Eduardo Blandón

El hábito del pensamiento no era propio de su talante, más bien presumía de las costumbres prácticas, su conducta la guiaba la disminución del dolor.  Compartía eso del peligro de la racionalidad: nada mejor que ir en automático, explicaba, sin que los planteamientos filosóficos nos atormenten por gusto.

Sin embargo, involuntariamente a veces cavilaba.  Como ese día en que encerrado en su oficina, con café en mano, repasaba con desorden los sucesos recientes y lejanos que se le presentaban.  Primeramente pensó en el gobierno, aunque no era un tema recurrente, sino más bien episódico.  “¡Maldito maricón!”, dijo en voz alta, coincidiendo casi con el sorbo al café amargo.

Don José no era particularmente grosero, pero para sí mismo se permitía vulgaridades.  Era la antítesis del personaje cordial felicitado por muchos.  La expresión lo habría avergonzado en público no solo por la literalidad de su contenido, sino por el desprecio humano hacia quienes no sentía particularmente lejanos.  Con todo, el titular de prensa lo hizo caer en ese estado que evitaba como noble caballero.

Sorbió nuevamente y quizá derivado del olor del café bajó la guardia.  Era así, transitorio de espíritu, fugaz.  Podía incendiar Roma y apagar él mismo sus llamas.  Meditó entonces en la evolución de su carácter.  No se reconocía a sí mismo.  He sido de todo, advirtió, desde Hijo de la Caridad hasta un perfecto hijo de puta.  “Dios no tendrá perdón de mí”, se culpaba.

Cuando lo anterior sucedía, alborotaba su pelo y movía las piernas.  Sumido, se extenuaba en argumentos exculpatorios.  Consideraba ser presa de un destino del que no tenía control.  Justificaba su mala conducta aduciendo condicionamientos sociales, psicológicos, morales y religiosos.  “Uno no es el que ha querido ser”, finalizaba.  Y paraba de pronto zanjando el tema.

Don José se sentía distinto sin que la gente lo advirtiera.  Para ellos era el mismo: el retraído viejo cansino reconocido por todos.  Lo suyo era la misantropía, aunque inspiraba bondad.  Había llegado derrotado en amores contaban algunos, decidido a la renuncia de nuevos proyectos sentimentales.

Es el puto sino”, se consolaba frente al fracaso.  Al final uno es víctima, insistía, no de los otros (que también están expuestos al capricho), sino del determinismo que nos pulveriza y del que tenemos que redimirnos.  “¡Mierda!”, se dijo luminoso.  “La soledad me pone en este estado inútil.  Pensar es jodidamente de solterones. Oficio de vagos”, concluyó.

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