El amor del siglo XXI poco se parece al amor del siglo XX y mucho menos al del siglo XIX. Aquel amor que nos venden las películas de Hollywood o las telenovelas con sus finales de cuento de hadas, ese amor romántico que une y desune familias, nace con ilusiones y termina, casi siempre, en desilusiones.
En el siglo XX, cuando mis padres se casaron, el amor estaba más vinculado a la responsabilidad y al cuidado mutuo. Entonces, había roles claros: el hombre como proveedor que salía a trabajar para el hogar y la mujer centrada en las labores de cuidado. A pesar de los avances en planificación familiar —la píldora, los condones y otros métodos—, la cultura seguía empujando la visión romántica del “felices para siempre”. Ella buscaba a su príncipe azul; él, a su princesa perfecta (si no es que solo querían huir de sus casas). Todos sabíamos que eso no era cierto, pero la mayoría de las parejas nuevas, jóvenes o adultas que inician otra relación en esta generación de múltiples matrimonios o parejas, insisten en romantizarlo.
Al principio, ella cree que él es perfecto. Ella lo busca a él, aunque luego lo niegue. Él cree que ella es perfecta, aunque en el subconsciente él se pregunta: ¿Por qué la abandonó el esposo? Luego de un tiempo, ella dice: “Bueno, es que ahora ya puedo ver; antes no”. O sea, ¿quedó ciega durante un tiempo? Él igual. Esa ceguera temporal del enamoramiento es la que nos lleva al primer encuentro, pero también prepara el terreno para los desencuentros.
Esta sociedad moderna se caracteriza cada vez más por menos compromisos, altos índices de divorcios y una desestructuración familiar en un ambiente que prioriza lo pragmático y material: hacer dinero. La familia de la modernidad habla sobre el dinero a todas horas, sobre marcas de carros, sobre acumulación de carros, de casas, de cosas.
Para las parejas que ya tuvieron relaciones previas, el desencanto se vuelve la regla. Las ilusiones chocan rápidamente con la realidad. Y la otra gran batalla son las redes sociales. Nuestra relación más íntima parece ser ahora con el teléfono celular, con Facebook, con X, con Instagram: espacios que aparentan conexiones, nos saturan de noticias y roban el tiempo valioso que una relación real requiere. Pero las redes no están solas, también la infidelidad arrastra las relaciones. Las parejas acusan infidelidades, pero no se pregunta por qué a él le gustan las mujeres jóvenes y a ella los hombres jóvenes. El silencio es la regla.
El amor romántico idealizado, ese que domina nuestra cultura desde los trovadores hasta Hollywood y las telenovelas, nos promete un encuentro mágico con el alma gemela. Pero como he escrito antes, el amor verdadero no es esa emoción de “media naranja” ni un capricho del destino. Es un arte que se aprende, como decía Erich Fromm. No que yo le he aprendido plenamente. Nadie lo ha hecho. Es un proceso. Es un camino: no es un destino.
Es realmente, acción diaria de respeto, vulnerabilidad y apoyo mutuo, como propone Bell Hooks y como nos los muestra nuestro diario recorrer lleno de alegrías y tristezas, aciertos y errores. Nace de la compatibilidad emocional parcial, no total, no solo de la atracción inicial que dura uno o dos años. Es el amor que cura, no el que enferma. Y muchas veces muere sin ni siquiera haber nacido.
Los encuentros y desencuentros del amor son parte de la vida misma. No se trata de negar la ilusión inicial —porque ¿qué sería de nuestra vida sin ilusiones?—, sino de entender que el amor, como la vida, nos da la oportunidad de aprender de nosotros mismos y de los otros que llegan a nuestras vidas a enseñarnos.
El amor que cura tiene poco que ver con restregarle los defectos al otro en su cara, poco se crece así. El amor nace con uno, con quererse uno, con no dejar que las calificaciones externas, interesadas, quieran hacer de uno una imagen distorsionada. El primer encuentro es con uno. Ese es el amor que cura y que, a pesar de todos los desencuentros, nos lleva al camino del encuentro con nosotros y con quienes nos quieren, realmente nos quieren.







