Creo que en estos momentos, una gran pregunta que se hace la generación de la tercera edad sobre la niñez es ¿existe la pérdida del misterio y la inocencia en ellos?.
Desde la tradición judeocristiana y la filosofía occidental, la infancia ha poseído un valor teológico y antropológico singular: el símbolo de la inocencia, la apertura al misterio y la promesa de la renovación humana a través de la creatividad: «Si no os hacéis como niños…». En esa cosmovisión occidental tradicional, el niño representaba la gratuidad de la existencia frente al cálculo utilitario del mundo adulto. La técnica moderna, al colonizar cada rincón de la vida mediante la racionalidad instrumental, evacua el misterio y plantea la duda de pérdida de la secularización de la inocencia:
Las religiones occidentales y la antropología filosófica insisten en que la capacidad de asombro (thaumazein) es el origen tanto del pensamiento filosófico como de la experiencia espiritual. Y acá surge entonces otra duda. Un niño entrenado desde la cuna para interactuar con interfaces que responden de manera automática e implacable pierde el contacto con la lentitud, con el silencio y con la alteridad radical de la naturaleza o de lo sagrado. La satisfacción de la que habla la interrogante puede interpretarse teológicamente como una forma de autocomplacencia inmanente: un cierre hermético del sujeto sobre sí mismo, donde ya no hay espacio para la trascendencia ni para la añoranza de lo absoluto: El fin del asombro.
Y entonces ¿estamos asistiendo a la disolución de los rituales de paso que conocíamos de la niñez? La sociología, especialmente a través de teóricos de la modernidad líquida y la tecnocracia, ha documentado cómo las instituciones tradicionales que contenían y daban sentido a la vida —la familia extensa, la comunidad, la escuela como templo del saber lineal— se han debilitado y se van transformado en mercados de consumo en lo que va de este siglo y ve con preocupación cómo la infancia adquiere cada vez más valor de mercancía. Sociólogos como Neil Postman ya advirtieron en su momento sobre la desaparición de la infancia anterior, a medida que los medios de comunicación masiva borraban la frontera entre el mundo adulto y el infantil. Hoy, en la era de las redes, la tecnología del celular y la mercantilización algorítmica, el niño ya no es un sujeto que debe ser formado, sino un usuario que debe ser capturado.
Ante tal escenario, la pregunta sobre si el niño de mediados del siglo XXI se manifiesta como «solo e indiferente», encuentra su eco en la sociología del desvinculamiento. La indiferencia no es necesariamente frialdad innata, sino un mecanismo de defensa adaptativo frente a un entorno hipercomplejo, saturado de información y carente de refugios comunitarios estables.
El niño actual como sujeto contemporáneo —incluso en su etapa formativa— aprende a gestionar relaciones de baja intensidad (efímeras, superficiales y reversibles) tanto en las redes sociales como en su entorno social inmediato y en su vida adulta.
Entonces y en conclusión. a mitad del siglo XXI un adulto que mire hacia atrás y reflexione sobre sus primeros años, es muy probable que no repita el doloroso laconismo de “nunca he sido niño” no en el sentido de haber sido lanzado prematuramente al trabajo duro o a la intemperie de la miseria material tradicional, sino más bien, su frase más sutil respecto a su niñez podrá ser: “Estuve en todas partes, fui dueño de todo el conocimiento del mundo en la palma de mi mano, pero nunca supe quién era, porque nadie me miró a los ojos sin la mediación de una pantalla”.
La respuesta a la interrogante se revela así como una coraza: La mitad del siglo XXI se encontrará con el síntoma de una generación que ha aprendido a habitar la comodidad de la indiferencia, para protegerse de la intemperie de un mundo técnica y emocionalmente desolado.







