Eduardo Blandón

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Fecha de nacimiento: 21 de mayo 1968. Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo. Sueño con un país en el que la convivencia sea posible y el desarrollo una realidad que favorezca la felicidad de todos. Tengo la convicción de que este país es hermoso y que los que vivimos en él, con todo, somos afortunados.

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Dicen que “Dios escribe recto en renglones torcidos”. Ya lo creo. Es lo que pasa con la celebración del día de las madres. Mientras ha sido el mercado el que ha instituido la fecha o, como menos, el que más provecho le saca, la memoria cala inadvertidamente, con sutileza, en el corazón de los hijos que intentan ser amables y hasta generosos con sus progenitoras.

No tengo duda de que es uno de los acontecimientos más amorosos de nuestra lista de carácter consumista. Lo es por la dificultad de esquivar el pensamiento de una figura significativa en nuestras vidas. Solo la idea de mamá es suficiente para ablandar y dejar expuesta nuestra dermis, incluso al más vulgar y rudo de los habitantes del planeta. Y no tiene por qué tener explicación.

Si bien trato de entender el sentimiento que genera la ocasión, la verdad es que como cualquier afecto tiene poco asidero racional. Independientemente de la madre, las hay buenas y muchas también no tan buenas, el caso es que se les ama con una ternura poco habitual. Un fenómeno que ocurre en menor medida con los padres, con quienes corrientemente se tiene una relación más problemática.

Con las madres ocurre que incluso cuando la relación es conflictiva, ese mismo sentimiento está penetrado por el dolor de un amor ausente o desinteresado, ignorado o indiferente. Algo así como si el fundamento del rechazo fuera la misma emoción en su estado puro, quizá instintivo y hasta primitivo.

Por ello probablemente con nadie más se es tan indulgente como con una madre. Un perdón constante que es también mutuo. Porque nadie como ella comprende tanto desde la ficción. Sus excusas, las que justifican al infame irredento, las avala una inteligencia materna fundada en las argucias de la razón.

Así, en muchas madres solo priva el niño bueno y nada más. Nunca el ángel devenido en demonio, aunque ellas mismas sean víctimas de ese espíritu inmundo. Es la ceguera, la voluntad del instinto que practica el autoengaño por una naturaleza que en esto es retorcido. ¿Quién se atrevería a pedir la objetividad en una madre? Jamás tendría cabida semejante solicitud.

Los hijos intuyen esa incondicionalidad materna y aunque adivinan la desproporción, retribuyen según las propias posibilidades. Sí, hay hijos mezquinos, los que aman desde el pensamiento, los que arguyen falta de tiempo y escasez de recursos para materializar los afectos, pero quizá la mayor parte se esfuerza en la práctica de la ternura, los varones con las maneras toscas que la cultura les ha apertrechado.

Hoy es ese día en que podemos enderezar los renglones torcidos para permitir la escritura perfecta de Dios. Solo falta traducir los sentimientos para agradecer a mamá esa devoción frecuentemente inmerecida. Nada nos cuesta, hasta la haríamos recordar que todavía somos una bendición para sus vidas.

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