Douglas Gonzalez

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Politólogo, egresado de la USAC y la UCJC. Librepensador. Experiencia en políticas públicas, procesos de diálogo y comunicación política. Una mejor Guatemala es posible y necesaria.

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Las democracias liberales en el mundo atraviesan sus peores momentos. Si bien es cierto, desde un inicio sabíamos que los fundamentos liberales como: la igualdad ante la ley, independencia de poderes, libertad de expresión, sistemas de partidos políticos democráticos, por mencionar algunas, eran utópicas; el solo hecho de hacer que los actores de poder declararan estos principios ha sido uno de los grandes avances de la humanidad en los últimos 200 años. Después de todo, como decía Eduardo Galeano, para eso sirve la utopía, para caminar.

Sin embargo, la llegada de Trump al poder, marcó la pauta para el inicio del fin de las democracias liberales, mostrando que es posible que grupos extremistas utilicen el mismo sistema democrático para llegar al poder, invocando viejas fórmulas como los nacionalismos, la xenofobia o el discurso de odio hacia minorías.

Los proyectos políticos extremistas, de izquierda o de derecha, representan el fracaso de las democracias liberales, no solo porque tienen como objetivo eliminar a sus oponentes políticos, sino porque en caso de perder, son capaces de desconocer los resultados electorales como sucedió en EE. UU., Brasil y ahora en Guatemala. Mientras que, proyectos de izquierda, desde México, Brasil o Colombia son capaces de cohabitar con el narco, guerrilla o camarillas del poder tradicional con el fin mantenerse en el poder.

En este contexto, los liderazgos gradualistas, reformistas o conciliadores son devorados por un Leviatán que exige ir a los extremos. Aquello que conocimos como centro democrático, de derecha o de izquierda, es un terreno perdido que es engullido fácilmente por el discurso extremista.

Bernardo Arévalo, un progresista de centro izquierda, asumirá el poder en una situación de polarización política, bajo la desconfianza de las élites económicas y con altas expectativas de la ciudadanía. Su tarea será dirigir un gobierno que demuestre que es posible mejorar la calidad de vida de los guatemaltecos, llevando adelante políticas públicas sin manchas de corrupción y clientelismo. Si lo logra, el contraste entre su gobierno y los recientes será tan abismal, que podría acumular capital político para un segundo mandato de izquierda progresista.

A continuación, cuatro escenarios posibles derivados del Gobierno de Bernardo Arévalo.

Escenario uno: Continuamos probando suerte. Este podría ser el escenario a donde nos lleve la inercia. Producto de nuestra debilidad institucional, el territorio minado, el sabotaje de los grupos de poder político y económico, la falta de determinación de las élites económicas para impulsar un proyecto político propio y la falta de uno o dos cuadros visibles y con credibilidad que emerjan dentro del gobierno de Arévalo, nos llevaría a elegir en 2027 dentro de los actores que quedaron vigentes en la elección de 2023. Los favoritos para disputar una contienda en estas condiciones serían: Roberto Arzú, Carlos Pineda y Neto Bran. La falta de logros concretos de un gobierno con altas expectativas de la población y la ausencia de un proyecto de derecha que reivindique y encarne la defensa de los principios de la libertad y el respeto al Estado de derecho facilitan los liderazgos personalistas.

Escenario dos: La derecha se pone seria. En este escenario, quienes dicen ser de derecha y quienes se benefician de un modelo donde se respete (de verdad) la vida, la propiedad privada, los contratos y se promuevan las libertades políticas y económicas, evitando las intervenciones del Estado en “el proyecto de vida del prójimo”, plantean a la sociedad una plataforma propia de la derecha liberal, con cuadros propios y con un discurso potente y con credibilidad. Este escenario, también le exigiría a esa derecha separarse de organizaciones y actores que les han traído desprestigio y que han utilizado la franquicia de la derecha para beneficios personales.

Escenario tres: Bernardo marca un legado. En este escenario, pese a los obstáculos, Bernardo logra que su presidencia marque un legado de ética en el servicio público y lo legitima con políticas sociales que verdaderamente impacten en la calidad de vida de millones de personas. Además, durante el mandato de Bernardo emergen liderazgos que representen de manera genuina el espíritu de su gestión y los nuevos desafíos que los pueblos demandarán. En nuestro país no existe la reelección y la historia reciente nos indica que el partido de gobierno no repite en el poder. Sin embargo, las condiciones para marcar un verdadero contraste entre el presidente saliente y entrante pueden ser irrepetibles. Está en manos de Bernardo reforzar ese contraste que es, al final de cuentas, lo que lo hizo presidente de la república.

Escenario cuatro: El cisne negro radical. En este escenario, Guatemala también cae en la tentación de elegir a un gobierno radical. La indefinición de la derecha, el precio de un primer gobierno progresista y el hartazgo con la clase política y la élite económica llevan a la población al borde del precipicio. En este punto, ya no importa si se disfraza de derecha o de izquierda, será un extremismo que imponga un régimen de eliminación del enemigo y que se instaure en el poder por tiempo indefinido. Y podría ser, tanto un desconocido como alguien ya posicionado que se radicalice. No dejemos de ver lo que sucedió en Nicaragua.

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