Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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Tenemos ya ante los ojos a noviembre. Los bloqueos han terminado; las protestas aun no; la población se prepara para saborear su fiambre y la juventud sus vacaciones; y para el binomio presidencial recién electo, aún le resta un poco de más de tres meses para asumir.

El gran consejo ante los tiempos que se avecinan, la gente lo resume en un telegrama: «No confíes en nadie y en nada». Sin embargo, en las redes sociales, los mensajes y mensajitos, van llenos de frases, a veces oraciones, poquísimo en reflexiones, sobre los sucesos sociales o políticos, convirtiéndose en amplificador fatuo, falso e inconsciente, de realidades políticas y del día a día. Muchos escritores y lectores que usan las redes, lo hacen para evadir frustraciones y dolores del alma y volcar sus odios; sin darse cuenta ni los unos ni los otros, que han perdido contacto con lo que sucede en las calles, hogares y lugares. La gente ha trasformado las redes, en Penthouses, en donde pueden drogarse de todo lo que se les dice y muestra y saciar pasiones. 

En medio de tal caso cabe preguntarse ¿Cómo es posible que una minoría viva una vida de lujo, sin preocuparse de mostrarla a diestra y siniestra y lograda a puro robo? Todos los bancos americanos y de otras latitudes, tienen llenas sus arcas de dinero de corruptos latinos -escribía el otro día un periodista americano y se preguntaba ¿Qué hace la gente de esos pueblos contra ello? – ¡nada! Afirmaba él mismo y añadía: La gente se ha vuelto recolectora de basura: de historias de robos, trinquetes y engaños, y se preguntaba de nuevo. ¿Qué pasa con la basura? Y entonces concluía: «la Voz de la multitud la convierte en chiste: Sí … recicla miedos, temores y cóleras, en risas». 

Durante el último octubre de paros y manifestaciones, de enfrentamientos, lo único que pasó es que aumentó la angustia y el miedo futuro en todos, pues a medida que avanzaba la tarde de protestas, los protestantes eran menos y no se vislumbraba posibilidad de cambio alguno. La mayoría, pero bastante mayor de los inconformes (no confundirlo con los protestones) se escondían en casita, alimentándose de temores y mucha televisión y chats, sosteniendo así sin querer o queriendo, a los que debían caer; eso sí, esperando desesperadamente que alguien proporcionara un pretexto para ponerse en posición de neutralidad y fue el cansancio y hartazgo, el que les permitió cumplir con tal deseo. 

Así que está por terminar un mes agitado, un ridículo espectáculo, en que la ciudadanía fue incapaz de concluir un respaldo de cambio al estado de la cosa pública y se tiene a la vista un mes de noviembre, que abre sus brazos al perdedor: la República, víctima de la ambivalencia de sus ciudadanos. Todo lo sucedido no fue más que un acto ritual de autorreconocimiento de incapacidad, falta de valor y de compromiso. Eso sí, llenos de esperanza, esperamos las fiestas navideñas y que las cosas no vayan de mal en peor, sin darnos cuenta que somos los que la precipitamos a lo peor.

Hace unos días, un amigo me abordó en una calle y hablando de la situación política me dijo: “Mirá, somos viejos y como verdaderos animales, solo vivimos de lo que el destino nos depara, limosneros de lo que este nos da” y sentenció: “Cambiarás cuando estés muerto… en este maldito mundo, nadie lo hace”. Me reí y respondí que al menos algunas personas (los manifestantes) no habían sucumbido a un no cambio. Él respondió a lo que le dije con un “¿para qué?, ya a la semana, el trabajo del manifestante se interpretaba como incómodo, intolerable, irracional, dañino y hasta vendido». Así en nuestro país, toda causa es vista más como pasional, que de liberación. 

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