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José Luis Samayoa Balcárcel Ingeniero Industrial, Editor, Escritor y Fotógrafo Publicitario guatemalteco. Por más de 30 años marcó tendencia en la fotografía comercial del país, logrando imágenes de alta calidad en campañas publicitarias, editoriales y gastronómicas, de varias marcas nacionales e internacionales.José Luis Samayoa Balcárcel
Ingeniero Industrial, Editor, Escritor y Fotógrafo Publicitario guatemalteco. Por más de 30 años marcó tendencia en la fotografía comercial del país, logrando imágenes de alta calidad en campañas publicitarias, editoriales y gastronómicas, de varias marcas nacionales e internacionales.

 

 

En una galaxia muy lejana, existía un planeta llamado Beex, en el cual habitaba la primera generación de humanos, en quienes Dios había sembrado la primera semilla de fe y esperanza… una especie que trascendiera a lo que Él creía serían su imagen y semejanza… es decir bondad pura, amor puro, apoyo a los demás, seres de compasión y por supuesto, cero corrupción.

Lo que Dios permitió fue que, por amor, esa especie creada a su imagen y semejanza eligiera por sí misma… porque sin libertad no hay amor verdadero.

Fue precisamente en ese libre albedrío donde el ser humano comenzó a desviarse, no por un error divino, sino por decisiones propias. Decisiones que, con el paso del tiempo, lo llevaron no solo a destruir un planeta completo, Beex, sino incluso a desperdiciar una segunda oportunidad. Un mundo llamado Planeta Tierra, lleno de especies maravillosas, animales, árboles, flores, que también fue arrasado, junto con millones de vidas humanas, no por ausencia de bondad en la creación, sino por el uso equivocado de la libertad concedida.

No por ingenuidad ni error, sino por amor y respeto absoluto a la libertad humana. El planeta Tierra fue entregado como la obra más hermosa, lleno de vida, colores y equilibrio, para que el ser humano eligiera construir y cuidar con orgullo su hogar. Sin embargo, una vez más, no fue Dios quien falló, sino el uso que el hombre hizo de su libertad. Y así, para el año 2050, el ser humano terminó destruyendo también ese segundo y último planeta que se le confió.

¿Cómo logró el ser humano destruir este segundo planeta? La historia, aunque muchos la quieran presentar como compleja, no lo es. Es, en realidad, profundamente sencilla. Los humanos siempre supieron lo que iba a ocurrir, pero no lograron, o no quisieron, detener esa inercia. Así, para el año 2050, desapareció la última especie de seres vivos que habitaba la Tierra. Y sí… incluso las cucarachas.

El final no fue repentino ni inesperado; fue el resultado de miles de años de decisiones conscientes que se fueron acumulando hasta volver inevitable el desastre.

Pero Dios, que todo lo sabe, no dejó de sembrar esperanza. Miles de años antes del desenlace final, alrededor del año 2500 a. C., cuando las primeras pirámides de Egipto se alzaban hacia el cielo, permitió que llegara a la Tierra un pequeño grupo de familias procedentes de Beex. No eran dioses ni alienígenas, sino seres humanos adelantados, portadores de la sabiduría, la fe y el conocimiento que Dios había cultivado en su mundo. Eran una semilla viva: hombres y mujeres preparados para recordar a la humanidad el camino, antes de que Beex sucumbiera por completo.

Su misión era simple y sagrada: enseñar a la nueva humanidad el equilibrio entre la creación y la conciencia. Ayudaron a levantar templos, a observar las estrellas y a comprender que la verdadera grandeza no estaba en intentar alcanzar el cielo, piedra sobre piedra, ni en el poder sobre otros, sino en la pureza interior. Sin embargo, una vez más, el ser humano olvidó las enseñanzas de Dios, de Jesús y de tantos otros seres iluminados que intentaron guiarlo. Y aquello que comenzó como luz, terminó apagándose por completo en el año 2050.

¿Cómo lo lograron? Repitiendo exactamente los mismos errores que ya habían destruido a Beex. La corrupción no es un fenómeno nuevo ni moderno; acompaña a la humanidad desde la antigüedad. Durante el reinado de Ramsés IX (alrededor del año 1100 a. C.) ya se documenta uno de los primeros casos conocidos: un funcionario denunció ante el faraón a otro que se había asociado con profanadores de tumbas para enriquecerse ilegalmente. Aquello no fue una excepción, sino el inicio de una larga y repetida historia. En nombre del poder, la riqueza y del supuesto bien común, muchos seres humanos volvieron a desperdiciar la segunda oportunidad que Dios les había concedido, haciendo que millones de personas buenas, que solo querían vivir en paz, pagaran un precio que jamás les correspondió.

Antes del final, hubo al menos un ser humano que no se resignó al silencio. Visionario, lleno de fe y movido por el deseo de advertir a futuras generaciones, quizá por inspiración divina, quizá por un susurro que solo reciben quienes escuchan con el corazón, logró enviar al espacio un registro de lo que había ocurrido en la Tierra. En enero de 2050, poco antes del desenlace, dejó guardado un testimonio que cruzaría el tiempo y la distancia. Desde mi planeta Otiuq, a varios años luz de la Tierra, pude captar esa señal y acceder a su contenido: millones de casos de corrupción documentados uno tras otro, como un catálogo implacable de todo lo que salió mal. Abuso de poder, guerras provocadas por ambición, acuerdos oscuros repetidos en todos los continentes. Pero lo más impactante era constatar cómo muchos seres humanos, plenamente conscientes de sus actos, construyeron fortunas basadas en el engaño, mientras convencían a millones de buenas personas de que todo lo habían conseguido de manera honrada.

Hijos que crecieron escuchando a sus padres hablar de negocios ilícitos. Redes de personas corruptas que se fueron encadenando una tras otra, hasta formar una espiral creciente que nadie quiso y pudo detener. Muchos prefirieron mirar hacia otro lado, porque ellos mismos también eran corruptos: eran descendientes, por milenios, de aquellos primeros pobladores. La sangre de Beex se había esparcido por todo el planeta y, con ella, la costumbre de justificar lo injustificable. Fue esa indiferencia, más que la ignorancia, la que terminó de escribir, una vez más, el destino de la Tierra: en el año señalado, no fue un desastre natural ni un castigo divino lo que acabó con la humanidad, sino la corrupción. (Más adelanté les contaré de cómo se destruyó la Tierra).

Hoy, cincuenta años después, desde mi planeta Otiuq, el último al que Dios envió un segundo grupo para repoblar y enseñar, he decidido compartir esta valiosa información que me llegó. No como advertencia lejana, sino como un acto de responsabilidad. Intentaré mostrar a los líderes de este mundo que la corrupción, tarde o temprano, alcanza a todos: de una forma u otra termina tocando a las familias, a los seres queridos y a las bases mismas de la convivencia, hasta volverse imparable.

Yo no estoy fuera de este “juego”. Soy parte de él, al igual que cada persona que lea este documento, ya sean quienes eligieron el mal o quienes se consideran buenos. Porque una de las verdades más duras que revelaba aquel testimonio es que también los seres humanos que no hicieron nada al ver la corrupción, los que callaron, los que miraron hacia otro lado, pudieron haber cambiado el futuro de la humanidad con un solo acto: involucrarse.

El testimonio enviado desde la Tierra concluye con más de un millón de casos de corrupción registrados a lo largo de los últimos siglos. Pero no solo eso. También documenta miles de historias de hombres y mujeres que fueron tentados una y otra vez con sobornos y propuestas deshonestas, y que, aun así, se mantuvieron firmes y dijeron que no. Eran seres humanos con principios sólidos, capaces de perder dinero, poder o privilegios antes que traicionar sus valores. Por eso, quienes analizaron esa información, y yo coincido con ellos, concluyeron algo fundamental: la raza humana todavía tiene una oportunidad.

 

Cartas del Lector

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