En las aceras del Centro Histórico de Ciudad de Guatemala, entre el ruido del tránsito y el comercio informal, la noticia de la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, a manos de EE. UU. se abrió paso este sábado 3 de enero como un relámpago entre la diáspora venezolana.
Para muchos, no fue solo un titular internacional: fue un golpe directo a una historia personal marcada por el exilio, la precariedad y la espera. A las afueras de un comercio de la zona 1, un migrante venezolano que camina acompañado de su esposa y sus dos hijos se detiene unos minutos para responder a La Hora.
Pide primero una confirmación: “¿Puedo hablar abiertamente?”. Tras recibir un gesto de tranquilidad, no duda. “La verdad es que eso lo merecía. Esa es la verdad”, dice, sin rodeos. Su voz se quiebra al explicar que, por culpa del presidente, tuvo que abandonar su lugar de residencia y salir con su familia. “Migrando. Ya vamos cruzando dos fronteras, viajando a Panamá”.
Se enteró de la captura de Maduro de madrugada, alrededor de las cinco y media o seis de la mañana. “Yo le estaba diciendo a mi niño y a mi esposa que nos llenamos de mucha alegría”, relata. La alegría, explica, no nace del ánimo de venganza, sino del cansancio. “De donde nosotros somos, el lugar de donde venimos en Venezuela, se decae de hambre, de trabajo, de agua. Todo eso es a causa del gobierno que estaba”. Por eso lo dice sin matices: “Yo sí me alegro de que lo hayan capturado”.
Nicolás Maduro es escoltado por agentes dela DEA y FBI a prisión federal de Brooklyn
Cuando se le pregunta si cree que esta captura puede abrir el camino hacia una democracia en Venezuela, apela a la fe. “Esperemos a Dios que, a medida que cambie el gobierno, tengamos esperanza de que haya un cambio. Primero Dios”. Más cautelosa es su respuesta sobre la forma en que Estados Unidos ejecutó el ataque militar que culminó con el arresto del mandatario chavista. “Que Dios nos ayude, que Dios nos ayude a todos los venezolanos, a todos mis hermanos. Que Dios tenga misericordia del pueblo de Venezuela, ya que se cayó mucho en la corrupción”.
El hombre explica que el camino migratorio ha sido errático. Intentaron avanzar hacia el norte, pero no lograron cruzar. “Llegamos hasta arriba, pero no pudimos cruzar. Entonces no nos quedó otra que devolvernos”. Hoy, asegura, sienten que tienen “un poco más de fuerza”, alentados por la idea de un cambio político. Incluso menciona una promesa reciente: “Guatemala dijo que nos iba a ayudar a enviar a un grupo de emigrantes venezolanos. Nos van a ayudar a poder retornar a nuestro país. Esperamos ese viaje también”.
DIÁSPORA VENEZOLANA
A unas cuadras de distancia, Carlos David ofrece bombones a los transeúntes. Vino solo desde el estado Zulia y su historia es más breve, pero igual de directa. Sobre la captura de Maduro, no duda: “Algo bueno para el país. Ojalá y vengan otras cosas buenas por lo que pasó allá en Venezuela. Don Maduro fue un trozo”. Emigró, cuenta, por la pobreza y la necesidad. “Más que todo por la necesidad de poder mandarle algo a mi familia allá en Venezuela”.
Carlos David respalda sin ambigüedades la intervención estadounidense. “Fue la mejor. Fue la mejor opción que hubo para que Maduro saliera de su país, para que Maduro saliera de donde estaba él”. Su familia sigue en Venezuela; él, mientras tanto, sobrevive vendiendo dulces en las calles de la capital guatemalteca, con la esperanza de que los acontecimientos de hoy se traduzcan en un mañana distinto.
No todos los venezolanos en la zona 1 comparten el mismo entusiasmo. John Navas, originario de Caracas y residente en Guatemala desde hace años, introduce matices. “Estoy en contra del socialismo”, aclara de entrada. Tampoco se define como partidario del gobierno chavista. Su principal preocupación es otra: “Espero que las cosas fluyan como ellos la tienen planeada y no vaya a haber un derramamiento de sangre, porque va a sufrir gente inocente. Eso sí no estaría de acuerdo”.
Sobre la promesa de libertad para sus compatriotas, se muestra prudente. “Libertad como tal, yo creo que eso lo dirá el tiempo. Es algo muy rápido para terminar de entender la situación, y más cuando uno está fuera del país”. Navas salió de Venezuela hace 15 años, mucho antes de la crisis más aguda. Vivió en Colombia y México antes de asentarse en Guatemala. “Yo no soy inmigrante como tal por la situación que pasó en Venezuela. Nunca viví la crisis”, explica. “No puedo opinar desde ese momento como tal porque yo salí mucho antes”.
Las voces recogidas en el centro de la capital guatemalteca dialogan con una realidad más amplia. Según datos de ACNUR, cerca de 7.9 millones de personas han salido de Venezuela en busca de protección y una vida mejor. De ellas, más de 1,3 millones son solicitantes de asilo y alrededor de 370 mil han sido reconocidas formalmente como refugiadas. La mayoría —6.7 millones— ha sido acogida por países de América Latina y el Caribe, donde el desafío ya no es solo humanitario, sino también de integración social y económica.
ESCALADA MILITAR
El contexto internacional añade tensión a las reacciones de la diáspora. Tras la captura de Maduro, el presidente estadounidense, Donald Trump, amenazó con una segunda oleada de ataques si el chavismo ofrece resistencia. “Vamos a gobernar Venezuela hasta que haya una transición segura”, afirmó en su primera rueda de prensa, en la que también negó que la líder opositora María Corina Machado cuente con el apoyo necesario para liderar ese proceso.
Trump anunció además que compañías estadounidenses se harán cargo de la industria petrolera venezolana tras el ataque aéreo —con la participación de 150 aeronaves— que culminó con el arresto de Maduro y su esposa, Cilia Flores, trasladados a Nueva York para ser juzgados por narcotráfico y posesión de armas.
Desde Caracas, la vicepresidenta Delcy Rodríguez exigió la liberación de “el único presidente de Venezuela” y aseguró que el país no “va a ser colonia de ningún imperio”. En Guatemala, lejos de los centros de poder, las reacciones son menos grandilocuentes y más íntimas.
Entre canastas de dulces y mochilas de viaje, la captura de Maduro se vive como una mezcla de alivio, fe y temor. Para quienes se fueron empujados por el hambre y la falta de futuro, la noticia no cierra una herida, pero abre, al menos, la posibilidad de que algún día deje de doler.







