La cultura en una sociedad es el conjunto de prácticas sociales capaces de construir nuestras identidades, también llamadas prácticas culturales. La cultura se crea en las comunidades a través de actividades normalizadas, formas de hacer las cosas y prácticas que se intersectan con las prácticas económicas y políticas. Es decir, no existe una cultura totalmente independiente de la economía, ni existe una cultura independiente de la política, aunque las prácticas culturales tienen sus propios objetivos: construir identidades.
La cultura del agua es el conjunto de creencias, rituales y actividades sobre el agua en una determinada comunidad. Estas creencias han cambiado profundamente desde la Revolución Industrial, debido a que se genera un nuevo modelo económico, el capitalismo, en donde el agua pasa a ser parte de la cadena productiva de los sistemas económicos. El agua es vista entonces como un recurso más. Aunque hay comunidades en el mundo que aún ven el agua como algo sagrado, la existencia de los modelos productivos genera una visión reduccionista del agua.
El mayor problema cultural que veo sobre el agua es la ausencia de un entendimiento del ciclo natural del agua, pero principalmente del ciclo social del agua. Ya los niños no saben de dónde viene el agua que usan. Los adultos contaminamos el agua y no participamos en procesos de tratamiento de agua, reúso de agua, cuidado del agua y menos del entendimiento de las zonas de recarga hídrica, ni de la dinámica del agua subterránea que usamos en nuestra vida cotidiana.
Pero el problema de la crisis del agua no solamente es la ausencia de conocimiento de quienes vivimos en el área urbana, que por décadas nos hemos acostumbrado a recibir agua del chorro, de la llave o de la pluma, como dicen en Panamá, sin preguntarnos y sin conocer todo el trabajo comunitario que existe detrás del agua que llega a casa, a la escuela, a la empresa, al mercado, al centro comercial o al hospital. Alguien debe cuidar los bosques, alguien tiene que cuidar las zonas de recarga hídrica por un lado y, por otro, también debemos conocer mejor el agua subterránea que nos alimenta.
En las zonas altas, montañas y volcanes, existen especies, árboles, pajonales y hasta páramos capaces de capturar el agua e infiltrarla a las cuencas, tanto en forma de escorrentía como en el enriquecimiento de las aguas subterráneas que suelen ser fuente de agua en zonas urbanas y rurales. Al mismo tiempo, se dan los intensos procesos de agricultura, algunos artesanales y otros industriales, especialmente en la zona sur guatemalteca, donde los monocultivos del azúcar y de la palma africana demandan cantidades enormes de agua.
Estos empresarios industriales no suelen participar en los procesos de mantenimiento de bosques de las zonas altas, sino que más bien usan a diestra y siniestra ríos y agua subterránea. Hay reportes de desvío de ríos de comunidades enteras que se han quedado sin agua. Por ejemplo, en el río Coyolate, el desvío y uso abusivo por parte de plantaciones de palma y caña ha alterado ecosistemas y afectado a poblaciones locales. Similarmente, en el río Madre Vieja, comunidades en Tiquisate y Nueva Concepción han denunciado desvíos recurrentes por fincas de palma, lo que ha secado manglares y limitado el acceso al agua.
Estos abusos deben terminar y esa es una importante tarea de la nueva Ley de Aguas.
Otro enorme problema cultural, que es también un problema técnico, está relacionado con la ausencia de sistemas de tratamiento de aguas negras, de aguas que usualmente son lanzadas a los drenajes y de los drenajes a los ríos. Los ríos en Guatemala se encuentran totalmente contaminados porque no existe una cultura estatal, municipal y menos local de tratamiento.
Ciertamente, los alcaldes organizados en la Asociación Nacional de Alcaldes (ANAM) se han opuesto sistemáticamente a la construcción de plantas para tratar y luego reusar el agua en sus municipios, como se evidencia en disputas legales ante la Corte de Constitucionalidad (CC) sobre reglamentos que obligan a invertir en tratamiento de desechos y aguas residuales. Esta oposición ha generado suspensiones temporales de normativas, aunque entidades como el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales (MARN) defienden la necesidad de estas infraestructuras.
Los comités de agua a nivel nacional, estimados en 35,000, han sido un modelo alternativo para proveer de agua a comunidades usualmente rurales, pero tampoco han recibido ni formación ni apoyo financiero suficiente para hacer tratamiento de agua. El Instituto de Fomento Municipal (INFOM) debe hacer este trabajo y en esta administración lo ha estado haciendo, con esfuerzos como reuniones interinstitucionales para fortalecer capacidades en agua potable y gestión de residuos, o sumándose a la recuperación de cuencas como la del río Motagua. Sin embargo, es tanta la necesidad de tratamiento que es mínimo lo que el INFOM puede hacer solo. La ley debe darle prioridad al tratamiento y al reúso del agua.
Ciertamente, el agua tiene una componente cultural, intercultural y espiritual, pero en la vida cotidiana de la modernidad se ha convertido en un recurso. En Guatemala, las comunidades indígenas mantienen visiones ancestrales que contrastan con esta reducción. Por ejemplo, en la cosmovisión maya, el agua es un sistema vivo que representa la vida misma, presente en ceremonias y lugares sagrados como la laguna de Chicabal, donde cada año se realiza la rogativa de lluvia 40 días después de Semana Santa, con ofrendas de flores, velas y elementos simbólicos para invocar a los dioses.
Como sociedad, debemos hacer un esfuerzo por revalorar al agua, a los ríos y a los lagos, integrando estas perspectivas indígenas para no convertirlos más en drenajes. Esto implica equilibrar el desarrollo económico con el respeto cultural, reconociendo desafíos como los costos de implementación y resistencias políticas, pero priorizando acciones colectivas.
Junto a la nueva Ley de Aguas, que debe priorizar el fin de abusos, el tratamiento y el reúso, propongo soluciones prácticas: programas educativos en escuelas sobre los ciclos del agua para fomentar conciencia desde la niñez; apoyo financiero ampliado a comités locales para plantas de tratamiento; y alianzas entre gobierno, comunidades y empresas para restaurar cuencas contaminadas. El INFOM, con su plan estratégico para acceso a agua y saneamiento, puede liderar estos esfuerzos, junto a universidades que tienen programas de investigación sobre el agua, como el Centro Universitario de Occidente de la USAC en Quetzaltenango, pero necesita más recursos.
Ya no hay ni ríos, ni lagos, ni fuentes de agua libres de heces y materia fecal. Cambiemos eso porque si no lo hacemos ahora, no será nunca







