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Hace unos días escuché una conversación que me dejó helado. “¿Realmente necesitabas comprar eso?”, preguntó alguien. La respuesta fue lapidaria: “No, pero a lo mejor algún día lo necesitaremos”. Esa frase resume un fenómeno silencioso y devastador en nuestra sociedad: la compra por impulso, o peor aún, la compra compulsiva disfrazada de previsión.

Estudios recientes sobre el comportamiento del consumidor en Guatemala, como los presentados en Kantar Talks 2025, revelan una paradoja: aunque la inflación ha vuelto al guatemalteco más cauteloso, persiste una fuerte tendencia hacia la gratificación inmediata. Investigaciones académicas de la URL y la Usac coinciden en que la publicidad en Instagram y TikTok se ha convertido en el principal motor de lo que podríamos llamar “compra sin sentido”. Curiosamente, no es un fenómeno homogéneo. El sector medio-bajo se lleva el premio y muestra picos de consumo impulsivo como válvula de escape emocional, pese a ser el más vulnerable financieramente. El grupo etario entre 24 y 55 años es el más propenso, impulsado por el acceso a tarjetas de crédito y la búsqueda de estatus social.

Esta dinámica se agudiza en épocas de bonificación. Según la Diaco y asociaciones bancarias, el pago del Bono 14 y el Aguinaldo coinciden con el mayor índice de gastos no planificados. Incluso las remesas, que en teoría deberían priorizar necesidades básicas, no escapan a este patrón: estudios de la OIM y el Banco de Guatemala indican que cerca del 20% del dinero enviado desde el exterior se destina a consumo “conspicuo” o innecesario.

Frente a esta realidad, el Estado guatemalteco enfrenta una disyuntiva estructurada. Por un lado, reconoce el problema; por otro, existe una brecha abismal entre la vigilancia de mercado y la educación financiera o psicológica del consumidor. Y no es casualidad: cada compra impulsiva genera el 12% de IVA. Un programa público que desincentive el consumo, incluso por razones de salud mental o estabilidad familiar, podría interpretarse como una amenaza a la recaudación tributaria y al crecimiento del PIB. Por ello, las autoridades suelen ser cautelosas, evitando “adoctrinar” sobre el uso del ingreso para no “molestar” y friccionar con el sector privado.

Calcular el monto exacto del “desperdicio” es complejo, pero analistas y expertos locales lo miden a través del “gasto hormiga” y el “gasto fantasma”. Al sumar estos conceptos, se estima que el guatemalteco promedio destina entre el 15% y el 30% de sus ingresos mensuales a adquisiciones no esenciales ni planificadas. Si llevamos esto a escala nacional, la cifra es impactante. Para contextualizar: mientras un estadounidense destina alrededor del 5% de su ingreso a este tipo de gastos (como parte de un estilo de vida), un guatemalteco de clase media puede comprometer hasta el 20% o 30% de su capacidad adquisitiva en “pequeños lujos”. La diferencia es crucial: en EE. UU. es un hábito cultural; en Guatemala, es un mecanismo de resiliencia emocional y de validación social.

Reducir ese 25% de gasto innecesario no sería solo un ejercicio de disciplina financiera; sería un catalizador de ahorro familiar que disminuiría la dependencia de créditos abusivos. Pero la realidad actual nos muestra una tormenta perfecta: cuando el “gasto sin sentido” se combina con una carga de deuda estructural, el consumidor deja de vivir para progresar y empieza a vivir para pagar. En Guatemala, la financiación de estas compras suele hacerse con el dinero más caro del mercado: tasas de interés en tarjetas y préstamos de consumo que oscilan entre el 24% y más del 45%. No sorprende que un porcentaje alarmante de la población urbana registre un índice de endeudamiento superior al 40 % de su salario neto.

El consumo no es el enemigo. Lo es cuando se convierte en un parche emocional que, en lugar de aliviar, asfixia. Mientras no cerremos la brecha entre educación financiera, regulación crediticia y conciencia psicológica del gasto, seguiremos alimentando un ciclo donde las familias trabajan no para construir futuro, sino para sostener un presente endeudado. Quizá sea hora como sociedad, de preguntarnos la razón de nuestras compras: ¿ilusiones de alivio?

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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