Eduardo Blandón

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Fecha de nacimiento: 21 de mayo 1968. Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo. Sueño con un país en el que la convivencia sea posible y el desarrollo una realidad que favorezca la felicidad de todos. Tengo la convicción de que este país es hermoso y que los que vivimos en él, con todo, somos afortunados.

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Puede que uno de los problemas de nuestros tiempos tenga que ver con las creencias. Por una parte, porque creemos demasiado y, después, porque no nos fiamos suficiente. Así, esa oscilación hace que erremos con frecuencia, sin que a la postre obtengamos la felicidad deseada.

Creer es importante (fides humana, le llamaban los latinos) porque el espíritu necesita certidumbres. Es difícil, si no imposible, dudar de todo y de todos. Así, en las relaciones sociales nos fiamos de las palabras del amigo y en las sentimentales asentimos con audacia las expresiones de afecto recibidas. Sería insensato buscar la verdad en cada caso.

Dicho esto, parece evidente que algunos han preferido dejar de creer: en la esfera de lo político, lo social, el sentimental y el religioso, entre otras. Ateos, por distintas razones, unos por decepción y otros quizá por desconfianza congénita. Carecen de ese punto de apoyo que les generaría un estado de bienestar fundamental para la vida buena.

Son sujetos persuadidos de la maldad del corazón humano. Más favorables a la convicción del poeta que advertía «la mala levadura» de los hombres. Para ellos, la alternativa es imposible dado que sería reconocer facultades morales inexistentes en una naturaleza evidentemente caída, pecaminosa y, cómo no, perversa.

En el lado opuesto están quienes afirman la bondad natural humana. Los que se fían y hasta exculpan las punzantes espinas. Los inocentes que no dudan en prestar un libro, los que esperan el cumplimiento de una promesa política. Los reincidentes en el amor que creen como destino, lo definitivo, lo último y lo verdadero.

Ni unos ni otros son dignos de imitar so pena de ser infelices. Frente a la candidez debe prevalecer la prudencia. La exigencia de cautela en un universo plagado de mentiras y timos a granel. La doctrina cristiana es ejemplar: «Los envío como ovejas en medio de lobos; por tanto, sed astutos como serpientes y sencillos como palomas».

Una dosis de escepticismo es oportuna, sin que nos impida la voluntad de dejarnos querer (un poco al menos). Lejos de la suspicacia de sentirnos conquistados con intenciones malévolas. No todos quieren nuestro mal, todo lo contrario, hay muchos (y muchas) que buscan esa «amorevolezza» que tanto desea nuestro corazón.

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