Raúl Fornet-Betancourt

Escuela Internacional de Filosofía Intercultural. Aachen/Barcelona.

I

Como se sabe en Laudato si el Papa Francisco, ante la grave crisis en la que nos encontramos como humanidad, hace un lla­mado urgente al “cui­da­do de la Casa común”.

En estas reflexiones nos hacemos eco de este llamado para invitar a tomarlo en serio como un proyecto ético alternativo que abre un horizonte de esperanza en el que pueden convergen las esperanzas de cambio que la gente alienta co­tidianamente en sus mundos de vida, esas esperanzas que le dan fuerzas pa­ra no rendirse, es más, que motivan a la gente para no cejar en el esfuerzo por transformar sus precarios mundos de vida en lugares de re­nacimiento de la vida humana.

Y me permito intercalar que tal vez haya sido en estas prácticas de esperanza por las que la gente intenta dar casa en sus mundos de vida a la gran esperanza de la “Casa común”, en las que haya pensado el Papa Francisco para afirmar en Laudato si que, a pesar de la destructiva crisis en la que nos encontramos, “… no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicio­namientos mentales y sociales que les impongan”.(No. 205).

Pues son esas prácticas que ensayan alternativas en el diario las que hacen posible el afincamiento de la “Casa común” en el mundo y las que, con ello, muestran que la “Casa común” no es un simple nombre visio­nario sino el nombre propio del mundo que renace cuando la gente pone sus esperanzas en obra. Son así las que realmente muestran que la esperanza de la “Casa común”  es fuente de un proyecto social y cultural que mete miedo a los poderosos de este mundo, agrupados en lo que llamaremos con Ignacio Ellacuría la “civilización del capital”.

II

Pero preguntémonos:

¿Por qué es, para la civilización del capital, el proyecto de mundo de la “Casa común” un proyecto que asusta y que debe ser, por tanto, evitado?

Varias y variadas son las perspectivas que se ofrecen hoy para responder a esta pregunta.

Yo he encontrado algunas en la encíclica Laudato si. De ellas me fijaré aquí especialmente en dos. Las cito primero, para luego proceder a comentarlas en la dirección de una respuesta a la pregunta de porqué asusta la “Casa común” a la civilización del capital, incluso a muchos de nosotros que decimos militar en el otro bando; pero que luego, como se suele decir, a la hora de la verdad mostramos que llevamos la civilización del capital encima como una segunda piel.

La primera perspectiva dice:

“Detenerse para recuperar la profundidad de la vida”. (No.113)

Y la segunda habla de:

“… una valiente revolución cultural”. (No. 114).

A continuación comento la primera, en tres pasos.

Primero: “Detenerse”.

¿Por qué detenerse? Porque, como se dice en la cita, para “recuperar la profundidad de la vida”, hay que interrumpir modos de estar y hacer en el mundo de hoy, hay  que parar nuestra forma de ser mundo, hay que salir del circuito de una civilización que deslumbra y seduce con su cada vez más acelerada producción de objetos e imágenes espectaculares, hay, en fin,  que tomar distancia del “gran teatro del mundo” y preguntarse si el mundo es mundo o ha sido reducido a un teatro en el que una civilización, en este caso la civilización del capital, escenifica y ostenta su señorío sobre los espacios y tiempos de la gente, haciendo de la vida y sus mundos reales patéticos apéndices de su maquinaria.

¿Se nos habrá robado el mundo?

¿Se nos habrá sustituido el mundo por una construcción mecanicista que cuanto más progresa más nos aleja de la memoria orgánica de nuestra condición humana como seres-en-el-mundo y, por tanto, como vida con raí­ces en la tierra?

Para hacerse preguntas como esa, sirve el “detenerse” que aconseja el Papa Francisco.

Quiere decir: “Detenerse” sirve para desatar un proceso de aprendi­za­je por el que volvemos a nuestros sentidos, recobramos el sentido, el sentido común, y nos percatamos de que, en efecto, esa civi­li­zación que nos acompaña y ocupa hasta en lo más personal, y por eso hablé antes de segunda piel, paradójicamente nos deja solos de mundo.

“Detenerse” enseña, pues, esa pérdida de mundo como lugar en el que se cruzan memorables historias de vida y muerte que vienen de muy lejos y que apunta a más lejos todavía.

“Detenerse” enseña, dicho de otro modo, que se nos ha dejado solos del “alma del mundo”. Y si la expresión “alma del mundo” resultara mo­lesta porque despierta asociaciones románticas, en el falso sentido en que frecuentemente se entiende el término “romántico”, podemos cam­biar­la y decir que en el “detenerse” se aprende que el mundo que la civilización del capital ocupa y llena, es un mundo vacío de relaciones orgánicas, un mundo depotenciado, tanto cosmológica como ontológica y antropológicamente.

Dije antes que “detenerse” significaba interrumpir modos de partici­pa­ción (en la civilización del capital), salir del circulo civilizatorio y tomar distancia frente al ritmo y dirección del mundo que nos impone.

Y ahora debo añadir, como puente hacia el paso siguiente, que, por su propio movimiento de interrupción, salida y distancia, el “detenerse” también nos deja solos: solos de civilización, dicho con más rigor, solos de los ruidos con que la maquinaria de la civilización del capital acalla la palabra del alma del mundo.

Esta experiencia de soledad de civilización, que no es soledad en la civilización sino soledad en el mundo a causa de la civilización, es, sin embargo, la experiencia que nos desnuda de la “segunda piel” y permite, con ello, que sintamos en toda su crudeza la desnudez en que ha quedado nuestra constitutiva primera piel de “seres-en-el-muudo”.

El movimiento del “detenerse” es de este modo un movimiento que genera soledad. Pero por lo dicho se comprende también que esta soledad lleva por caminos distintos a la soledad que nos aparta del mundo y del compromiso con la realidad histórica.

La soledad a la que se llega por el movimiento del “detenerse” es, en cambio, una soledad que vislumbra, aunque sea ello en el modo precario de lo que le falta, la densidad del alma del mundo; una sole­dad que vislumbra, como se afirma en Laudato si, que:

“El mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio go­zoso que contemplamos con jubilosa alabanza”.  (No.12).

Por eso la soledad que genera el “detenerse” no es soledad quieta que retiene al ser humano en el detenimiento sino soledad inquieta por aquello de lo que la han dejado sola y que impulsa a salir en su búsqueda. Por tanto:

Segundo: “Recuperar”: En nuestra lengua materna, se nos dice que “recuperar” es “volver a tomar o adquirir lo que antes se tenía”, “volver a tener algo que se había perdido”. “Recuperar” nombra así la acción con la que reac­cio­namos ante una pérdida, justo con la intención de subsanarla, esto es, para recobrar lo perdido.

Lo que su vez nos indica también que la acción de la recupe­ra­ción, en cuanto reacción que es, supone sujetos que notan la pérdida, es más, que echan de menos lo perdido como algo valioso o esti­ma­­do de lo que tienen ne­­cesidad.

“Recuperar” connota, en suma, pérdida y conciencia de la pérdida.

¿Pero cómo “recuperar” lo perdido cuando no se nota o se echa en fal­ta algo?

Esta es la cuestión que ese momento del “recuperar” nos plantea ahora en el contexto de este comentario. Pues cómo desconocer que vi­vi­mos en gran parte llevando el peso encima de lo que antes llamé “segunda piel”, esto es, el peso de una civilización que captura las esperanzas huma­nas, que trasmuta nuestras humanas aspiraciones en expectativas funcio­na­les y que degrada con ello sentimientos como el echar de menos a expre­sio­nes residuales de melancólicos sin remedio.

¿Qué hacer en situaciones semejantes?

“Detenerse”, se nos dijo en el paso anterior. “Detenerse” para em­pezar por recobrar el conocimiento.

Para eso sirve el “detenerse”, como vimos. Pero a lo ya dicho hay que añadir que, en este nivel, el movimiento del “detenerse” implica una se­cuen­cia de ejercitación de memoria que llamaré secuencia de re-paso por las tradiciones de sentido que nos han guardado las espaldas en el caminar por la vida. Y poco importa en este momento que las llamemos lai­­cas o re­ligiosas; porque lo importante aquí es retener que son tradiciones que nos recuerdan la transcendentalidad de la vida y del mundo. Tales tradiciones representan el contrapeso a la desme­mo­ria que pa­decemos como resultado de nuestros propios despistes o como resultado de hábitos de descuido en el trato con el mundo y la vida. Y por eso pienso que sin esta secuencia de dejar que vuelvan a pasar por nosotros esas tradiciones de sentido el “recuperar” no atina a recobrar el conocimiento que necesita para volver a tener lo que ha perdido.

Tercero: “… la profundidad de la vida”. Este es el nombre de lo que he­mos perdido y, en consecuencia, también el nombre de lo que debería­mos recuperar. Pero esto significa que aquí se nombra una profundidad de la vida que ni se planifica ni se construye sino que se encuentra. En este caso la encuentra o reencuentra el ser humano orgánicamente, vale decir, por la reintegración como miembro en el organismo de la vida. Es verdad, un miembro tiene también límites como un fragmento, pero con la decisiva diferencia de que los límites de un fragmento separa y aíslan, y carecen por lo mismo de profundidad; mientras que los límites de un miembro son arti­cu­laciones que comunican y que le dan profundidad en la forma de que lo ar­ticulan en la enteridad orgánica.

Quiero decir: recuperar la profundidad de la vida requiere, sin duda alguna, detenimiento reflexivo; pero éste se queda corto, en el sentido lite­ral de la expresión, si no se continúa en una apertura de participación afec­tiva en la vida como organismo. Es mediante esa participación orgánica por la que se restituyen los lazos que, para decirlo con las metáforas que em­plea Karl Jaspers, unen al ser humano con el “cielo” y la “tierra”. Una res­ti­tución de vínculos que es tanto más importante cuanto que es la condición para asomarse a la profundidad de la vida, es decir, para poder vislum­brar que mundo y vida no son empresas a merced del poder o saber técnico del hombre, sino, como se afirma en Laudato si, “un proyecto del amor de Dios”. (No. 76).

Erramos, por tanto, el camino para recuperar la profundidad del mun­do cuan­do confundimos profundidad con complejidad, y pensamos que la profundidad del mundo viene de la complejidad de nuestros pro­­blemas. El mundo y la vida no son profundos por los problemas que te­ne­mos nosotros en el mundo y con la vida, sino por la destinación última que llevan inscrita en la contingencia de su historia. Discernir el destino de la contingencia que somos y de las contingencias que hacemos y sufrimos, eso es apro­ximarse a la profundidad del mundo humano.

Sigo con una breve palabra sobre la segunda perspectiva. Se recor­dará, que en ella se planteaba la “urgencia de avanzar en una valiente revo­lu­ción cul­tural”.

De esta perspectiva destaco aquí sólo dos aspectos.

Primero, que es una consecuencia requerida por la acción recupera­do­­­ra de la profundidad de la vida. Porque con la recuperación de la profun­di­­dad de la vida se abre ante el ser humano un horizonte de fines últimos que le permite, como se dice simple y llanamente en Laudato si, “mirar la rea­lidad de otra manera” (No.114), y leer en ella la urgencia de un cam­bio cultural.

Y segundo, que, en esta perspectiva de acción transformadora que aquí se resume con el nombre de “revolución cultural”, el adjetivo “cultu­ral” no debe entenderse únicamente como una calificación sectorial sino tam­bién, y sobre todo, como indicador de la nueva actitud alternativa desde la que cultiva su vida en la tierra el hombre que mira la realidad y sus mis­ma acciones a la luz de los fines que le dan sentido.

Teniendo en cuenta lo dicho sobre estos dos aspectos, me parece que se entiende que “avanzar en una valiente revolución cultural” pide más que luchar por ampliar los espacios de pluralidad y tolerancia en el orden de la llamada “cul­tural global” de hoy. Pide más porque apunta al cultivo de for­mas de vida y de trato con la tierra que sean ellas mismas ya el comienzo real de un nuevo orden histó­rico (Ignacio Ellacuría).

Y, a mi modo de ver, es en esta exigencia de revertir el curso históri­co que se le ha impuesto a la humanidad por la hegemonía de una civili­za­ción, donde hay que buscar la razón por la cual, a fin de cuentas, la visión de la Casa común es para la civilización del capital un proyecto que real­men­te asusta. Porque la revolución cultural del cuidado de la creación a la que llama la visión de la Casa común encamina, en efecto, hacia un orden histórico nuevo pautado no por los intereses de la civilización del Capital ni por las supuestas necesidades de un tipo humano colonizado por ella sino por los fines de la organicidad de la vida.

Termino este segundo punto llamando la atención sobre lo que acabo de decir, casi de pasada, sobre el carácter de la revolución cultural de la que habla Laudato si, a saber, que se trata de una revolución del cuidado de la crea­ción. Llamo la atención sobre ello porque es pre­ci­sa­mente la determi­nación de ser una revolución que despliega su movi­miento transformador desde el cuidado como razón de vida, convivencia y acción, lo que da a su dinámica la posibilidad de abrir caminos para una re­fundación de las formas actuales de vida y trato con la tierra. Lo explica en pocas palabras:

En esta revolución del cuidado lo primero que se revoluciona es la acción humana misma del cuidar, porque se la entiende desde el horizonte or­gánico de los fines últimos, esto es, porque se la define desde las nece­si­da­des de la Casa común, no desde intereses antropocéntricos. De este modo la acción humana del cuidado sale del orden de un funcionalismo sistémico que la reduce a actos paliativos, en el mejor de los casos; y es arraigada, es de­cir, vista como una acción sanadora que brota como una exigencia orgá­ni­ca de la profundidad de la vida.

Pero con esta observación estoy ya en último punto de mis refle­xiones, que es una breve consideración sobre el sentido de “cuidar”.

III

Adelanto que esta consideración no tiene otro objetivo que el de invitar a reflexionar sobre el sentido del cuidado en el contexto del llamado al “cuidado de la Casa común”. Así, resumo lo fundamental de la misma en esta afirmación:

El cuidado de la Casa común requiere dejar atrás toda comprensión mecanicista y/o funcionalista del mundo y de la vida. Requiere asumir que cuidar no es un acto reactivo de ingeniería social que se hace en vistas al buen mantenimiento o, dado el caso, a la optimización de las “cosas”, sino más bien una acción originaria que, como ministerio de amor, vivifica lo que cuida para que alcance su verdadero fin o sentido.

Desde esta perspectiva “el cuidado de la Casa común” confronta con una tarea que para los y las que se comprometen con ella implica la deter­mina­ción de formar parte de un proceso de acompañamiento recíproco en el que se muestra que cuidar comprende al menos estos tres momentos:

Primero: que el cuidado va parejo con la fundación de comunidad y, por lo mismo, con la experiencia de reconocerse como nosotros y de poder decirlo orgánicamente.

Segundo: que las prácticas de cuidado de la Casa común son prácti­cas que, para ser auténticas, quiere decir, para responder a las necesidades de la profundidad de la vida, deben ser expresiones de una experiencia de doble interioridad. Y por ello entiendo la experiencia de una relación de re­ci­procidad entre la interioridad que es propia del ser humano (en tanto que exis­tencia singular consciente de que en su vida se personaliza la contin­gen­cia de la realidad), y la interioridad propia del mundo, es decir, del al­ma del mundo con su envolvente organicidad.

Y tercero: que cuidar es una acción oblativa que se “pierde” como do­nación al persistente movimiento de la vida por restituir los lazos y vín­culos arrasados por la civilización del capital.

Sin poder alargar más estas reflexiones, léase lo dicho en ellas como invitación a pensar y poner en práctica el llamado al cuidado de la Casa común.

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