionar directamente la simplificación de la IA como mera “herramienta” en el sentido reduccionista. Susskind identifica la “AI Fallacy” (falacia de la IA): la creencia errónea de que, para que las máquinas alcancen o superen el desempeño humano, deben replicar exactamente la forma en que los humanos piensan o trabajan (lo que denomina process-thinking). En cambio, propone adoptar un outcome-thinking: enfocarnos en los resultados y transformaciones que la IA puede lograr, independientemente de su mecanismo interno.
Según Susskind, estamos apenas en el inicio del desarrollo de la IA. Herramientas actuales como ChatGPT representan pasos iniciales vacilantes, no el punto final. La IA no es solo una prótesis que extiende capacidades existentes; es un artefacto en evolución que puede reconfigurar procesos, profesiones y sociedades enteras mediante caminos radicalmente diferentes a los humanos. Su diseño incorpora valores, poder y negociaciones sociales (en línea con Bucciarelli), pero también lleva el potencial de innovar, automatizar o incluso eliminar tareas tradicionales, planteando desafíos civilizatorios profundos: desde el futuro del trabajo hasta dilemas éticos y la posibilidad de máquinas más avanzadas.
Esta perspectiva refuerza la idea de que una herramienta, especialmente la IA, no es neutral. No solo extiende al ser humano (Bunge y la tradición filosófica positivista), sino que transforma la mediación misma con la realidad, exigiendo una reflexión crítica sobre su gobernanza, su impacto en la educación, las profesiones y la vida social. Llamar a la IA “solo una herramienta” subestima su carácter de artefacto sociotécnico en constante evolución, capaz de rediseñar nuestro entorno y nuestra forma de ser en el mundo.
Mis alumnos de ingeniería, todos, usan la IA de forma cotidiana sin que yo la haya introducido explícitamente en las clases. Ciertamente los ensayos de lecturas científicas y de ingeniería se ven cuando son hechos por una Inteligencia Artificial porque la IA tiene una estructura, una gramática, una semántica, un modo de ser un tanto diferente que el ser humano. Nos simula, pero no somos iguales. Puede ser que en ciertas áreas nos supere, pero no nos iguala. Lo que me impresionó fue cuando los problemas de física y mecánica de ingeniería de los exámenes de mis alumnos venían resueltos con una claridad lógica sin igual.
Para resolver problemas de mecánica complejos o no, la IA es espectacular. Para que mis alumnos entiendan a la IA deberían tener claramente entendida la lógica newtoniana, cosa que en general no sucede fácilmente. Hay que apoyarlos. Hay que desarrollar prácticas de aprendizaje de la ciencia que de a poco vayan acompañando el entendimiento newtoniano del mundo, cosa que la IA no hace, eso lo hace un buen profesor que conoce a sus alumnos, tanto cognitiva como emocionalmente. Si no fuera por eso, la IA ya hubiera reemplazado a los docentes, pero aun no lo hace por su ausencia de un modelo de emociones y solución de problemas. Eso es puramente humano aún. No sé hasta cuándo.
En síntesis, comprender qué es una herramienta —y qué es la IA como tal— nos obliga a pasar de una visión instrumental simplista a una comprensión reflexiva y transformadora. Solo así podremos usar estas tecnologías no como meros medios, sino como oportunidades para una práctica humana más consciente y emancipadora.







