Adrian Zapata

zapata.guatemala@gmail.com

Profesor Titular de la USAC, retirado, Abogado y Notario, Maestro en Polìticas Pùblicas y Doctor en Ciencias Sociales. Consultor internacional en temas de tierras y desarrollo rural. Ha publicado libros y artículos relacionados con el desarrollo rural y con el proceso de paz. Fue militante revolucionario y miembro de organizaciones de sociedad civil que promueven la concertación nacional. Es actualmente columnista de el diario La Hora.

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El pasado lunes fue el acto formal de inicio de la transición del mandato popular presidencial que recibieron Bernardo Arévalo y Karen Herrera para ser nuestros gobernantes a partir del próximo 14 de enero.

Es tan indignante como necesario que esté el Secretario General de la OEA presente y “acompañando” este acto. Hablamos de soberanía, pero tenemos que recurrir a la presencia externa para que se respete la democracia en Guatemala.

En todo caso, me parece que lo más relevante a destacar ahora es preguntarnos hacia dónde caminará la transición. No puede ser un simple proceso técnico burocrático de traspaso del poder Ejecutivo. La transición no es tan solo la implementación de una metodología que permita el recambio presidencial.

Esta vez la transición tiene que ser el inicio de un proceso de rupturas. Sé que son reiterados los sabios consejos públicos y privados que recibe el presidente electo para que sus propósitos en el ejercicio del poder no sean maximalistas. Más bien lo aconsejan ser cauto y conservador. Pero es de esperarse que Bernardo Arévalo, convertido de la noche a la mañana en el liderazgo político nacional que no existía y necesitamos, no se conforme de entrada con una mesura que pueda llevarlo a la intrascendencia.

Es cierto que los maximalismos siempre terminan haciendo inviable lo posible, pero la alternativa no puede ser el inmovilismo.

Urge romper con la cooptación del Estado por parte de las redes político criminales. Las élites empresariales aliados/rehenes de estas redes ahora se han separado de esa convergencia perversa. La comunidad internacional apoya esta pretensión, incluyendo al poder hegemónico en la región, los Estados Unidos.

Y, lo más importante, el sustento moral y político que tiene Arévalo para impulsar esta ruptura, es la rebelión que expresó el pueblo imponiendo su voluntad electoral mediante el mecanismo propio de la democracia liberal representativa.

Pero hay otras rupturas que debe iniciar Bernardo Arévalo. La democracia es insuficiente, ineficaz e ilegítima si no abre la posibilidad del triunfo electoral de una opción que reivindique e impulse, con la gradualidad necesaria, los procesos de transformación estructural que Guatemala requiere, para lo cual “desmafiar” el Estado es un primer paso, tan indispensable como complejo e insuficiente. La pobreza, la marginación, la exclusión y la desigualdad son realidades que pueden terminar haciendo de la democracia un régimen político poco trascendente.

O sea que la transición que se ha iniciado formalmente esta semana puede ser un tránsito para alcanzar los propósitos arriba referidos (desmafiar al Estado y enfrentar las causas estructurales de nuestro secular atraso).

Los guatemaltecos y guatemaltecas tenemos una nueva oportunidad de lograr acuerdos nacionales para hacer esa transición. Y contamos con un liderazgo político para intentarlo. Las redes político criminales lograron hacer converger a diversos actores sociales. Su perversa lucha por mantenerse en el poder a como dé lugar y continuar con una institucionalidad estatal cooptada ha tenido ese resultado.

Me parece que ese es el legado que Bernardo Arévalo dejará para Guatemala. A pesar de las desesperadas y peligrosas acciones que siguen ejecutando las redes político criminales, él tiene la oportunidad histórica de liderar la construcción e impulso de los pactos nacionales que el país requiere ¡ya!, no para cuando él finalice su período.

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