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La tradición filosófica ha atribuido a Heráclito aquello de que «nadie puede bañarse dos veces en el mismo río». El Oscuro, como se le ha solido llamar, en este caso sacó a relucir sus dotes poéticas para establecer la imposibilidad de la permanencia: nada permanece. Lo humano es sufrir el cambio radical como una ley de la que nada ni nadie escapa.

La metáfora, a mi modo de ver, puede modificarse a conveniencia para expresar otra realidad de carácter apodíctico. Me refiero a la condición fluvial que nos arrastra, incapaces todos de alcanzar un estado de seguridad desde el cual podamos gestionarnos a capricho. Somos náufragos con el agua siempre al cuello, sobreviviendo gracias a cortos respiros, nerviosos, desesperados y a menudo abatidos.

Eso sí, muy ilusionados gracias al socorro de nuestra imaginación, que nos hace pensar en el sentido del naufragio. La mente al servicio de la vida, dirán algunos. Construyendo imposturas salvíficas, narrativas de consuelo: «Hay luz al final del túnel»; «estás apertrechado de fuerzas para superarlo» (si no, ¿por qué estarías ahí?); «hoy no lo entiendes, solo es cosa de tiempo». El pensamiento que edulcora y construye narrativas salvavidas entre trago y trago. Menos mal.

¿Y cómo es que pensamos en ese estado calamitoso? No es cuando chapaleamos frenéticos, ocupados en emerger del caudal, sino cuando nos asimos a la roca, a una orilla que permite lo causal, el milagro, el kairós (dirían los griegos). Ese es el momento en que la reflexión nos arrastra (otro efluvio), primero a la manera de teólogos, luego como filósofos y, finalmente, presumiéndonos científicos.

Pensar en Dios es como pensar en la madre (en momentos extremos suele ser el pensamiento primero). Así, construimos relatos originarios para comprendernos; la Biblia es solo un buen ejemplo. Imaginamos un orden, una estructura donde no hay cabos sueltos y donde todo tiene su lugar. La imposibilidad de que una hoja caiga fortuitamente sin la aquiescencia de una divinidad que todo lo controla.

Luego, nos percatamos de esa literatura para ponernos, según nosotros, serios. Es cuando surge el filósofo decidido a mostrar su desnudez contra la prescripción divina. Matamos a Dios (lo nuestro es la sangre porque nos figuramos que nada nuevo puede surgir sin violencia) y damos rienda suelta a la especulación y al pensamiento crítico. Primero siendo metafísicos y después entregándonos a un saber que no dista de las reducciones de las que difícilmente se ha despojado la filosofía.

Finalmente, mientras dura la estancia en ese presunto solaz seguro del río, en la vulnerabilidad total, surge el saber de los saberes: la ciencia y la técnica. Ahora sí, atontados con los artilugios, gracias al milagro efectivo de los cacharros, nos transformamos. Primero en idiotas (más aún); luego en arrogantes, soberbios y ególatras; para finalizar en violentos (lo nuestro, por supuesto). Así, mientras pensamos en aniquilarnos, el ecosistema natural hace lo suyo… Heráclito tenía razón: lo nuestro es un movimiento constante hacia ese destino que, contra el esplendor de su metáfora, carece absolutamente de poesía.

Eduardo Blandón

ejblandon@gmail.com

Fecha de nacimiento: 21 de mayo 1968. Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo. Sueño con un país en el que la convivencia sea posible y el desarrollo una realidad que favorezca la felicidad de todos. Tengo la convicción de que este país es hermoso y que los que vivimos en él, con todo, somos afortunados.

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