0:00
0:00

Alguna vez le preguntaron a Sigmund Freud qué significaba ser feliz. La respuesta —real o atribuida— ha sobrevivido por su contundencia: la felicidad es la capacidad de amar y trabajar. No es una definición sentimental, sino profundamente exigente. No habla de placer ni de éxito, sino de dos capacidades que deben construirse.

Conviene decirlo desde el inicio: no se trata de dos dimensiones separadas. Amar y trabajar no son caminos paralelos; son la misma experiencia humana vista desde ángulos distintos. Si se separan, ambos se vacían.

Freud lo planteó como una condición del individuo. Pero lo que en él aparece como intuición clínica, en Marx y Engels adquiere profundidad histórica: el trabajo no es solo una actividad económica, es el proceso mediante el cual el ser humano se hace a sí mismo. No solo transforma la naturaleza; se transforma en ella. El trabajo pleno nos transforma y nos dignifica. 

El trabajo —entendido en sentido amplio— es la actividad mediante la cual damos forma al mundo y, al hacerlo, nos damos forma a nosotros mismos. No es únicamente empleo, salario o productividad. Es también cuidado, creación, enseñanza, vínculo. Es toda acción sostenida que implica intención, esfuerzo y transformación.

Por eso, amar no puede reducirse a emoción espontánea. Amar es una práctica. Exige disciplina, constancia, responsabilidad. No ocurre: se construye. Y en ese sentido, amar es una forma de trabajo y es una práctica social. 

Nuestra cultura, sin embargo, ha hecho lo contrario. Ha convertido el amor en espectáculo y el trabajo en castigo. El amor se consume en imágenes rápidas, promesas instantáneas y vínculos desechables. El trabajo, por su parte, se percibe como obligación externa, muchas veces alienada, desconectada de sentido. El resultado es predecible: ni se ama bien ni se trabaja con significado.

Aquí es donde la reflexión de Louis Althusser, el filósofo francés, aporta un matiz necesario. El trabajo no solo es una actividad individual, es una práctica social estructurada. Ocurre dentro de sistemas que moldean lo que pensamos, sentimos y valoramos. No basta con querer amar mejor o trabajar mejor; las condiciones sociales pueden facilitar o bloquear ambas capacidades.

Sin embargo, incluso dentro de esas estructuras, hay un margen decisivo: la forma en que asumimos nuestra propia actividad.

Un maestro que prepara su clase, que se forma para dar su clase, que piensa en sus alumnos no solo transmite conocimientos; se transforma en el proceso y construye vínculos reales con sus estudiantes. Un padre que cuida a su hijo en la enfermedad no está “dejando de trabajar”: está realizando una de las formas más profundas del trabajo humano. En ambos casos, amar y trabajar son inseparables.

El amor responsable requiere esfuerzo sostenido, y el trabajo significativo solo adquiere profundidad cuando incorpora una dimensión de cuidado, de vínculo, de reconocimiento del otro. Sin ese cruce, el amor se vuelve superficial y el trabajo, vacío. Por eso, más que afirmar que “sin trabajo no somos nada”, habría que decirlo con mayor precisión: sin actividad transformadora —sin ese esfuerzo por construir, sostener y cuidar— la vida humana pierde sentido. Y sin este sentido, el amor se vuelve frágil, incapaz de sostenerse en el tiempo.

Feliz día del trabajo.

Artículo anteriorRecinos, Mérida, Grajeda Mena, González Goyri y Vásquez, los artistas inmortalizados en plata pura
Artículo siguienteKevin Castillo repite victoria en la tercera etapa y sacude la Vuelta Bantrab 2026